Opinion

La salvación de los toros

Toda la campaña de resistencia contra la prohibición de los toros en Cataluña se ha montado en torno al concepto de “libertad”; y así le ha lucido el pelo a la campaña. Que en España se celebren o se dejen de celebrar corridas de toros nada tiene que ver con la libertad, al menos con el concepto extraviado y confuso de libertad introducido por el liberalismo: o sea, la libertad desarraigada de la verdad, la libertad como búsqueda de autonomía personal que desvincula a los individuos y los hace esclavos de lo contingente. Y la mejor prueba de que los toros nada tienen que ver con la libertad la hallamos volviendo la vista a etapas de nuestro pasado más o menos reciente, en las que la ausencia de esta “libertad” que ahora reclaman los taurinos en nada afectó a que se celebraran corridas de toros. En realidad, la prohibición de los toros en Cataluña ha sido una medida urdida no por antitaurinos, sino por antiespañoles furibundos a quienes repugna cualquier expresión cultural que les recuerde, siquiera mínimamente, a España; los antitaurinos verdaderos coinciden con los taurinos más ingenuos en abogar por la “libertad”, porque saben que basta que haya “libertad” para que los toros “mueran por inanición”. Y es precisamente la “libertad” –y no la prohibición– lo que ha acabado con la afición a los toros en Cataluña.

Lo que puede evitar que la afición a los toros “muera por inanición” no es la “libertad” entendida al modo liberal, sino la “tradición”, que es su mejor antídoto. “Tradición” significa vinculación con algo permanente que fortalece nuestra identidad; algo tan firme y definitorio de nuestra natural forma y esencia que se transmite de generación en generación; algo que nos libera de la caducidad de lo contingente. La paulatina, pero imparable, pérdida de afición a los toros en España se debe, precisamente, a que las vías de transimisión cultural –de tradición– han sido cegadas: en primer lugar, mediante la destrucción de aquellas formas de vida que favorecían el arraigo y el sentido de pertenencia a una comunidad; después, mediante la propaganda desacreditadora de todas aquellas expresiones culturales de cuño tradicional; ya por último, mediante un proceso de ingeniería social que, con la golosina de la libertad, ha favorecido la “fabricación” de nuevas generaciones desvinculadas del pasado que las constituye, generaciones invertebradas a las que ha resultado sencillísimo hacer renegar de creencias ancestrales, de aficiones heredadas, de costumbres y modos de vida acuñados por sus mayores; y que, al renegar de tales modos de vida, costumbres, aficiones y creencias, creen haberse redimido de un “pasado oprobioso”. Creen, en fin, haberse “liberado” de una rémora; cuando lo único que han hecho –o que otros han hecho por ellos, de forma muy sibilina– ha sido renegar de su identidad.

El hombre, decía el gran Leonardo Castellani, es un esencial buscador de vínculos; es, en fin, un ser constituido, radicalmente habitado, de “tradición”. Los apóstoles de la “libertad” son, en realidad, los odiadores del hombre, que con la golosina de la búsqueda de autonomía personal dejan al hombre inerme, arrojándolo a un páramo de intemperie donde los vínculos comunitarios, la transimisión cultural entre generaciones queda amputada para siempre. Si no deseamos que los toros “mueran por inanición”, habremos de reconstruir esos vínculos y restaurar la fortaleza de nuestra identidad, de nuestra verdad más esencial y profunda. Para lo cual habremos de empezar por desdeñar la golosina venenosa de la “libertad” que tanto le gusta paladear a los taurinos más ingenuos.