Economía

Yo no digo ni mu, no sea que me echen del trabajo

Si me permiten la desafortunada metáfora, la situación en las empresas españolas se asemeja a la de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Mejor no moverse y quedarse parapetado tras los sacos terreros, porque cae una tupida lluvia de proyectiles –en forma de despidos, recortes…y más despidos y más recortes- que nos puede dejar fuera de combate. Y si un balazo se lleva a alguien por delante va a ser dificilísimo que se reincorpore (casi imposible con las mismas condiciones económicas, pues los sueldos también están de rebajas), salvo que decida hacer un curso intensivo de alemán e irse a Deutschland.

Como dicen los expertos en recursos humanos, hay una sensación de absoluta inseguridad  (psicosis dicen algunos) entre los empleados, y también entre los directivos. Los primeros han acabado por tomar conciencia de que la cosa va cada vez a peor y que la crisis no es una broma. Antes soñaban con pedir aumentos de sueldo, irse al extranjero expatriados o conciliar mejor la vida familiar y laboral. Ahora sólo tienen una obsesión: asegurar, reasegurar como sea, su puesto de trabajo. Virgencita que me quedo como estoy…musitan miles y miles de empleados.

A los altos ejecutivos les pasa algo similar. Más bien peor. No sólo tienen que cargar con su propia cruz de la inseguridad laboral (en cualquier momento viene el superboss y le señala con el dedo acusador), sino que encima tienen que motivar al resto de la tropa. Motivar, claro, sin mucho alimento que darles. Más bien palmaditas en la espalda y buenas palabras, pues no hay recursos. Y como por el aire circulan muchos proyectiles letales, muchos directivos han optado por no dirigir. Algo así como la inacción del liderazgo, la ‘nodirección’. Para qué dar un paso al frente, con una buena propuesta, si se expone uno a que le apunten con el cañón. Prefieren pasar desapercibidos y esconder el bulto.

Lo peor de todo es que esta guerra  de trincheras en las empresas va para largo. Algunos hablan de 3, 4 o 5 años. Hasta entonces, qué remedio, mejor ajustémonos bien el casco prusiano de acero, no sea que una bala nos abra la cabeza en canal.