Economía

Amigo mío, nos toca trabajar hasta los 70, o más

Si uno lee alguna de las desternillantes aventuras de Asterix y Obelix, que discurren en pleno esplendor del Imperio Romano hace unos 2.000 años, se dará cuenta de que entre los protagonistas, que no son pocos, hay poquísimos ancianos. Contadas excepciones son Edapiedrix que, a sus 93 años, es el más viejo de la aldea –aunque no hay gresca que se pierda con los romanos– y, por supuesto, Panoramix, el anciano de barbas largas y blancas que elabora las famosas pociones mágicas que dan poderes sobrenaturales a los galos. ¿Una exageración del autor del cómic? Para nada. La esperanza de vida en el mundo en la época de los romanos era de unos 25 años y tan sólo algunos patricios, bien alimentados y que tenían la contemplación como oficio,  alcanzaban contranatura los 60 años. Estas vidas efímeras, en realidad, no han sido una excepción sino más bien la tónica siglo tras siglo. Igual da en la Edad Media como durante la Revolución Francesa. En 1900,  una persona no podía aspirar –salvo que tuviese la suerte de haber nacido en un país muy rico– a vivir más allá de los treinta. Los españoles vivían, sin ir más lejos, unos 34 años.

De hecho, cuando Bismarck puso en pie, allá por 1889,  la primera pensión en Alemania para los trabajadores que superasen los 70 años, apenas había alemanes que fuesen tan longevos. El propio canciller de hierro, que tenía 74, era una excepción a la regla. Y décadas después, cuando Estados Unidos instauró su primer sistema público de pensiones en 1935, la edad de retiro se fijó a los 65, aunque el periplo vital de un norteamericano acababa a los 62 años. Entonces, queda claro, no había problemas de sostenibilidad financiera de la Seguridad Social de turno. Y el exceso de canas no era un tormento para los ministros de Economía.

Pero esto es historia. Los avances sanitarios, el progreso económico y el cambio de patrón demográfico hacen que el mundo sea cada vez más viejo y que los números no cuadren. Menos jóvenes para trabajar y más ancianos a los que alimentar. Hoy, el 11% de los 6.900 millones que viven en el planeta tienen más de 60 años, y según la ONU, este porcentaje escalará del 22% en 2050. El lector español que lee estas líneas tiene una longevidad de vida de 81 años, ¡una de las más elevadas del mundo! Pero no sólo los ricos sufren este dolor de cabeza. Los países emergentes tampoco se salvan y simplemente van un par de décadas a la zaga. China tendrá 265 millones de mayores en una década.

Así que la propuesta del Gobierno Zapatero de retrasar la jubilación de los 65 a los 67 refleja el acalorado debate que se abre en todo el mundo, lo quieran o no los sindicatos, los políticos o los ciudadanos, por la irresistible fuerza de los hechos. “Todos los sistemas públicos de reparto se enfrentan a un problema de sostenibilidad. Éstos se calcularon en una situación en la que se esperaba que un individuo trabajará y contribuyera 35 años para financiar una jubilación de cinco años. Pero ahora estas mismas aportaciones durante el mismo periodo tienen que cubrir 10 años de jubilación;  20 años en 2040”, dice Pablo Antolín, economista de la OCDE.

¿Cómo se resuelve este dilema? No hay recetas mágicas. Hay que arremangarse más. “Ha llegado la hora de esforzarse, de concienciarse de que las pensiones no son loterías”, dice José Antonio Herce, socio de AFI. “Hay que atajar el problema de raíz, vinculando la jubilación con la esperanza de vida.  Poner el mismo dinero por más tiempo en la hucha”, afirma Antolín.

La inmensa mayoría de expertos, ya sean nacionales o internacionales, economistas, sociólogos o politólogos,  dicen que hay que reformar ya  y que hay que modificar los cimientos de las pensiones reconstruyendo tres pilares: aumentar la edad de jubilación, ajustar los derechos de jubilación –ampliando la base de años cotizados para el cálculo de la prestación final, y no sólo los últimos– e introducir un principio de capitalización directa, a través de un sistema obligatorio, público o privado.  Es decir, que en un sistema mixto parte de las cotizaciones se inviertan en fondos privados y que la aportación estatal se limite a ser un mínimo vital. Qué parte de esas cotizaciones debe invertirse, es debatible. . Unos piensan que no más allá de un tercio y otros prefieren la mitad.

