Economía

¿De verdad nos merecemos estos políticos?

Mediocridad, incompetencia, descalificaciones, falta de vocación y de formación, corrupción… son algunos atributos que los ciudadanos ligan hoy a la clase política. No es extraño que muchos españoles no tengan ni ganas de ir a votar, ahora que, con la cita electoral del 22 de mayo, ha llegado el momento de elegir nuevos representantes en ayuntamientos y autonomías. El desprestigio es tal que, a los ojos de los ciudadanos, la clase política se ha convertido en el tercer gran problema de España, tras el paro y la crisis. “Nos hemos ganado a pulso el desapego de los votantes. Estamos muy pendientes de nuestras cosas, no de las de la gente”, reconoce abiertamente Rosa Díez, portavoz de Unión para el Progreso y la Democracia (UPyD).

Para esta veterana política en activo, el nivel de la sociedad española, en general, está bajando, y eso también se refleja en los políticos. “La mediocridad impera”, dice. Y sabe de lo que habla, porque lo ve a diario.  “El sentido del debate parlamentario se ha pervertido. Si mañana tienes que convencer a alguien en una reunión, te esfuerzas. Si vas a una reunión en la que sabes que no te van a escuchar, terminas rebajando tu preparación. En el Parlamento pasa eso: nadie escucha a nadie”.  Basta asistir a algún debate en el Congreso, por importante que sea el asunto a tratar, para comprobar que mientras uno expone, pocos escuchan, muchos hablan en corrillo o ríen, otros mandan mensajes por su móvil, cuando no llegan los insultos . “Las descalificaciones devalúan la actividad democrática. ¿Cómo va a ser eso edificante?  La sesión de los martes por la tarde es brutal. La sesión de control del Gobierno de los miércoles es para borrarse. Menos mal que no se ve más…”, reflexiona esta exmiembro del PSOE.

Lo que se ve en el Congreso es poco debate constructivo y búsqueda de soluciones. Los ciudadanos perciben que los políticos no están a lo que deberían estar, a arreglar los problemas del país. Y más ahora, en estos momentos de crisis.  Pero ahí siguen ellos, cruzados de brazos, en su cargo y cobrando su sueldo. “Entre los diputados los hay que trabajan mucho y otros que no trabajan nada. Y todos cobran igual. Eso no pasa en ninguna parte. Sería difícil que cobraran una cantidad distinta. Pero, al menos, el que no trabaja, que no repita. Que haya incentivos, como en cualquier profesión. Aquí el único incentivo es hacerle la pelota al presidente provincial para que te sitúe en su lista”, dice con gran sentido de la autocrítica Jaime García-Legaz, diputado del PP por Murcia y secretario general de la Fundación FAES. Con él coincide Rosa Díez, aunque apunta una matización: “En general, los políticos trabajan. Muchos, menos de lo que quisieran, porque su partido no les da trabajo. Prefiere que intervengan otros”.

Algunos no valen para otra cosa. La profesionalización negativa de la política es otro aspecto que ha dañado profundamente su valoración pública. Ahora da la sensación de que cualquiera vale para político, cosa que hace años no pasaba.  “Hay gente que se mete en política porque no vale para otra cosa, porque no tiene otra alternativa. Eso es letal. Y tiene mucho de verdad: hay que reconocerlo”, sostiene García-Legaz. El problema es que esto es cada vez más frecuente entre la clase política española y tiene efectos perversos sobre lo que debería ser la cosa pública, el servicio a la sociedad. “Hay mucha gente que encuentra en la política una forma de vida, un modo de resolver sus problemas de trabajo, de empleo. Hacen de la política un juego de supervivencia: mantener su puesto, escalar otros… Nunca se retiran de su posicionamiento por el interés general. Son cortoplacistas, egoístas… Y eso la ciudadanía lo percibe: la poca altura de miras, el mucho mirarse el ombligo. Velar más por sus intereses que por el interés general”,  reflexiona Manuel Villoria, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Rey Juan Carlos y ex asesor de José Luis Rodríguez Zapatero.

