Economía

España se llena (más) de pícaros fiscales

Éstas son algunas de las cosas que se pueden leer en Internet, en un foro cualquiera de un día cualquiera (aunque no de  un mes lejano):

Munir: Si gano mil euros al mes y pago quinientos euros de alquiler (no declarado por el propietario de la casa porque si hacemos un contrato formal no me alquila nadie); si necesito 300 euros más para pagar luz, teléfono, comida, y gasolina de una vieja moto con más de 10 años, y me llega Hacienda y me dice que mis impuestos ascienden a 644 euros… ¿Qué creéis que haré? Exacto, sí, justamente eso.

Garth: Vista la gran cantidad de chupopteros que viven del presupuesto público lo mejor sería declararnos todos en DESOBEDIENCIA FISCAL. Este año sin ir más lejos, el año de la crisis, el número de funcionarios ha subido un 3 por ciento. Yo animaría a que todos los afortunados que puedan que defrauden al máximo al fisco. Y pensar que parte de mis impuestos son para pagar ZPs, corbachos, carods,  etc.

Valdemoro: Negar que en España el deporte nacional es el fraude a Hacienda es estar en otro mundo. Conozco amigos abogados, y solamente si se abonase el Iva de las facturas que no emiten a sus clientes habría dinero suficiente para llenar España de hospitales, colegios y juzgados. Pues imaginad si a eso sumamos bares, talleres, autónomos…

El seísmo de la crisis económica –que está dejando en la calle a cientos de miles de ciudadanos– y la reciente  subida de impuestos –el Gobierno pretende recaudar un pellizco adicional de 11.000 millones  de euros al año–  está animando a que un número creciente de contribuyentes practiquen lo que el internauta con nombre de guerra Valdemoro denomina el “deporte nacional”. Vuelve la picaresca. “El fraude está aumentando y seguirá incrementándose mucho”, sentencia Francisco de la Torre, portavoz de los inspectores de Hacienda.

Y ello por el miedo a la recesión, claro. Mejor guardar grano ahora –aunque sea a costa de todos, de lo público– para pasar después el duro invierno.

Y el augurio de que el fraude  engordará lo argumenta De la Torre del siguiente modo: “Una subida de impuestos siempre crea más fraude. Esto es una ley universal”.  Y, si no, échese la mirada atrás y se verá como en 1993 se intentó subir el Iva y el tiro salió por la culata: se desbocó el fraude y no entró ni una peseta más en las arcas públicas. En España, uno de los países con mayor economía sumergida –para algunos el 20% del PIB, para otros el 30%–, se evaporan, como mínimo, 70.000 millones de euros al año. Una sangría que antes, cuando estábamos embriagados por la bonanza económica, no importaba tanto pero que ahora, con un déficit presupuestario del 10% del PIB, escuece mucho.

Ante esta avalancha de pícaros, no está claro que la Agencia Tributaria tenga las armas necesarias para acabar con sus artimañas. El gran fraude, todo el mundo lo sabe, no está en los asalariados, que están atados de pies y manos por las nóminas y el margen para trampear es estrecho, sino en el mundo de la empresa y las profesiones liberales. Pero para cazarlo, hay que salir del despacho.  “Desgraciadamente, el que va a luchar contra el fraude a la calle no tiene ni un ordenador; va con el boli y una diligencia autocopiativa. Suena a Pitorreo pero es real como la vida misma”, dice De la Torre.  Para colmo, el dinero para dietas ha adelgazado un 40%, con lo que pocos se animan a pisar el asfalto.

Los recursos de la Agencia, que menguarán un 6% para 2010, son limitados. El sistema informático, que en sus momentos fue de los más punteros del mundo, se ha quedado obsoleto. Hay ordenadores que, de tan anticuados, ya no soportan nuevos sistemas operativos. Y la infantería de Hacienda, unos 27.000 empleados, es sensiblemente inferior al de otros países de nuestro entorno. Francia cuenta con un ejército de 140.000 trabajadores. Pero tal vez el lamento más común desde la Administración es que no se destinan los suficientes recursos a las investigaciones de las grandes bolsas del fraude –el ladrillo, las grandes operaciones transnacionales, la economía informal… – y a los expedientes más complejos, que requieren más materia gris. La cruzada antifraude recae exclusivamente en un Departamento de Investigación engrosado por 5.000 personas, 600 de ellos inspectores. Sólo 180 inspectores marcan a las 3.000 mayores empresa del país, que abonan el 50% del Impuesto de Sociedades.  Para colmo, el Gobierno, que se ha endeudado estratosféricamente hasta caer en la mayor crisis fiscal de la historia, presiona las clavijas de los funcionarios para que den caza a más defraudadores. “Hay una situación de mucho nerviosismo por la caída de la recaudación y nos están presionando para que hagamos números”, dice una fuente. Y es que, dicen, la gente de Hacienda está “quemada”.  No sólo por la crisis y las agonías del Ejecutivo, sino por unos sueldos e incentivos muy magros que no animan a sacarle los trapos sucios al vecino.