En los últimos años, siete países ricos –Australia, Alemania, Dinamarca, Estados Unidos, Noruega y Reino Unido– han hecho retoques legislativos para aumentar la edad de jubilación hasta los 67 años o más. Dinamarca, por ejemplo, la ha ligado a la esperanza de vida. Cuantos más años vivan los daneses, más habrá que trabajar. Pero, en el fondo, todos los caminos llevan a Suecia. El país nórdico –paradigma, primero, del Estado de Bienestar, y, luego, de su reforma– introdujo entre 1999 y 2001 las denominadas cuentas nocionales, una especie de cuentas virtuales para cada trabajador en las que éste registra sus aportaciones a lo largo del tiempo para luego hacer las devoluciones correspondientes. Así el cotizante se hace más responsable de su futuro  Las cotizaciones ya no son vistas como un impuesto sangrante sino como un salario diferido en el tiempo.

España, de los más generosos

Como no todos los sistemas públicos son igual de generosos, sólo unos cuantos deben pasar con urgencia por el quirófano. Estados Unidos, Reino Unido, Holanda  o Canadá apenas cubren con dinero público la mitad de la pensión. España, Polonia o Austria son el ejemplo contrario: todo recae sobre las espaldas de papá Estado. “España ofrece uno de los sistemas de pensiones públicas más generosos de Europa, pero como experimenta uno de los desafíos demográficos más grandes del mundo, sufrirá una fuerte presión en los próximos años”, dice Brigitte Miksa, responsable de Pensiones Internacionales de la aseguradora Allianz. Pero no todos los ciudadanos le ven –o quieren ver– las orejas al lobo “En España no se percibe que haya un problema con las pensiones y por eso el sistema de capitalización se ha desarrollado tan poco”, dice Ignacio Eyries, presidente del  Comité sobre el Sistema de Pensiones del Círculo de Empresarios. Herce piensa lo mismo. “En los países anglosajones, desde hace décadas, se sabe que las pensiones se componen de pensión pública, privada y ahorro. Desayuno, comida y cena. Y se come sólo lo necesario”, dice en un tono metafórico.

A nadie se le escapa que no se avanzará hacia ese sistema mixto si los gobiernos no introducen incentivos fiscales para que las pensiones capitalizadas y el ahorro voluntario se vean espoleados. Y tampoco cuajará si éstos no hacen más  pedagogía para explicar sus bondades. En 2008 los fondos de pensiones sufrieron un descalabro del 23% a escala planetaria –como era lógico en plena hecatombe de la economía– y han dejado tiritando de miedo a más de un partícipe. Pero visto en perspectiva, la bolsa siempre bate al ladrillo o a los sistemas públicos de retiro en el largo plazo. Los expertos, no obstante, aconsejan que unos diez años antes de retirarse,  se blinden los capitales para que no se inviertan en renta variable pura.

Pero no bastará con levantar los nuevos pilares. Hay que poner en marcha un juego de incentivos y contraincentivos para que la gente no sólo no abandone el mercado laboral prematuramente, sino que incluso se quede más tiempo de forma voluntaria. El  39% de los españoles se jubilan con menos de 65 años y un alto porcentaje de estas salidas son prejubilaciones, a veces incluso por debajo de los 50 años.  “Hay toda una batería de medidas para el desenganche paulatino del mundo del trabajo, aunque todo depende del sector en que se trabaje”,  dice Eyries. Unos botones de muestra: se pueden ofrecer nuevas formas de contratos a tiempo parcial que permitan compatibilizar la jubilación con el trabajo; se pueden bonificar las cotizaciones  de aquellos que hayan superado los límites de edad obligatorios… También se puede recurrir a la imaginación. “Hay otras medidas más innovadoras como el retiro flexible de Finlandia, donde no hay una edad obligatoria de jubilación sino que ésta es flexible, entre los 63 y los 68 años”, dice Miksa. Cada cual decide. Para muchos,  esta nueva arquitectura  no funcionará si las economías no consiguen crear más puestos de trabajo.  Hay quien, como el ex ministro de Trabajo Manuel Pimentel,  considera que lo prioritario para que el sistema no se desmorone es ampliar la población trabajadora. Y ello pasa impepinablemente por abrir más la válvula de la inmigración. Otros no lo ven así. Los inmigrantes acaban por tener el mismo patrón vital y, además, en algunos países –caso de Japón, España o Alemania, cuyo envejecimiento se seguirá acentuando– la riada de extranjeros debería ser de tal magnitud que tal vez no fuese socialmente tolerable.

Del mismo modo, todo puede quedar en puro romanticismo si muchas empresas  no cambian su mentalidad arcaica respecto a los mayores. Hay que dejar de ver al empleado de pelo plateado como un estorbo, como alguien improductivo o  que tapona a los jóvenes. Los trabajadores sexagenarios, por supuesto, deberán cambiar su chip, verse y  ver el trabajo de otra forma en la  recta final de su vida.

El corolario es muy simple. “hay que transmitir el mensaje de que hay que trabajar más, por muy duro que sea”, dice Eyries. Y es que ahora, en la aldea global, hay muchos Edapiedrix, y Panoramix no puede resolver el problema económico con pócimas mágicas.