Economía

Y si los economistas pueden resolver nuestros problemas de pareja

Llega el marido por la noche a casa, cansado del trabajo, y le dice a su mujer, también cansada del trabajo, que acaba de tener una iluminación: quiere comprarse un BMW.  Estás loco, con la crisis y lo mal que están las cosas en el trabajo… Pero si el coche está nuevo, apenas tiene dos años. ¡Eres un derrochador, sólo piensas en ti mismo! La tensión asciende, ­ella, además, está enfada porque se acaba de dar cuenta de que su marido ha dejado su habitación-despacho igual de desordenada que estaba esta mañana pese a que le había advertido que de hoy no pasaba el caos. Él toma aire, decide seguir tensado la cuerda, y contraataca: Tan loco como tú que ayer me dijiste que por qué no cambiamos de casa, aprovechando que los precios están bajos. Eso sí que es estar loco de remate. Y se enzarzan en una discusión tras otra, en la que repansan todo, desde quién hace más en la casa, hasta quién piensa más en la familia y en los hijos, y menos en su ego y satisfacción personal.

Escenas habituales como ésta ­-también lo son las buenas, seguro, pero no vienen a cuento-­ han llevado a que en Estados Unidos se desarollen teorías en torno a la economía del matrimonio y la pareja –spousonomics-  con el fin de ver cómo la ciencia que inventó Adam Smith  puede ayudar a resolver estos conflictos (y ya saben que todo lo que empieza en Estados Unidos  acaba por llegar a Europa por tierra, mar o aire -o por Facebook). Dos periodistas
económicas ­-una de The Wall Street Journal y otra de The New York Times- acaban de escribir el libro Spousonomics: Cómo maximizar los ingresos en la inversión más importante de tu vida en el que sostienen que hay que pensar en la familia como un consejero delegado o un consejo de administración.

¿Realmente funciona la ley de la oferta y la demanda en la pareja? ¿Economía y empresa es equiparable a matrimonio? ¿Se pueden aplicar conceptos como la transparencia, los incentivos, la regulación, la división del trabajo, la asimetría informativa? ¿N0 es esto una frivolidad? ¿Es que las autoras no saben nada de psicología? ¿Qué tendrá que ver el cariño con la cuenta de resultados?Para estas preguntas encuentren ustedes sus propias respuestas. Yo les comento el trasfondo de estas teorías nacientes y dejo al margen, temas más picantes que, por cierto, han estudiado  premios Nobel de Economía como Gary Becker.

Una de las cosas que sostienen las periodistas es que conviene aplicar a la vida de pareja la teoría de las ventajas comparativas del comercio (acuñada por el sabio David Ricardo). No a la trampa de hacer las cosas mitad y mitad. Mejor que cada cual se especialice en lo que sabe hacer mejor. Uno  plancha, y otro la cocina, una a la compra y otro a sacarle brillo al suelo. Eso, dicen, redundará en un menor estrés y en una mejora de la productividad familiar.

Otro punto de este análisis comparativo es que el matrimonio, como Lehman Brothers, puede desmoronarse, aunque pensemos que es demasiado grande para quebrar. Sostienen que  el matrimonio ­-que es un negocio de dos socios con recursos finitos que hay que asignar con pericia-  debe “incentivar” a los socios-accionistas, “reinvenrtir” en la relación e ir mejorando “el marco regulador”. También recomiendan “los copagos”, una especie de compromiso adicional diario que uno hace por el otro. En este sentido, dicen que en los matrimonios se pueden formar “burbujas” y que, cuando estallan,si no se controlan, pueden llevar a etapas de recesión.

La comunicación es igual de fundamental que el mundo económico-empresarial. Ésta debe ser simétrica y no asimétrica. Si ­uno no exterioriza todas sus demandas o no transmite todo lo que sabe, se toman decisiones equivocadas y se degrada la vida conyugal.

En fin, hasta se podría aplicar la teoría económica de los incentivos. ¿Por qué la pareja, al poco de casarse, acaba por tener cierto sobrepeso, como demuestran las estadísticas? ¿Faltan estímulos?

Ya saben, cuando lleguen a esta noche ­o esta tarde a casa, piensen muy bien qué es lo que dirían los economistas Adam Smith o David Rircardo.

PD. A mí, si quieren saber mi opinión, todo esto me parece un sinsentido, un ejemplo más de la nueva rama de la economía aplicada a la vida cotidiana, que raya el sensancionalismo y no busca más que llamar la atención. No hay nada que la economía nos enseñe en las relaciones de pareja que no podamos inferir -o deducir- gracias al sentido común.