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Los ‘abuelos-canguro’ también quieren su paga

Cuando en septiembre del año pasado a un ocurrente dirigente de UGT le dio por incitar a la huelga a los abuelos españoles con el fin de mostrar a las claras que son una pieza “fundamental para el funcionamiento de este país” –lo que quedaría patente al quedar los nietos sin el babysitter habitual y dejar a los padres en serios apuros–, la web se llenó de comentarios jocosos y de críticas mordaces. “Desde luego en este país cada vez más cargos oficiales dicen más tonterías”, escribió alguien en un foro. La mayoría argumentaba –con razón– que el sindicato sólo quería que los jubilados de pelo blanco hiciesen bulto en la huelga general del 29-S para que las calles no quedasen desérticas el día del gran pulso al Gobierno de Zapatero. Así que la mención a la sobrecarga familiar de los abuelos pasó sin pena ni gloria, y no movió a lecturas adicionales en una España en la que al menos la mitad de los abuelos hacen tareas de canguro (y de recadero, educador, cocinero, chófer…).

Curiosamente,  los que sí se hicieron eco de las palabras del sindicalista fueron las webs y la prensa al otro lado del Canal de la Mancha. El  rotativo The Guardian,  por ejemplo, arrancaba su crónica española del día siguiente  de  esta manera: “Es la revuelta generacional más improbable, pero es una revolución con la que los jubilados británicos se identifican”.   Y es que el nexo era evidente.  Justo por aquellas fechas los abuelos británicos intentaban sacar adelante una propuesta que ya es realidad desde hace unos días: que el Estado pague las cotizaciones a  la Seguridad Social de los mayores cuando éstos han dejado el trabajo, o parte de su trabajo, para cuidar de sus nietos. O lo que es lo mismo: garantizar que ninguno de los cuatro millones de abuelos que trabajan pierda el derecho a una  pensión básica  por tener demasiado corazón –o demasiado sentido de la responsabilidad–  ocupándose de los retoños de sus retoños.  “En Reino Unido somos muy sensibles con este tema. Tenemos varios grupos de lobby, como Grandparents Plus, que son muy efectivos”, dice Debora Price, profesora de la universidad King’s College London.  Precisamente, Grandparents Plus ha cuantificado el impacto de este fenómeno que promete ir a más en el Viejo Continente: unos 4.000 millones de euros anuales se ahorran las familias británicas en niñeras y guarderías. Y por eso exige muchas más contraprestaciones económicas, como bajas remuneradas. “Una de cada cuatro familias trabajadoras y una de cada tres mujeres trabajadoras en Reino Unido dependen de los abuelos para que les cuiden de los niños”, dice Sarah Wellard, de Grandparents Plus. Es más, añade esta investigadora, “si todos los cuidados infantiles que prestan, los prestase el Estado, costaría a las arcas públicas cerca de 14.000 millones  euros al año”. Esto es, todo el presupuesto anual de la región de Murcia. Así que los estudiosos del tema en España ya pueden ir haciendo sus cuentas –sorprende que no haya valoraciones serias– de lo que nos ahorramos los españoles, con un población algo más pequeña que la británica pero en la que la figura del abuelo es  una pieza más clave si cabe del engranaje social.

En Europa, el trato económico a los abuelos va por barrios. Aunque en la mayoría de ellos, incluida España, la cuestión no está ni siquiera sobre la mesa. En Alemania, los canguros de pelo plateado pueden desgravarse en la base imponible del IRPF hasta un máximo de 1.800 euros, durante los 14 meses siguientes al nacimiento del niño (en el caso de que el padre sufra una severa enfermedad y el cuidador no trabaje más de 30 horas a la semana). También tienen derecho a una baja de 10 días, en la que perciben el cien por cien del sueldo, cuando el pequeño está enfermo (que puede estirarse hasta los seis meses, sin sueldo, si los nietos están en una situación grave).

Generosidad fiscal.
En Portugal, los mayores tienen derecho al 100% del sueldo de referencia si se dedican al cuidado del nieto durante el mes siguiente a su nacimiento, siempre y cuando trabajen, y su hijo tenga 16 años o menos. También se contempla una ayuda de hasta el 65% del salario de referencia y hasta que el niño cumpla 18 años,  en el supuesto en que los padres trabajen y no puedan reducir o flexibilizar su jornada laboral.

En Hungría, pueden llegar  a percibir hasta el 70% del salario medio mensual para cuidar a niños de entre 1 y 3 años, cuando concurren estas circunstancias: el niño debe vivir con el abuelo, éste no puede estar trabajando, y los padres deben estar de acuerdo en cederles las prestaciones que les corresponden.   En Reino Unido, al margen de las cotizaciones sociales, los mayores pueden disfrutar de otro privilegio: una deducción fiscal de un máximo de 270 euros  por semana.

