Tecnología

El ingenio está en las nubes

Tal vez en un futuro no muy lejano, acaso en un par de años, nuestros sesudos académicos de la Lengua Española tendrán que incluir una nueva acepción de la palabra nube: dícese –ésta es una sugerencia nuestra– de aquella tecnología, referida al ‘cloud computing’ o computación en la nube, que permite todo tipo de operaciones informáticas desde la red. O quizá apuesten por: dícese del nuevo paradigma que permite ofrecer servicios de computación online.  Aunque cabe que, para no perderse en laberintos lingüísticos, opten por una definición más simple: metáfora de Internet.

Concluyan lo que concluyan, lo que sí es seguro es que el académico de la letra N se verá obligado a analizar el caso con detenimiento porque estamos ante un cambio económico, social y tecnológico de gran calado, que algunos equiparan a la Revolución Industrial y del que apenas acertamos a ver sus consecuencias.

Si usted es de los que el cloud computing le suena tan extraño como exótico, no se alarme. Con un ejemplo gráfico lo entenderá: llegará el día en que esté donde esté (en el desierto, paseando por las dunas; en el bosque, buscando setas; o en el parque de su ciudad, jugando con sus hijos), si de repente siente unas ganas irresistibles de descargar datos personales,  cargar o intercambiar archivos, o simplemente de ponerse a trabajar con su empresa matriz que está a cien o a mil kilómetros de distancia, podrá hacerlo sin problemas. Todo o casi todo estará en la nube, en un lugar etéreo y vaporoso de la red. Será el triunfo de la tecnología ubicua, gracias a los dispositivos móviles y la mejor conectividad. Y nuestra mesa de trabajo ya no estará atiborrada de CDs de software y hardware innecesarios.  Los dichosos antivirus, las actualizaciones de software, el mantenimiento y las parsimoniosas descargas dejarán de volvernos locos. Los productos mutarán en servicios, justo como ahora nos enchufamos a la a toma de luz para acceder a la electricidad o abrimos el grifo para que salga el agua. Servicios que, claro, habrá que pagar en función de su uso, aunque la factura final será más menos onerosa que la actual.

Sin saberlo, muchas personas ya pasan parte del día en su pequeña masa vaporosa contando sus venturas y desventuras en Facebook, intercambiado emails en Yahoo o colgando las fotos de su última fiesta en Flickr. Pero esto es sólo el aperitivo de lo que está por venir. El aperitivo del aperitivo de una comida con varios platos fuertes. Como toda revolución de verdad, el impacto del cloud computing se dejará sentir en campos tan variados como el mundo empresarial, el medio ambiente o el entorno laboral. “Aumentará el nivel de comunicación y colaboración entre las personas,  permitirá una mayor cooperación para que surjan con más facilidad nuevas oportunidades empresariales, más allá de los límites geográficos y económicos, y hará que  la minoría que hoy tiene el control y los privilegios en el campo tecnológico los pierdan en beneficio de  la mayoría”, dice James Staten, analista de la consultora Forrester, una autoridad en este incipiente fenómeno.

No hay que hacer grandes abstracciones para deducir que los países en vías de desarrollo, aquéllos que sufren la brecha digital y no consiguen tener asiento en el tren de la sociedad de la información, ni siquiera de pie y en tercera, tendrán la posibilidad de dar un salto tecnológico sin precedentes.  La nube pondrá la  tecnología y la innovación al servicio de todo el planeta, la democratizará. Actores antes marginados, como las pequeñas empresas,  podrán hacer sus propios pinitos tecnológicos, al igual que los jóvenes emprendedores, que tienen los euros contados para invertir.

El impacto económico no será nada desdeñable, y el revulsivo que supondrá para la productividad es uno de los aspectos que más fascina  a los fans de la nube. El Center for Economics and Business Research de Londres calcula que el dinamismo del cloud computing generará, en cinco años, una riqueza de 760.000 millones de euros y unos 2,4 millones de puestos de trabajo, directos e indirectos, en Europa. “La mayoría de las oportunidades girarán en torno a las economías de escala.

La nube hará posible que muchas start-ups con escasos recursos alcancen mercados más grandes. Facilitará igualmente que se creen en otras partes ecosistemas de emprendedores similares a Silicon Valley”, reflexiona Timothy Webmoor, investigador del Instituto para la Ciencia, la Innovación y la Sociedad de la Universidad de Oxford. Desde luego, será un gran reclamo para que las pequeñas y medianas empresas saboreen, finalmente, las mieles de la tecnología. “En España hay millones de pymes que tienen dificultades para acceder a la tecnología. Para ellas la nube es un instrumento fácil y seguro. Les permitirá comunicarse más fácilmente con terceros, hacer negocios y abrirse a nuevos mercados”, dice Niels-Christian Krüger, director de Google Enterprise para España y Portugal.   En la misma línea se expresa María Garaña, presidenta de Microsoft Ibérica: “Es una gran puerta de entrada a la tecnología para las pymes”. Excelente trampolín, pues, en época de vacas flacas. Correo, comunicación, grupos de trabajo e intranet son los servicios más demandados por estas compañías a Microsoft, explica Garaña.
Pero estas masas suspendidas en la atmósfera también serán, como las nubes formadas a base de gotas de agua microscópicas, una bendición para la conservación  y la sostenibilidad del  planeta. Cuanta más gente se mude a las nubes, menos contaminaremos. Un estudio de Accenture –Cloud computing y Sostenibilidad–,  elaborado con la colaboración de Microsoft, arroja mucha luz al respecto.

