Economía

Sindicatos e ideología

Que el sindicato tenga relación con la política, que ejerza influencia sobre ella y sobre la opinión pública, es algo legítimo. Pero, precisamente para que los sindicatos tengan una eficaz influencia política, es preciso preservar su independencia. Cuando un sindicato favorece determinada tendencia ideológica, y encamina a sus afiliados hacia ella, está traicionando su misión. Así, vemos cómo los sindicatos, cuando su tendencia ideológica no ha alcanzado el poder, utilizan la reivindicación como instrumento del cambio político; cuando su tendencia ideológica ha alcanzado el poder, rebajan el tono de sus reivindicaciones hasta convertirlas en meras coartadas retóricas, como se ha visto en esta huelga general. Y una organización que actúa como sostén del poder político no puede pretender al mismo tiempo presentarse como adversaria de ese poder, ni rechazar el orden legal establecido por los mismos a los que apoya, pues… ya forma parte del sistema.

Los sindicatos observan una conducta ambigua: por un lado luchan contra el orden capitalista; por otra, se sitúan en el seno de este orden, lo sostienen, lo apoyan. Se presentan como organizadores de una lucha contra el orden existente, que no es considerado como perfecto, pero que ya no se juzga como fundamentalmente pervertido, y se ofrecen para mejorarlo. En realidad son instrumentos de lo que el gran escritor inglés Hilaire Belloc llamaba “Estado servil”, una especie de híbrido entre el Estado capitalista y el Estado socialista que, a la vez que obliga a trabajar a quienes no poseen los medios de producción en beneficio de quienes los poseen, trata de satisfacer cierto nivel de bienestar entre los desposeídos, para que no se rebelen, desde repartos de limosnillas en forma de subsidios hasta las llamadas “ampliaciones de derechos”.
La adhesión de los sindicatos a las ideologías ha provocado un fenómeno de atomización del movimiento obrero que, aunque se enmascare con el disfraz del pluralismo, no ha hecho sino debilitarlo, causando en su seno profundas desavenencias y graves problemas de libertad interna entre sus afiliados. Sus dirigentes actúan a modo de “delegados” del poder establecido; y los mecanismos para su renovación se dificultan cada vez más. Las asambleas de sus miembros están cada vez más sometidas a presiones de índole política. Los afiliados, en la práctica, no pueden ejercer control sobre la táctica sindical, como tampoco sobre sus finanzas; y si se muestran críticos se convierten de inmediato en apestados. Por no hablar de la presión ejercida sobre las conciencias en opciones políticas, culturales y religiosas.

La vinculación de los sindicatos a los partidos políticos, en fin, mata su vitalismo y los convierte en una especie de sucedáneo que repite todas sus lacras: burocracias en perpetua expansión, parasitismo a costa del presupuesto, etcétera. Mezclar el sindicato y el partido político es sembrar la división entre la clase trabajadora, porque nada hay que divida tanto como los partidismos políticos. Y un sindicato que se torna excesivamente burocrático, que hace depender sus burocracias de las aportaciones presupuestarias, que se pone al servicio de intereses ideológicos, es natural que acabe en manos del sistema. En el momento en que tales aportaciones desapareciesen, el sindicato moriría de inanición; pero, entretanto, su  connivencia con el poder ha ido provocando el cansancio o la decepción de sus afiliados, que cada vez se consideran menos representados por dirigentes que ya se han convertidos en auténticos representantes institucionales, llegando a formar una especie de casta, cada vez más alejada de los problemas reales de los afiliados.
Y así, el sindicato, que había nacido fuera del sistema y a veces contra el sistema, se convierte en órgano o rehén del sistema.