Y claro, si la política atrae cada vez más a los mediocres, a los que buscan hacer carrera  en ella, es lógico que resulte cada vez menos atractiva para los profesionales de prestigio: “La actividad política, salvo excepciones, ya no atrae a los mejores. Los expulsa, como ocurrió con Manuel Pizarro, que salió por las razones que fueran. La política absorbe cada vez más a gente mediocre”, apunta el secretario general de la Fundación FAES.

Para algunos, puede que sea una cuestión de dinero –en la empresa privada se gana más–. Para otros, un problema de desprestigio, pero también de exigencia. “Para acceder a un puesto político hay que dedicar tiempo y energía. Tienes que trabajar en cada agrupación para llegar al voto del último militante, y los buenos profesionales no tienen tiempo para eso”, apunta el catedrático Manuel Villoria. Dinero, desprestigio, exigencia y carácter para aguantar los muchos sacrificios personales que exige la vida pública y los golpes que uno va a recibir, sobre todo si está en puestos elevados. “La agenda diaria de un ministro es muy completa: reunión matinal de coordinación con los miembros del equipo, despachos con asociaciones, algún acto público, alguna entrevista, comidas casi siempre de trabajo, galas y actos por la noche… Es muy difícil mantener la vida privada. Además, estás expuesto a que te sacudan a diario y a que saquen tus trapos sucios y expongan tu vida privada. Por todo esto, a mucha gente valiosa no le compensa dedicarse a la política: pierdes dinero y en dos o tres años te vas a la calle”,  dice  Roberto Rodríguez, profesor del Master en Comunicación Política de la Universidad de Navarra y ex responsable de prensa de dos ministras.

Y ahí no acaba todo. Contrariamente a lo que debería ser, si la política tuviera una mejor valoración, pasar por la cosa pública le puede suponer para uno un estigma negativo cuando, si llega el caso, decide regresar a la empresa privada. “Se critica de forma vil. Yo lo he experimentado”, explica Elena Pisonero, ex secretaria de Estado con el PP y actual socia de KPMG. “Trabajar en lo público debería ser un activo para volver a lo privado. Si lo haces bien, tendría que permitirte ganar en reputación, credibilidad, mejorar tu país… Pero ahora es al revés. Trabajar en lo público es negativo”, afirma.

Para Pisonero, aparte de este chip, hay que cambiar otros. Por ejemplo, el excesivo localismo del debate político: “Con la que está cayendo, con la evolución de los nuevos modelos, nosotros nos centramos en temas muy pequeños, muy locales. Es muy descorazonador. En otras épocas, los retos estaban más en el contexto. Antes, las personas de Estado miraban más a largo plazo, en lo que haría crecer a su sociedad. Eso ha desaparecido”. Para esta exsecretaria de Estado, que ahora viaja mucho por motivo de su trabajo, y ha tenido la ocasión de ver in situ la progresión de países como China o la India, cambiar la mentalidad es fundamental si queremos tener una clase política y empresarial a la altura de nuestras expectativas: “China o la India no nos van a respetar sólo porque seamos Europa”, dice convencida.

Amplitud de miras, no sólo en el tiempo, sino también en el espacio, es algo que, sin duda, pasa también por una mejor formación de los políticos. No para dominar el arte de la política –la buena oratoria– sino para conocer las materias con las que luego van a tener que lidiar. “Las partidos políticos dan formación en comunicación política, márketing electoral, telegenia… Eso sirve para ganar elecciones, pero no para otras cosas”, dice García-Legaz.  Con esta autocrítica coincide Rosa Díez: “La política española ha sustituido la política por la propaganda y la democracia por la demoscopia. ¿Qué es lo que quiere la gente? Eso voy a decir. Basarse en la demoscopia es una falta de respeto a los ciudadanos. Como si fueran tontos. ¿Por qué no nos ponen en nuestro sitio?”, se pregunta Rosa Díez.