En España, no hay reconocimiento alguno, ni se le espera. Y eso que aquí los abuelos sí que  se aplican a fondo. Por ejemplo, muchas abuelas españolas, de entre 50 y 64, dedican hasta 35 horas semanales a cuidar de sus familiares más pequeños. ¡Casi una jornada laboral a tiempo completo! Pero los primeros que no comulgan con la idea de una  paga son los propios cuidadores. “No creo que nuestro trabajo deba ser remunerado. Lo que hacemos es lo típico de una familia unida. No me gusta estatalizar las cosas”, afirma José Manuel Cervera, secretario de la Asociación de Abuelos de España (Abuespa), que de vez en cuando tiene que hacer de canguro de alguno de sus ocho nietos. Lourdes Pérez Ortiz, profesora de la Universidad Autónoma, también se muestra contraria, aunque esgrime otras razones.  “Poner inventivos económicos  viene a ser como aceptar de facto que deberían ser los abuelos los que cuiden de los niños”, dice. En opinión de esta socióloga, si la tercera edad carga sobre sus lomos con un exceso de peso familiar es –al margen de particularidades culturales– por la conjunción de varios problemas irresueltos: la falta de una buena red de guarderías públicas, a precio razonable, la rigidez de los horarios laborales, y una  cierta desconfianza hacia el cuidado de la prole por terceros ajenos al clan familiar. “Hasta hace unos años las normas que regulaban las guarderías eran las mismas que regían las cafeterías”, precisa.  Mejor, más seguro, más barato y más cargado de mimos y afecto, si el canguro es el abuelo, piensan muchos españoles.

Ángel Quesada Lucas, uno de los portavoces de la Confederación Española de Organizaciones de Mayores, discrepa: “Una especie de desgravación fiscal no vendría mal. Pero para ello todo tendría que estar bien regulado [una clara alusión a la picaresca española]”. Quesada, de 76 años, sabe bien de que habla, pues su casa es una base de operaciones, donde todos, grandes y pequeños, recalan para comer, para dejar los trastos camino de una fiesta o para que se les conceda un pequeño préstamo a fondo perdido (“sin avales”). Pero la opinión de este abuelo es minoritaria. De hecho, no habido más reivindicación (con escaso éxito) en España que el derecho de visita de estos ascendientes en caso de divorcio de los padres.
Es indiscutible que la figura del abuelo cada vez va  a ser más central. La mayor esperanza de vida –en 2025, uno de cada cuatro europeos tendrá más de 65 años–, su buena salud –ser mayor ya no es sinónimo de achaques múltiples– y las políticas sociales de la UE –que animan a incrementar la participación femenina en el mercado laboral– fortalecen su papel. Pronto  incluso hablaremos del rol del bisabuelo, y coexistirán en una misma familia hasta cuatro generaciones.

Los  expertos dicen que los abuelos son como un ejército de reserva grande y económicamente trascendental. Pero este ejército también sufre rasguños. Mientras las madres más jóvenes se insertan en el mercado laboral para garantizar sus ingresos futuros, los ascendientes ven cómo se erosionan paulatinamente sus  pensiones e ingresos. “Las familias están primando las necesidades y deseos de las madres de trabajar y ganar dinero, en detrimento de las necesidades y deseos de las abuelas de seguir trabajando”, agrega Price, del King’s College London. Y es que muchos abuelos están lejos de la edad de jubilación. En Reino Unido, sin ir más lejos, la gente se convierte en abuelo a los 49 años (en España, es bastante más tarde). ¿Qué pasará  ahora que se está alargando la vida laboral y las pensiones prometen ser más raquíticas para que el sistema de pensiones no se derrumbe? ¿Ser canguro de los nietos será condenarse a tener muchos menos ingresos? ¿Se replantearán algunos mayores su contribución familiar?

Sabor agridulce.
Está claro que el cuidado de los nietos es agridulce. Algunos estudios demuestran que la participación de los mayores en las tareas familiares les aporta satisfacción, y les hace sentirse realizados, pero otros han detectado que corren el riesgo de sentirse solos y aislados socialmente, de caer en la pobreza y de sufrir un deterioro de su salud física y mental  A veces se incurre en abusos. Sobre todo en épocas de vacas flacas, como la actual. “Hay mucha gente en España viviendo de la pensión de los abuelos. Y éstos, encima, tienen que cuidar de sus hijos [probablemente en el paro], llevar el coche al taller, o ir al banco, y, claro, cuidar también de los nietos”, dice la profesora Pérez Ortiz. Ya empieza a ser habitual ver al abuelo en la consulta del médico o en las reuniones de padres del colegio, dos espacios que antes eran un coto vedado y de uso exclusivo de los padres. Además, y a diferencia de los abuelos del norte de Europa, los del sur, asumen su función de babysitters igual el fin de semana que en las vacaciones de verano.

Pero por muchos datos que se aporten, algunos abuelos piensan que con afecto se compensan tantos desvelos. “Yo me dejaría esclavizar por mis nietos”, dice Ángel Quesada Lucas. No piensan lo mismo los abuelos franceses, daneses o suecos, que cada vez quieren hacer menos de canguro para disfrutar de su último tramo de vida: viajar, relacionarse o cuidar de sí mismos. ¿No se lo merecen?