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Soy camarero: ¿Cobraré según las cañas que ponga en el bar?

“Que sí, que lo que quieren es eso, que cobremos según las cañas que pongamos o la gente que entre en el bar. ¿Qué vendes más cañas? Pues más alto será tu sueldo. ¿Que no entra nadie en el bar? Pues no cobrarás un duro”. No es un diálogo inventado. Es real, escuchado en el metro hace unos días entre unos camareros que veían esa particular manera de aplicar a su trabajo lo que el Gobierno, fruto de la presión de Bruselas, quiere aplicar en España: que incrementos salariales de los convenios vayan ligados a la productividad.

La verdad es que nunca lo había pensado en términos de cañas y bares. Aunque sí en un terreno cercano, las tiendas. ¿No me digan que no están hartos de entrar a una tienda y esperar pacientemente a que a uno le hagan caso y, cuando por fin lo hacen, se limitan a indicarnos que tal prenda que buscamos está por allí al fondo, en el pasillo de la derecha, girando a la izquierda por el centro? Salvadas las distancias y cada vez en menos sitios, afortunadamente, la verdad es que esa práctica es muy española. De hecho, es algo que llama mucho la atención a los extranjeros cuando vienen a nuestro país. Y a nosotros lo contrario, cuando salimos fuera. Pongamos el ejemplo de Londres. Allí cuando uno entra en una tienda, los asistentes están encima nuestro desde que ponemos un pie  hasta que salimos; enseñándonos éste y aquel modelo, sacando otro más allá, hablando de las bondades de la prenda, de lo bien que nos sienta… Y es que para ese empleado, su sueldo, la mayor parte de su sueldo, depende de lo que venda. Así que ya se encarga él de poner toda la carne en el asador para lograr vender todo lo que pueda.

Les pongo este ejemplo para argumentar que, desde luego, me declaro a favor de que los salarios –no todo, pero si parte–, y los incrementos salariales, tengan un componente variable que vaya ligado de alguna manera a la marcha de la empresa. o sé si el término justo es ligarlo a la productividad o a la generación de ingresos o de beneficios, que no es lo mismo. La verdad es que ligarlo a la productividad, primero nos exigiría ponernos de acuerdo en qué se entiende por ello y, segundo, nos llevaría a la paradoja que de ahora, en tiempo de crisis, tuviesen que subir los salarios más que en tiempos de bonanza. Porque, ¿no me digan ustedes que ahora no somos todos mucho más productivos, en la medida en que donde antes había cinco empleados para hacer una tarea, ahora hay dos o, con suerte, tres?

Vista la trampa, creo que sería mejor ligar los salarios y los incrementos salariales a la marcha de la empresa, de sus ingresos, de sus beneficios. O quizá un poco de todo ello. Que la empresa va mejor, pues que sea mayor esa parte salarial variable. Que va peor, pues lógicamente, olvidémonos de ese extra que no tiene razón de ser.

Claro que esto implica olvidarse del sector –una empresa puede ir muy bien en un sector tocado por la crisis, y al contrario– y, supone, por tanto, aparcar la práctica habitual de los convenios colectivos, salvo que éstos se limiten a aspectos muy de mínimos pero, desde luego, no entren en el campo de los incrementos salariales de sí por sí, según unas tablas y sin tener en cuenta las dificultades de la empresa. Y, por supuesto, no nos engañemos, esto supone una pérdida de poder tanto para los sindicatos como para las asociaciones empresariales, que tendrían menos que decir en el ámbito individual de la empresa. Y mucho me temo que ni unos, sindicatos, ni otros, asociaciones empresariales, están muy dispuestos a perder parte de su actual voz y voto en la sociedad.

Y hay otro problema, a mi juicio, nada baladí. Y es que para que funcione un modelo en el que los salarios se ajusten y alineen con la marcha de la empresa y de sus resultados, es necesario que las empresas estén dispuestas a hacer un enorme ejercicio de transparencia de cara a su plantilla, aportando información recurrente sobre la marcha de la compañía. ¿Cree usted de verdad que muchas empresas harán ese ejercicio, en un país en el que todavía muchas compañías acostumbran a construir la cuenta de resultados de abajo a arriba en lugar de la inversa, utilizando los cajones disponibles (amortizaciones, provisiones… etc) para poder jugar con el resultado final?

Para apuntar algún camino que quizá se podría explorar, apunto las interesantes reflexiones aportadas en un artículo por Carlos Fernández Isoird, director general del Centro Vasco para la Innovación y el Aprendizaje (Denokinn), en el que comenta dos ejemplos: el de Dinamarca y el del cooperativismo (los socios cobran un anticipo reembolsable sobre la previsión de ingresos de la empresas, y si no se cumple, este “salario” se ajusta a la baja o al alza. Mírenlo. Es muy interesante.