Economía

¿Internet nos está volviendo tontos y superficiales?

El otro día un amigo mío, tan inteligente como provocador, me envió por correo electrónico  la siguiente ocurrencia-chiste sobre las nuevas tecnologías y su impacto en nuestro cerebro y en nuestra percepción de la realidad. Decía lo siguiente: Imaginemos (échenle imaginación, claro) qué hubiera pasado si los videojuegos hubieran sido inventados en la época en la que Gutenberg (siglo XV) inventó la imprenta y llevásemos 500 años jugando y, de repente,  apareciese el libro. Los libros serían un éxito entre los niños y los padres estarían muy preocupados por saber qué leen y cómo les afecta. ¿Qué dirían los editoriales de los periódicos? Tal vez algo así: Leer libros infraestimula los sentidos de forma crónica, al contrario que la larga y duradera tradición de los videojuegos que sitúa a los niños en un vívido mundo tridimensional, lleno de imágenes en movimientos y un rico panorama musical, navegable y controlable  gracias a movimientos musculares complejos. Los libros no son más que una simple cadena de palabras en una hoja. Los libros son, además, trágicamente aislantes; mientras que los videojuegos, durante décadas, han llevado a los niños a establecer relaciones sociales complejas con sus iguales, creando y explorando mundos juntos, los libros, finalmente, obligan al niño a encerrarse en un espacio tranquilo, apartado de la interacción con otros niños. Leer no es un acto  participativo, se trata de una sumisión.

Esta ocurrencia para reflexionar sobre el impacto de los videojuegos, y un par de conversaciones con mi amigo, me han llevado a otro debate, muy de moda y relacionado con el anterior: ¿Nos vuelve Internet más superficiales, incapaces cada vez más de leer un libro en profundidad? ¿Acabaremos siendo tontos 2.0?

El periodista Nicholas Carr -que ya escribió un célebre artículo al respecto en 2008, ¿Google nos vuelve estúpidos?- es el que está atizando la polémica con su nuevo libro –que estoy leyendo con interés- Superficiales. Argumenta Carr, apoyándose en las teorías de la neuroplasticidad del cerebro, que la web está cambiando nuestro mente y la forma en que pensamos, dificultando nuestra capacidad de atención. Según él, cada vez nos cuesta más concentrarnos y profundizar. Y sin concentración, no hay lectura de libros. Sostiene Carr que en la web estamos siempre distraídos. Los textos están llenos de hiperenlaces, que nos llevan de un lado a otro sin que asimilemos nada, y que, sin darnos cuenta, siempre estamos haciendo múltiples tareas. Leemos un texto, mientras bajamos un vídeo o miramos de reojo una foto o escuchamos con el oído izquierdo una canción. Así que la era de Internet, con los Facebook,  Twitter y compañía, nos está volviendo menos profundos, menos críticos y menos creativos. Hasta perdemos memoria a larzo plazo. Lo peor de todo, cree Carr, es que encima navegamos con gusto. Cada vez que recibimos un email u otra información (un mensaje de Facebook o Twitter), nuestro cerebro libera dopamina, un neurotransmisor, que nos da placer. Así que el mundo 2.0 es un mundo placentero para nuestras neuronas. Y si uno no está conectado, tiende incluso a sentirse solo y a experimentar ansiedad.

Hasta aquí lo que dice Carr (y otros investigadores). Pero los que piensan lo contrario –que Internet no nos vuelve más tontos; a veces incluso más listos)- también son legión. Para empezar, hay estudios que demuestran que los nativos digitales mantienen igual de vivas sus habilidades para leer en profundidad. Además, hacer multitareas y recibir numerosos estímulos al mismo tiempo, no es algo ajeno al ser humano. ¿O es que en los tiempos primitivos, previos a la civilización, no teníamos que estar con todos los sentidos alerta porque los peligros eran múltiples, incluida nuestra propia supervivencia? De hecho,  tal vez sea anormal  el estar concentrado únicamente en una actividad. Además, algunos científicos argumentan que, lejos de lo que parece, las nuevas tecnlogías hacen que ejercitemos músculos del cerebro que antes no utilizabamos. Por ejemplo, los videojuegos parecen reforzar la percepción visual, la atención y hacen más rápido el procesamiento de información. Cabe recordar que alarmismo ha habido en todas las épocas. El filósofo Sócrates, sabio entre los sabios que no dejó nada escrito de sus pensamientos, estaba convencido de que la llegada del pergamino a la civilización helénica convertiría a todos los griegos en gente olvidadiza, sin retentiva alguna. Felizmente, los griegos siguen teniendo memoria.

En fin, juzguen ustedes si nos estamos volviendo un poco más superficiales de lo que eramos; o si acaso somos más hábiles e inteligentes que nunca gracias a las nuevas tecnologías.