Aunque la percepción de los ciudadanos es que, al final, con esta degradación que estamos viviendo, cualquiera puede llegar a ser político, y lo mismo da unos que otros, no se puede generalizar diciendo que la formación de éstos es terriblemente mala. “La mayoría de los diputados son universitarios. Eso equivale a decir que tienen un nivel de formación alto. La media de formación de los miembros del Gobierno también es más alta que la de la sociedad, aunque hay de todo. El nivel de formación es alto, pero debería ser mejor. Echo de menos más formación en ciencias sociales, y en particular en ciencia política. Sobre todo están formados en Derecho”, dice Edurne Uriarte, catedrática de Ciencia Política de la universidad Rey Juan Carlos. Aparte de esas materias, un mayor conocimiento de idiomas, sobre todo inglés, no estaría de más entre los políticos, empezando por abajo y terminando por arriba, porque es triste –por no decir otra cosa– que, cada vez que sale fuera, Zapatero tenga que ir siempre con un traductor.

También hay que tener en cuenta que no todo el mundo vale para ser político. “Por formación, cualquiera podría. Por carácter, no. Los tímidos no valen. Hay que tener tranquilidad, sentido común y ego. Tantos sacrificios personales no los paga el dinero”, indica Álvaro Matud, asesor de políticos y director del Master de Comunicación Institucional y Política de la Universidad Carlos III.

Una de las soluciones para la clase política podría ser aplicar a los partidos criterios del mundo de la empresa. “Exigir más y pagar mejor. Es verdad que los sueldos de los políticos en España no son adecuados, pero se les exige poco. No se piden cuentas de lo que han hecho”, señala García- Legaz. Quizá ésa sería la clave, que España funcione como una empresa, con su propia cuenta de resultados, una mejora de la función del directivo público, de la evaluación de las políticas públicas y de la estrategia en los planes de los políticos, como argumenta Antonio Núñez, director de Programas de Gestión Pública del IESE. “En EEUU existe la figura del directivo público. Cuando hay cambios, él permanece. Da estabilidad. Eso aquí no ocurre. Cuando hay cambio en el ayuntamiento, el político choca con el gestor”.  El profesor del IESE está convencido de que “cada vez más vamos a exigir que los políticos sean buenos gestores, que rindan cuentas de cada euro”.  En el IESE se da formación con carácter internacional a directivos públicos. También lo hacen otras instituciones, como el Instituto San Telmo, IE Business School o Esade. Y falta hace, porque la formación ha bajado mucho. “En la Transición, el nivel era mucho más alto”, señala Lourdes López Nieto, profesora titular de Ciencia Política en la UNED, que apunta otro aspecto, más reciente, que también ha influido negativamente. “Hasta la aplicación de la Ley de Igualdad en las listas electorales, las electas poco preparadas en términos formativos, profesionales y de experiencia política eran excepción. Hoy, la mitad de las diputadas no son universitarias, y un porcentaje considerable –17%– se considera empleada del partido”.

En fin, que la Ley de Igualdad puede haber llevado a más mujeres a la política, pero no parece que sean las mejores, ni las más preparadas. Pero eso mismo se podría decir de la clase política en general. Así que a los ciudadanos les sobran razones para tener tan mala imagen de los políticos. Ahora bien, aunque ellos son la raíz, no son la única parte del problema.

No tenemos autoestima. También los ciudadanos contribuyen a perpetuar esta degradación, porque parecen haber olvidado que ellos son sus representantes y, por tanto, tienen un derecho de veto que es su obligación ejercer.  “En España la gente no tiene autoestima. No confía en su capacidad de cambio. Piensan que, hagamos lo que hagamos, ahí van a estar PP y PSOE. El yo lo haría pero no vale para nada es mentira. Ellos nos han puesto y ellos nos pueden quitar”, apunta la diputada y portavoz de UPyD.  Es cierto, los ciudadanos tienen una responsabilidad y muchas maneras de participar en la esfera política, desde la cultura, la sociedad, la economía…   “Hay que promover el activismo político: apuntarse a un partido político, promover un movimiento social… El porcentaje de afiliación a los partidos políticos en España es muy bajo. Falta activismo ciudadano. No se habla de ello. Cuando el CIS pregunta por los problemas más importantes, no pregunta por la falta de activismo ciudadano. Nadie se siente responsable de eso”, dice Edurne Uriarte. Desde luego, ése, el activismo de los ciudadanos, es el mejor camino para exigir e intentar conseguir que al final tengamos unos políticos que estén, no a la altura del betún, sino de las necesidades del país y de los ciudadanos. Y que la política recupere una credibilidad y confianza que nunca debería haber perdido.