Economía

El aeropuerto de mi pueblo es una ruina

Los molinos y las llanuras interminables de La Mancha se hicieron mundialmente conocidos gracias a las aventuras de Don Quijote y Sancho Panza. Cuatro siglos después, otro grupo de quijotes, entre los que se encuentran la intervenida Caja Castilla-La Mancha y constructores como Domingo Díaz de Mera, Antonio Méndez Pozo o la familia Sanahuja, han intentado que también se conociera la región por el aeropuerto internacional que inauguraron hace dos años a las afueras de Ciudad Real. Un ambicioso proyecto de mil millones de euros de inversión que quería marcar un antes y un después en la aviación española: sería el primer complejo aeroportuario de España en manos privadas, albergaría un gran centro logístico y de carga y se convertiría en la alternativa al aeropuerto de Madrid- Barajas, sobre todo, entre los pasajeros de compañías de bajo coste. Jugaban con la baza de la estación del AVE, que se ha construido a tan sólo doscientos metros de sus instalaciones y permitirá unir al aeropuerto con la estación madrileña de atocha en apenas 50 minutos. Sin embargo, ninguna de estas expectativas se han cumplido y aerolíneas como Easyjet o Ryanair no han convertido Ciudad Real en su base de operaciones. Los datos no dejan lugar a dudas:  los promotores preveían que 800.000 pasajeros utilizasen el aeropuerto el año pasado y más de 2,5 millones en 2013. Sin embargo, en 2009, tan sólo 53.557 usuarios transitaron por sus instalaciones -150 pasajeros al día-. Y lejos de crecer, en los primeros meses del año ha sufrido un recorte cercano al 50%. La ecuación es fácil: sin pasajeros no hay ingresos y si no entra dinero en la caja el aeropuerto manchego se ha convertido en un pozo de deudas y pérdidas. Al final no le ha quedado más remedio presentar concurso de acreedores, siendo el primer aeropuerto de España y Europa que se declara en quiebra.

Mapa de los aeropuertos de Aena que son deficitarios (en rojo) o rentables (en verde).

Una suerte que podrían correr la mayor parte de aeropuertos españoles si no fuera por la seguridad que les da el estar bajo el paraguas de la empresa pública Aena. “Pocos aeropuertos en España llegan al margen de 1,5 ó dos millones de pasajeros anuales que es donde se sitúa más o menos el umbral de la rentabilidad”, afirma Germá Bel, profesor de la Universidad de Barcelona, uno de los estudiosos más críticos con el sistema actual de una red centralizado en el que los aeropuertos más grandes y rentables financian las pérdidas de los demás. Según las aeropuertos cuentas 2010 que el ministro de Fomento, José Blanco, entregó a principios de año en el Congreso de los Diputados, sólo nueve de los 48 aeropuertos de la red de Aena cerraron 2009 con beneficios positivos, en un año en el que las pérdidas operativas del conjunto sumaron 423,97 millones de euros. Se trata de los aeropuertos de Alicante, Palma de Mallorca, Bilbao, Gerona, Ibiza, Gran Canaria, Málaga, San Javier-Murcia y Tenerife Sur. El informe también revela que, si se imputaran las amortizaciones de “los aeropuertos objeto de fuertes inversiones”, sólo quedarían cuatro aeródromos sin pérdidas operativas (antes de impuestos). Lo sorprendente es que hasta aeropuertos como El Prat de Barcelona o Barajas estén en números rojos. De hecho, el complejo madrileño arroja pérdidas de más de 300 millones y una deuda de 6.000 millones.

En teoría, como reconocen expertos aeroportuarios como Ferrovial o Abertis, los aeropuertos son un negocio rentable con márgenes cercanos al 35% y uno de los mayores motores económicos con los que puede contar una región. En Europa, según la patronal ACI, cada millón de pasajeros crea en torno a mil puestos de trabajo directos, a los que hay que unir casi dos mil empleos indirectos. El mejor ejemplo es Barajas, que genera prácticamente el 12% del PIB de la capital de España (20.000 millones de euros) y más de 200.000 empleos (el 9% del total). Pero esta dinámica se rompe cuando, como ocurre en España, los aeropuertos brotan como setas sin que haya racionalidad económica, más allá de la aspiración del político y empresario de turno que aspira a que alguna aerolínea de bajo coste conecte “su pueblo” con las grandes ciudades del mundo. Ellos espolean esta frenética carrera por llenar el país de torres de control y pistas de aterrizaje. Sólo motivos políticos explican que ciudades como Vitoria de 230.000 habitantes, tengan hasta siete aeropuertos en un radio de cien kilómetros (Bilbao, Vitoria, San Sebastián, Pamplona, Logroño, Burgos y Santander) ¡De ellos, solo Bilbao es rentable!

Actualmente, casi todas las provincias españolas cuentan con uno, de mayor o menor tamaño. Y las que no lo tienen prevén disponer de ellos en breve.. La lista de aeropuertos anunciada desde todos los rincones parece interminable. Castellón, Murcia, Huelva, Jimena de la Frontera (Cádiz), La Roda (Albacete), Cáceres, la Seu d’Urgell, Sabadell, Montsia (Tarragona), Teruel, Lérida o las localidades malagueñas de Benalmádena o Antequera aspiran a tener aeropuerto. Si se cumplen las perspectivas, España llegará a los 60 complejos en 2020, mucho más que ningún otro país del Viejo Continente. Muchos de ellos estarán en poblaciones que no superan los 100.000 habitantes y que tendrán también estación de alta velocidad.

El resultado de esta vorágine es una extensa red con casi cuarenta aeropuertos fantasma, infrautilizados y ruinosos, por los que apenas transitan pasajeros. No hay más que darse una vuelta por los aeropuertos de Badajoz, Salamanca, Albacete, Logroño, Córdoba, Burgos o Huesca. Esta última, sólo reciben 17 pasajero al día, mientras que sólo 27.716 personas utilizaron el pasado año los vuelos que conectan la capital burgalesa con Barcelona, Baleares y alguna capital europea. Y los futuros aeropuertos privados tienen un panorama similar. Por ejemplo, Castellón difícilmente alcanzará los 600.000 pasajeros que tenía previstos en su primer año. Si se inaugurase hoy sería un desastre económico. Su plan de viabilidad estaba vinculado a una serie de desarrollos urbanísticos como la construcción de 14 campos de golf, más de 40.000 apartamentos y viviendas residenciales, más de 50.000 plazas hoteleras y un parque temático. No se ha hecho nada de eso –y tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria menos– y su futuro parece negro.

¿Solución? Privatizar Aena y descentralizar la gestión de cada aeropuerto, para que compitan entre ellos, aunque eso implique el cierre de algunos aeropuertos por los que apenas transitan pasajeros y cuya justificación económica es más que dudosa. No tiene sentido media docena de instalaciones a menos de una hora de coche. Pero José Blanco no está por la labor de romper el sistema actual y su decisión de privatizar sólo un 49% de Aena y el 30% de Barajas y El Prat lejos de introducir un poco de coherencia en este disparate busca obtener cash a corto plazo para tapar otros agujeros. Y no parece que haya muchos inversores dispuestos a jugarse su dinero en estas condiciones. La gestión de un aeropuerto en el que coparticipen el Estado, las empresas, las autonomías y los sindicatos puede ser un auténtico caos. El tiempo dirá que ocurre.