Economía

¿Sólo vivimos por y para la economía?

“Es difícil de entender, pero nuestro imaginario está totalmente colonizado por la economía y el economicismo.  En el pasado, la gente vivía fuera de la economía. Por eso el decrecimiento implica salir de la economía ”, dice Serge Latouche, el profesor de Economía que acuñó el termino decrecimiento a principios  de esta década y su principal impulsor. Latouche está convencido de que  el crecimiento es un cáncer devastador que preferiría definir esta filosofía como “acrecimiento”, algo así como la no creencia en el crecimiento.

La idea de fondo –más bien el dogma– es que el crecimiento no puede ser infinito y que los recursos naturales se agotan. De hecho, su pronóstico  es que la actual crisis no es más que un aperitivo previo al plato fuerte envenenado, que se servirá en 2050. Entonces, se producirá un “hundimiento” por el agotamiento del petróleo, los zarpazos del cambio climático y la extinción de muchas especies.

¿Es realmente el planeta una olla exprés a punto de reventar? ¿Estamos abocados al precipicio? ¿Cuán lejos estamos de ese escarpado barranco del que no vamos a salir? ¿No es suicida seguir yendo de tiendas el fin de semana o volar por el placer de volar y con esos aparatos volantes que tanto contaminan? “Éstos son diagnósticos del pasado” dice Gregorio Izquierdo, director del servicio de estudios del Instituto de Estudios Económicos. “Su fallo, argumenta, es no creer en la tecnología y en el progreso del ser humano”. Porque, si echamos la vista atrás, o incluso muy atrás, veremos que apocalípticos los ha habido en todas las etapas históricas, y pocas veces han dado en el clavo. Hubo una época, allá por el siglo XVIII, en el que pensadores como Malthus concluyeron –con una cierta aureola científica– que no había suficientes alimentos para tantas bocas. Argumentaba que el aumento de la población era geométrico y el de los alimentos aritmético, y que esta lógica perversa era insostenible. Pero el análisis era equivocado.  Y el tiempo lo ha demostrado. En aquella época, había unos 700 millones de personas en el planeta y hoy rozamos los 7.000 millones. O lo que es lo mismo, 6.300.000 personas más. “La imaginación del hombre permite producir más con menos”, dice Rafael Pampillon, del IE Business School.

Y es que sin el progreso económico es difícil no sólo eliminar tanto desempleo en el mundo –hay varios millones de trabajadores en la calle– sino salir de la marginación. “Para poner en marcha a la gente hay que crecer. Y para salir de la pobreza hay que crecer. Si China ha progresado es porque viene creciendo desde hace años a tasas  del 10%, aunque ello sea a costa de una mala distribución”, dice Pampillón.  Otro ejemplo más: “Cuando Argentina se  estancó a principios del siglo por la crisis del peso, la pobreza aumentó hasta el 50%”.

Casi todos los economistas, incluidos algunos teóricos de izquierda como el premio Nobel Joseph Stiglitz, sostienen que un frenazo al consumo redundaría en una reducción de ingresos de las empresas, en una mengua de los beneficios y  en la consiguiente sangría de empleo. Un cóctel explosivo.

Esta hipótesis a Latouche no le quita el sueño. Antes bien, lo ve deseable, incluso sano. “Sí, con el decrecimiento habría mucho más paro. Por ello habría que trabajar mucho menos y tener más tiempo para otras cosas. Cuando llegue la crisis, todo esto parecerá más realista”,  dice Latouche.  En la misma línea abunda el profesor de Economía Arcadi Oliveres: “que el decrecimiento provoca paro, pues tengamos más dificultades. Los seres humanos han vivido siglos sin tanto consumo y nosotros no hacemos más que vivir a costa de las futuras generaciones”.

Lo que los economistas del decrecimiento no parecen entender es que la propia dinámica del mercado ajusta los bienes a través de los precios. “El crecimiento tiene sus propios sistemas de ajuste y cuando funciona el libre juego de los precios la humanidad tienden a organizarse mejor”, dice Gregorio Izquierdo. Si hay más de una cosa se abarata su precio, y si escasea aumenta. Así de simple. Otra prueba de lo errado de su argumento, apunta este economista, es que hoy en día se consumen sobre todo servicios, y no tanto recursos naturales. “No crecer es lo más reaccionario que hay, y lo más explosivo. No hay movilidad social, todo se convierte en una lucha por la distribución, la economía pasa a ser un juego de suma cero”, dice el economista Fernando Fernández. Justo una de las críticas más habituales al decrecimiento es que su filosofía devuelve a la humanidad a sociedades primitivas, cerradas, proteccionistas. “Desde el punto de vista empírico,  hay un largo periodo de la Humanidad sin crecimiento, toda la Edad Media, y no es precisamente una época de belleza, bondad y libertad. Los países o civilizaciones que no crecen, desaparecen y mueren”, concluye Fernández.

Pero a los economistas decrecientes le gusta matizar que su oposición al consumo no es radical. Los occidentales ya hemos consumido lo bastante –llevamos siglos de fiesta, vienen a decir– y toca que los países emergentes consuman. “El decrecimiento no debe entenderse como una disminución del consumo, sino como una redistribución” entre países ricos y pobres, argumenta el profesor Oliveres. Pero incluso con estos matices casi ningún economista comulga con ellos. Latouche, de nuevo, dice que no hay que arquear el entrecejo por eso. “Los únicos que no van a las conferencias del decrecimiento son los economistas. Y es normal. La economía hoy es la economía del crecimiento”.