Pero todo sería más sencillo, si pagásemos religiosamente. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Hay algo excepcional en nuestro ADN? ¿Qué nos irrita de la Hacienda? ¿Siempre ha sido así?

“La sociedad española es bastante permisiva con el fraude. Tenemos una cultura más individualista que proestatal. Si a la gente se le pregunta si percibe beneficios por lo que paga contesta que no los ven por ningún lado”, dice el sociólogo Francisco Alvira. Nuestra conciencia fiscal es mucho menor a la de los países anglosajones y a los del norte de Europa, y  nos cuesta admitir que engañar a Hacienda es un delito, sin más. Un botón de muestra: el último barómetro del Instituto del Estudios Fiscales (IES) arroja el sorprendente dato de que un tercio de los españoles justifica el fraude. Un 28% dice que tiene sentido ante las dificultades económicas y  y un 5% considera que lo normal es evadir impuestos.

El sociólogo apunta como una de las posibles explicaciones de esta paradoja que “los ciudadanos tiene la sensación de que no hay igualdad impositiva, que los que tienen más dinero no pagan más impuestos”. Tal vez esa sensación de agravio la sienta el pueblo llano, dicen los expertos, al ver como las grandes fortunas,  a través de instrumentos de inversión tipo Sicavs, sólo tributan al uno por ciento. Otros prefieren atribuir la predilección por el engaño a la falta de temor a Hacienda. “En Estados Unidos, al IRS [equivalente a la Agencia Tributaria] se le tiene un miedo atroz. El año pasado fueron a la cárcel por delitos fiscales unas 2.000 personas, mientras que aquí sólo lo hicieron 20 ó 30”, comenta un funcionario.

Ciertamente, los españoles siempre hemos tenido una relación extraña con Hacienda. “Durante el franquismo la gente tenía la sensación de estar pagando de más, de estar sobregravada, aunque en realidad la Hacienda era muy pequeña. La gente incluso tenía menos conciencia cívica que ahora”, dice Francisco Comín, profesor de Hacienda Pública. Este historiador sostiene que hasta 1985 hubo grandes bolsas de fraude y lo declarado justo ese año por los españoles fue la mitad de la renta nacional. Es decir, el engaño en el IRPF fue del 50%.

Pese a todo, la picaresca ya no se jalea. La gente no la justifica abiertamente y menos en conversaciones de taberna. ¡No vaya a ser que el de enfrente sea un empleado de Hacienda! La asignatura pendiente –y esto es un tirón de orejas al Gobierno de turno– es una buena dosis de pedagogía. “A  la gente se le ha dejado de explicar para qué sirven los impuestos., y esto es importante con un tema que tiene tan mala prensa”, dice María Luisa Delgado, del Instituto de Estudios Fiscales. “El fraude no sólo se persigue con leyes sino también con educación. Hay que convencer de que los impuestos son útiles y de que el que no lo paga es un delincuente como otro cualquiera”, dice Comín.  A lo que habría que unir un mayor ejercicio de transparencia en el gasto público.

Felizmente,  la inmensa mayoría de españoles no son como los internautas Munir, Garth y Valdemoro. Ahí va un par de ejemplos del ciberespacio:

Atrápalo: Es lamentable que premiemos a los cretinos y que ir de bueno esté mal visto. Lo más triste es que no es un fenómeno reciente, siempre ha sido así. Para muestra,  Sancho Panza: “La ocasión cuando es propicia, tonto es quien la desperdicia”; “Cuando vivas entre zorros, zorrea tú un poco”.

José Manuel: Qué vergüenza de sociedad tenemos, si al menos un tercio de nosotros denunciará a los indeseables que nos roban  a todos…