Economía

La muerte de Bin Laden, ¿un alivio para la economía mundial?

Si los 5 millones de dólares que puso de recompensa Estados Unidos por la cabeza de Bin Laden en 1998, o si el caramelo de 25 millones que ofertó tras el 11-S a quien diese pistas de su paradero, hubiesen llevado rápidamente a su persona para borrarlo del mapa de las mentes más perversas, la economía mundial se habría ahorrado muchos disgustos. Pero han pasado diez años y el líder de Al Qaeda ha causado -en ese lapso que, de tan dilatado, sorprende por la torpeza de los servicios de inteligencia- grandes destrozos económicos (al margen, obviamente, de las vidas que ha segado, y del malestar político y múltiples indigestiones generados entre Occidente y el  mundo árabe).

El fundamentalista siempre  tuvo como uno de sus objetivos declarados          –basta repasar sus vídeos propagandísticos- hundir la economía norteamericana, el símbolo del capitalismo mundial. No en vano, golpear las torres gemelas en Manhattan era golpear el corazón y el cerebro de la economía del  libre mercado.

Bin Laden no ha conseguido  abrir un gran boquete en la economía norteamericana –que si ahora se las ve y las desea para salir del hoyo, no es por el desafío del terrorista sino por la crisis subprime- pero sí le ha propinado un severo golpe, obligándole a malgastar millones y millones jugando a la guerra del gato y el ratón, y fortaleciendo sus fronteras. Tras los ataques, Washington  lanzó su particular cruzada contra el terror, que le llevó, unas veces con más apoyo de sus aliados y otras veces con mucho menos, a hacer la guerra en Afganistán, primero, y en Irak, después. El premio Nobel Joseph Stiglitz calcula que Estados Unidos ha gastado en tamaña batalla unos 3 billones de dólares. Casi tres veces la economía española. Y ello sin tener en cuenta el abultado gasto derivado del refuerzo de la seguridad nacional –el famoso departamento Homeland Security-. Un estudio de la Universidad de Ohio cifra el montante acumulado de gasto adicional en unos 600.000 millones de dólares.

El terror de Al Qaeda, como sabemos, también se ha dejado sentir de forma sangrienta en otras latitudes. En el caso de España, los atentados del 11-M en 2004 costaron, según un estudio dirigido por el catedrático Mikel Buesa, unos 212 millones de euros. Un impacto económico más bien suave, un 0,03 del PIB español. Pero sí ha tenido un impacto notable en nuestro presupuesto de defensa, pues España participó en la guerra de Irak y sigue participando en la  misión internacional en Afganistán.

Pero además, Bin Laden es responsable de otras pérdidas de más difícil cálculo. En los meses posteriores al 11-S, la Reserva Federal tuvo que bajar muchísimo los tipos de interés para que Estados Unidos no se hundiese en la recesión de forma permanente (sí lo hizo brevemente). Algunos teóricos creen que, por culpa de aquella bajada de tipos, se generó una exceso de liquidez que ha derivado en la crisis financiera que estalló en 2008.

También es bastante probable que la ola subsiguiente de proteccionismo y desconfianza inernacional haya impedido que el comercio mundial crezca a velocidad de crucero. La Ronda de Doha se ha visto empañada, una y otra vez, por ese mal ambiente, poco solidario, entre muchos países.

¿La muerte de Bin Laden será un gran alivio para la economía en adelante? Si y no. La respuesta más sensata es que habrá que dejar pasar unas semanas. Si la desaparición de este fanático se suma a la revolución ‘liberal’ en los países árabes, que parecen abrazar la modernidad y la democracia, y no provoca una radicalización de los radicales integristas, es posible que tenga un efecto balsámico sobre los precios del petróleo. Si es así, bienvenido sea, porque el oro negro amenaza con estrangular la incipiente recuperación mundial (y a los españoles nos amenaza con dejarnos en el fango durante mucho tiempo, cada vez más empobrecidos y cansados de tres años de dura crisis). Pero si la muerte de Bin Laden provoca un efecto bumerán, animando a los discípulos, y los discípulos de los discípulos, de Bin Laden, a inflamar el mundo de atentados y horror, entonces, lejos de aliviarnos, nos agravará la coyuntura económica