Economía

Por qué el optimista siempre gana sobre el pesimista

El pesimismo es un mal consejero y un mal compañero de viaje. Está sobradamente demostrado que el verlo todo negro como filosofía de vida es malo para el sistema inmunológico, hace más probable caer en las garras de la depresión, recorta la esperanza de vida y las posibilidades de tener amigos, coloca al corazón más cerca del infarto e incluso nos hace más vulnerables a un simple resfriado. Y, además,  es la vía directa para fracasar en  los negocios, para que la mente se vuelva perezosa y no innove. El pesimismo roba energía, el optimismo la da. El pesimismo destruye, el optimismo construye. Cuando hablo de optimismo me refiero al razonable, al sensato, no al ingenuo, no al propio del síndrome de Pollyanna –aquella niña que se empeñaba en verlo todo de color de rosa aunque estuviese a un milímetro de despeñarse por un escarpado y profundo barranco–, ni al  ya legendario  optimismo de nuestro presidente de Gobierno –por cierto, buena materia prima parece hacer una tesis doctoral. Sugiero un título: Ingenuidad y liderazgo en la España del arranque del siglo XXI–.

Ustedes se preguntarán si estoy en mis cabales. Y ya les adelanto el sí como respuesta. Les hablo de la vertiente psicológica, del humor,  porque el estado anímico es fundamental para la economía, para entrar o salir de las crisis, para iniciar o clausurar ciclos económicos. Y nosotros, los españoles, hemos caído claramente en el pozo del pesimismo. Un estado que aparece y reaparece en nosotros, como el Guadiana, desde hace siglos, y del que algunos ven sus raíces en la Guerra de Cuba y la pérdida de las últimas colonias y otros, remontándose más atrás, en los primeros síntomas de anemia del Imperio español. Un pesimismo muy conectado con el fatalismo y el  complejo de inferioridad: creer que los demás, siempre y en todo lugar, son mejores. Y también muy conectado con las fases intermitentes de triunfalismo. De eso algo sabemos, porque los españoles acabamos de dejar 15 años de crecimiento vibrante, el mejor empujón de la historia, y nos hemos sentido, a ratos, eufóricos, a veces rayando el complejo de superioridad.

Creo que cuando surge una desgracia –quiebra un negocio, se pierde el puesto de trabajo o la economía se desfonda y cae en la recesión, como el caso de España– hay dos formas de interpretarlo y de actuar. El pesimista ve en la desgracia algo permanente. Si ha ocurrido es porque seguirá ocurriendo.  El destino sombrío está ya escrito.  Además, tiende a culparse a sí mismo y cree no poder controlar las cosas,  influir en ellas.  El optimista, por contra, tiende a ver los problemas como algo coyuntural: no tienen por qué repetirse y no es culpa de él o no sólo de él. El pesimista lo da todo por perdido, se deja arrastrar. El optimista confía en sí mismo, en sus habilidades, en sus activos, en su capacidad para cambiar las cosas. ¿Qué podemos hacer para sacudirnos nuestro pesimismo ancestral, para animarnos como país, para volver a encender el motor del crecimiento y la creación de empleo? Pues intentar aplicar el lenguaje del optimismo. Primero, busquemos a un buen amigo, sensato, en este caso un extranjero, que nos vea desde fuera. Preguntemos: ¿Amigo, la economía española es tan mala? ¿Los españoles somos tan mediocres como creemos? Él responderá casi seguro: Pues claro que no. Si nos olvidamos del pinchazo del ladrillo y demás, éste es un país fantástico, que superará el bache; mira el turismo, los bancos, los grandes empresarios, los directivos, las energías renovables, la creatividad, la gastronomía… Si usted es pesimista,  y no le he convencido todavía, lea nuestro tema de  portada. Seguro que se pasa al optimismo y empieza a tener fe en nuestro potencial. ¡Ánimo!