Si uno toma como muestra las empresas norteamericanas de entre 100 y 10.000 trabajadores y se plantea qué pasaría si dejasen de utilizar los servidores del correo electrónico –Microsoft Exchange– y  volasen a las nubes, la conclusión es que el efecto en la reducción de las emisiones de CO2 equivaldría a que unos 100.000 coches dejasen de rodar por las carreteras con sus malos humos. El mismo informe concluye que si todas las  aplicaciones informáticas se trasladasen al cloud, la reducción del gasto energético sería muy sensible: las emisiones nocivas podrían recortarse entre un 30% y un 90%.

Algunos escépticos dicen que en la nube hay mucho ruido y pocas nueces. Pero no lo parece. Aunque es cierto que el tema lleva sobrevolando tiempo, 2011 es el punto de inflexión. “En 2009 y 2010 se discutía si llegaría o no. Hoy todo el mundo acepta que la nube está aquí”, sentencia contundente Krüger. Google, por ejemplo, ha pasado en 2010 de dos a tres millones de clientes corporativos en su división de  servicios en la atmósfera. Garaña, por su parte, dice que “una media de 150 clientes a la semana se suman a los servicios cloud de Microsoft en España”.  Krüger, además, cree que nuestro país “tiene un posición muy fuerte en la adopción de la nube. Hay mucho interés por parte de las empresas españolas”.  ¡Excelente información para un país que necesita como  agua de mayo más productividad y más innovación!

Se mire el informe de la consultora que se mire –Gartner, Forrester…–, en una década gran parte de nuestros datos levitarán en la atmósfera y pasaremos gran parte de nuestro tiempo entre nubes –públicas, privadas, híbridas–. Los gigantes del sector, con buen olfato, ya se han enzarzado en una especie de guerra de las nubes. Amazon, Google… pero también los constructores de tecnología tradicional como IBM, HP, Siemens, Oracle… están inmersos en la batalla. “Algunos de los claros ganadores, de momento, son Salesforce.com, Amazon Web Services, Microsoft, SuccessFactors, ADP, Netflix and Google. Pero éste es un mercado naciente y en el futuro habrá mucho más en juego”, dice Staten, de Forrester.
Por supuesto, las nubes también tienen sus debilidades, y a nadie se le escapa que a veces se vuelven negras y traen rayos y truenos. Una de las preocupaciones que más quita el sueño es la seguridad y la  privacidad. ¿Qué pasa con nuestra información colgada del cielo? ¿Son seguros los supercentros de datos? ¿Qué pasa en el caso de conflicto cuando de por medio hay varios países implicados, con legislaciones distintas? ¿Se pueden sentir tranquilos los estados, las administraciones públicas? Simplemente, pensemos en el terremoto causado por Wikileaks, el portal encriptado de Julian Assange, que ha puesto en jaque al mismísimo Barack Obama al lanzar 250.000 cables confidenciales del departamento de Estado (que, por cierto, estaban alojados en un servidor de Amazon).

“La privacidad es el riesgo más evidente. La seguridad de la información personal, corporativa y gubernamental requerirá de más firewalls. Gran parte de nuestra información en las redes sociales ya es de fácil acceso para terceras partes. A medida que los gobiernos y las empresas colocan más información sensible en servidores controlados a distancia, la supervisión y el control inmediato de ésta se debilita”, dice Webmoor, de la Universidad de Oxford. Y, claro, existe el temor a que un día salten los plomos,  una especie de gran apagón que nos deje sin conexión; sin nuestra agenda, sin nuestros documentos de trabajo… Por eso, para que la infraestructura de banda ancha no salte en pedazos ante la inminente avalancha de usuarios y de datos, habrá que fortalecer las redes

Pero, pese a todos los pesares, las ventajas –un mundo laboral más flexible, unos costes más baratos, más eficiencia...– superan con creces las desventajas. Y lo iremos viendo poco a poco. Del mismo modo que nadie se plantea tener una central eléctrica o un pozo en el salón de su casa, para disfrutar de la electricidad o del agua, sino que simplemente se presiona el interruptor de la luz o se gira el grifo, ponernos a hacer las tareas informáticas sólo exigirá subirnos a la nube, vía click, por Internet. ¡Qué alivio después de tanto hardware y software de vida caduca por la mesa y las estanterías!