Economía

¿Quién contamina más, un coche o una vaca?

Que lo verde está de moda, es indudable. Que vende más, ahí están las compañías con sus campañas para pescar en tan particular río. ¿Verdad o mentira? ¿Realidad o marketing?  ¿Certeza o cortina de humo? Diferentes estudios e instituciones ponen en entredicho las bondades verdes. Y no se salvan ni los productos que compramos, ni algunos abanderados de la causa. Les mostramos cuatro casos, aunque hay muchos más.

Mito: Los coches son culpables del efecto invernadero.

Realidad: Sí, pero son peores las hamburguesas.

Dióxido de carbono, metano, óxido nitroso… son los gases que más contribuyen al efecto invernadero, según el archiconocido Protocolo de Kyoto. Coches, aviones, motocicletas… son los primeros “culpables” que vienen a la mente. Pero, ¿y las vacas, los cerdos o las cabras?

Según un informe del departamento de Alimentación y Agricultura de Naciones Unidas, la ganadería y, sobre todo, las vacas llevan marcado este particular estigma. No en vano, una vaca produce, por año, unos 66.000 litros de metano, según el argentino Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta).

El resultado es brutal: si los vehículos representan el 13% de los gases de efecto invernadero, la ganadería supone el 18%. Otros informes inflan todavía más esta cantidad. Por tanto, en este particular combate, ganan por KO los rumiantes. De ahí que uno de los retos de las empresas especializadas en alimentación animal sea bajar la cantidad de emisiones por kilogramo comido por cada animal. Pero, como diría un comilón de hamburguesas, que no redunde en su sabor, please.

Mito: Las bolsas de plástico no son reciclables.

Realidad: La papelera de su parque está hecha con ellas.

Otee el mobiliario urbano a su alrededor: bonitas papeleras, maceteros… Retroceda en el tiempo. ¿Se acuerda de cuándo depositó en el contenedor amarillo aquellas bolsas de plástico que no sabía qué hacer con ellas? Pues ahí han acabado. Lo mismo ocurre con algunas cañerías de su casa, o con vasos o platos con los que disfruta de un merecido pic-nic.

Hasta es posible que le hayan proporcionado un gran servicio hasta que hizo ese simple gesto. Porque, según la norma UNE 53942, una bolsa de polietileno se puede reutilizar ¡hasta 15 veces! Aunque lo habitual, y lo más corriente, es que sólo la reutilice una, usándola como bolsa para la basura (por cierto, es otro de los destinos que se les da tras su paso por el contenedor amarillo). El pecado está en desecharlas sin ton ni son, tirarlas al campo o al mar, ya que tardan mucho tiempo en degradarse. Por tanto, habrá que corregirse, y usarlas con tacto y con tiento.

Mito: Los alimentos orgánicos son mejores y más caros.

Realidad: La calidad no está reñida con el precio.

 ¿Vale la pena pagar un 20% o un 40% más por un alimento orgánico que por uno convencional? Diferentes investigadores británicos consideran que no, que el orgánico no es más nutritivo. Incluso defienden que es muy difícil producir alimentos que estén totalmente libres de pesticidas, debido a que éstos permanecen durante largos periodos de tiempo en el suelo. Y hasta consideran que en demasiados países no hay leyes específicas que regulen el uso de este tipo de alimentos. Vamos, que piensan que pueden ofrecer gato por liebre, y que es muy difícil, por ejemplo, que una vaca se haya alimentado al 100% con granos libres de pesticidas para dar una leche orgánica o ecológica. ¿Si o no? Lo importante es que cada uno, dentro de sus posibilidades, pueda elegir la calidad de los alimentos que consume.

Mito: Las plantas transgénicas son más productivas.

Realidad: No son el milagro de los panes y los peces.

Resisten mejor a las plagas o a condiciones climatológicas extremas como prolongadas sequías. Pero eso no significa que sean sinónimo de grandes producciones, de cosechas desorbitadas. Más bien, todo lo contrario. Según un estudio de la Universidad de Kansas, el rendimiento de cereales y soja transgénicos, durante un período de tres años, había sido inferior en un 10% al cosechado en plantaciones tradicionales. Otro, de la Universidad de Nebraska, cifra esa merma entre un 6% y un 11% inferior en el caso de la soja (dependiendo de la variedad). La causa de esta reducción se encuentra en los cambios genéticos de las plantas que han provocado una alteración de su metabolismo. Unos cambios que han frenado su capacidad de absorción de los nutrientes que necesitan para desarrollarse adecuadamente. Vamos, algo así como si a un niño al que se le dan biberones con leche entera de repente se los cambias por otros de leche desnatada. Su desarrollo, como es lógico, no será el mismo.