Economía

¿Qué tienen los alemanes que no tengamos nosotros?

Apenas separados por unos cientos de kilómetros y compartiendo las mismas inclemencias de la crisis mundial, España y Alemania son dos mundos radicalmente distintos, uno oscuro y lúgubre, y el otro radiante de luz. España, qué les vamos a contar, se asemeja a un infierno económico: paro, pesimismo hacia el futuro… Alemania, sin embargo, se  muestra como un paraíso en el que la economía florece. Y florece, para más inri, en plena hecatombe de la economía mundial y en medio de ese semidesierto, lleno de conflictos macroeconómicos, que es la zona del euro. El peso pesado de Europa ha cerrado 2010 con el mejor avance del PIB -3,6%- desde su unificación. Y el empleo –eso que tanta falta nos hace- ha escalado hasta el récord de 41 millones de alemanes arremangándose todos los días. Corolario: el nivel de desempleo retrocede por debajo de los tres millones, casi un millón y medio menos que España, que tiene un tamaño de población que es justo la mitad. Quien esto escribe da fe de esta efervescencia económica, porque acaba de regresar del país y ha visto con sus propios ojos esas carreteras a rebosar de camiones cargados de mercancías –de alto valor, seguro- y ha podido escuchar conversaciones en las que se hablaba de la escasez de mano de obra en tal o cual sector. El Vente para Alemania Pepé! de Paco Martínez Soria le suena ya a muchos tentador, no sólo a españoles.

Pero ¿cuál es el secreto del dinamismo alemán? ¿por qué la feria les va justo al contrario que al resto?¿Por qué cuando otros se desinflan ellos se inflan como un globo? ¿No estamos todos en la zona del euro?

Por supuesto, Alemania se beneficia como nadie del repunte del comercio internacional y del dinamismo de algunas regiones del planeta, particularmente de Asia. Pero sería un error, como apuntan casi todos los expertos, no entender que la Alemania de hoy ya no es  la Alemania de hace diez o veinte años. Es mejor, más ágil, más fléxible… Cabe recordar que hace una década, o más, al país germano se le llamaba el enfermo de Europa. Y estaba tan enfermo que, por mucho que creciese el PIB, el empleo casi no se inmutaba. Sin embargo, ese mercado laboral extremadamente rígido, con esclerosis, se reformó durante la etapa del canciller Schröder –que, por cierto, incomprendido por los ciudadanos ante sus reformas estructurales tuvo que apearse del poder-. Se introdujo moderación salarial –lo que, a la vuelta de los años ha convertido en más competivos sus productos- y se reformó la legislación contractual. Por eso, cuando se desató la tormenta financiera, no se puso a la gente de patitas en la calle automáticamente. Se retuvo al capital humano. El Estado alemán le paga hasta el 65% del salario al trabajador si el empresario no presciende del empleado. Le da parte de lo que cobraría estando en el paro, pero el empleado sigue en cuerpo y alma en la empresa. Esta política laboral –kurzarbeit– es parte del éxito actual. Si las empresas alemanas tuviesen que volver a seleccionar y forma a nuevos trabajadores, no hubiesen podido responder tan rápidamente a la cartera de pedidos que le llueve.

Pero el fenómeno obedece a más razones. Primero, las empresas –sobre todo las pequeñas y medianas, que son la columna vertebral- están muy volcadas hacia la calidad y hacia la exportación. Los alemanes saben que no pueden competir con sueldos bajos, pero sí en productos de alta calidad. Su estrategia a largo plazo es invertir en productos que exigen una mayor investigación y desarrollo pero que tienen una clara demanda en muchas partes del mundo. Venden a precios premium más caros que resultan justificados por las ventajas técnicas y la eficacia de sus productos. También influye el trabajo bien hecho, una formación profesional –Ausbildung– de primera… y tal vez la llamada Ordnungspolitik, algo así como la política de poner orden a las cosas. Berlín ha puesto rápidamente límites al gasto público –hasta en la propia Constitución- y ha esbozado una visión de conjunto para salir de la crisis.

Es verdad que pocos alemanes se saltarían una semáforo en rojo –porque rules are rules– pero les puedo asegurar que en las autopistas no hay límite de velocidad, y los alemanes corren como locos. Saben ser rápidos dentro de un orden. Y ya se ve.

pd: Otro apunte más. La Alemania que ahora despega se ha tenido que tragar y digerir en los últimos veinte años a otro país, la Alemania comunista, la RDA, una maquinaria económico-política muy averiada. Si no hubiese tenido que hacer esta pesadísima digestión, que a más de un país hubiese llevado de inmediato a urgencias, otro gallo hubiese cantado.

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