Economía

La durísima vida del empleado (y del directivo) de hoy

Elena  Gómez –el nombre es ficticio, el personaje no– tiene la sensación de que su empresa es como una embarcación que hace aguas a babor y a estribor, y que, para colmo, navega por un mar que pronto se va a quedar seco. “Me siento atrapada por una doble realidad que se desmorona. Por un lado, estoy en una compañía, a la que llegué con la idea de montar un gran equipo, que ahora agoniza y en la que me he quedado sin gente y sin recursos. Por otro lado, mi mercado profesional  también se está deshaciendo. Cada vez tengo más ganas de tirar la toalla. Pero al mismo tiempo me da mucho miedo quedarme en paro”.  Esta directora de ventas raya la cuarentena y sabe que a partir de esta edad las cosas se ponen muy pero que muy cuesta arriba. Tal vez por eso, y a regañadientes, ha aceptado un nuevo papel, algo humillante: el de directiva-secretaria-becaria-chica de los recados que trabaja cuando está resfriada o con gripe, que coge el teléfono en vacaciones, y que encarna “una oficina móvil a cuestas”.

“El principal factor que percibimos en las plantillas de las empresas es la incertidumbre y la tensión; hay temor a perder el puesto de trabajo y el status actual”,  dice Marcos Huergo, director de la consultora Moa en Barcelona que ha auscultado el estado anímico en numerosos centros de trabajo.  Y no es de extrañar que los nervios estén a flor de piel. El huracán de la crisis ha arrancado de cuajo más de dos millones de empleos, y el vendaval sigue soplando a pleno pulmón –en enero han quedado fuera de combate más de cien mil trabajadores– y no es descabellado que la legión de parados engorde hasta los cinco millones–. Así que mejor ponernos cuerpo a tierra y no dar pasos en falso porque, ahora sí, el que pierde la silla se queda sin silla durante mucho tiempo. “Antes la gente pensaba en otras metas, como conciliar la vida laboral y familiar, salir al extranjero para tener alguna experiencia internacional, o conseguir un aumento de sueldo, pero ahora lo primero es la seguridad en el empleo y cobrar la nómina a final de mes”, dice Carlos Carpizo,  director de Recursos Humanos de Randstad. Ya saben, la pirámide de Maslow o la jerarquía de las necesidades humanas. Primero, las demandas fisiológicas, comer, beber, dormir… y después, el resto.

Hay dos certidumbres que justifican la incertidumbre: que las empresas siguen pasándolo mal –no todas empresas han dado la última vuelta de tuerca a los planes de ajuste, según se desprende de las encuestas– y que el paro es tan elevado –más del 20%– que el que se cae, o no se recoloca o lo hace sacrificando parte de su anterior remuneración.  El gurú del management Javier Fernández Aguado asegura que “muchos de los dos millones de nuevos parados no volverán a trabajar. Esto es un gran daño a la autoestima y un gran daño al país”.  Es decir, que unos cientos de miles de españoles –tal vez los más mayores o los menos cualificados y con menores posibilidades de reciclarse– vivirán un infierno de larga duración. Y otros deberán esperar a que el temporal escampe. “Tendrán que pasar 2 ó 3 años para que todo se vuelva a poner en marcha. La gente no quiere ampliar plantillas y la recuperación va a ser muy lenta en el empleo”, dice Fernández Aguado.

Buena prueba de que todo el mundo se agarra a la silla, aunque la silla esté ardiendo, es que hay menos enfermos imaginarios y hay más enfermos que no van en busca del médico. “No hay mejor dato de ese miedo que la caída de las entradas en urgencias en los hospitales o el retroceso del tradicional absentismo laboral”, dice el presidente de una gran empresa que prefiere mantenerse en el anonimato y que sigue con lupa la evolución de los comportamientos en su firma. En esa misma línea, el sindicato UGT dice que el miedo a perder el empleo ha disparado las enfermedades profesionales sin baja en el empleo hasta el 147%.

Una de las consecuencias de este ambiente descorazonador es que hay mucho absentismo emocional. Se está de cuerpo pero no de alma. “Veo mucha gente que vive en su burbuja y que se acomoda en su refugio”, dice Elena Gómez. Y esta apatía redunda en una menor productividad y en un menor compromiso con la empresa. “Antes el problema era que no había talento con compromiso en la empresa. Ahora las empresas se han chuleado un poco, con frases como nos hemos quitado grasa. En cuanto pase la crisis, las compañías tendrán que volver a cuidar el talento”, dice Fernández Aguado.  Cierto. Mimos, lo que se dice mimos, no está habiendo en las empresas, en general.

Aunque no todos sufren el mismo estado de psicosis. Por ejemplo, en el sector financiero, que lleva meses haciendo ajustes y reajustes, sobre todo en las cajas de ahorro, no se palpa, de momento, pánico en el ambiente. “Lo de la reducción de las plantillas de las cajas es más bien una cosa de los medios de comunicación. Pero la gente de las entidades no lo vive así. El día que una caja, pongamos Caja Navarra, despida al 10% de su plantilla, se pondrán todos a tiritar”, dice un ejecutivo de un gran banco español que tiene la suerte de trabajar en una entidad globalizada, y en  un departamento también globalizado.

Curiosamente, una de las consecuencias de este nuevo escenario es la inacción entre los ejecutivos. Mejor no salir demasiado en la foto no sea que el superboss se ponga a pensar y … “Muchos directivos están adoptando una actitud defensiva y de prudencia, evitando decisiones creativas e innovadoras que les puedan suponer una excesiva exposición ante sus superiores. Es la inacción del talento”, dice Huergo.

Y es que la vida del jefe, como se ve en el caso de Elena Gómez, se ha vuelto un calvario. “El directivo no sólo sufre la crisis en primera persona –no sabe si continuará o no–, sino que tiene que intentar mantener alta la motivación de la tropa”, dice Carlos Carpizo. Sin el cebo de un aumento de sueldo, el directivo debe apelar a la imaginación: “darles algo más de cariño, reconocer las cosas bien hechas Además, unos salen más fortalecidos, y otros menos”, dice este ejecutivo de Randstad. No sorprende que los directivos estén desmoralizados -sobre todo aquellos que más les golpea la crisis, como los del departamento comercial, de comunicación o de recursos humanos–. Regresar la mercado, con las mismas prebendas que en el pasado es casi imposible. Y lo será durante varios años. “Nosotros estamos haciendo ofertas a directivos por un 25% de su sueldo anterior. Y lo aceptan. La gente está tremendamente preocupada por estar dentro y no fuera del mercado”, dice un alto directivo de una multinacional. Y es que ahora más que nunca lo más inteligente, lo que dicta el instinto de supervivencia, es mantenerse aferrado al puesto de trabajo. Y no soltarlo caiga lo que caiga. Por eso la directora de ventas Elena Gómez hace de directora-secretaria-becaria. Más adelante, ya habrá tiempo de hacer las maletas.