Economía

¿Quiénes aciertan más en sus previsiones, los astrólogos o los economistas?

Cuando hace unos días la OCDE, ese prestigioso think tank del club de los países ricos, dijo, contundente, que la tasa de paro en España, hoy del 21%,  no desinflaría hasta los umbrales anteriores a la crisis –del 8%-  antes del año 2026, a muchos se nos cayó el alma al suelo. ¡Quince años más de penurias! Pero ¿qué hemos hecho para merecernos este castigo ‘macroeconómico’? Pero esto, al menos en mi caso, fue un arrebato inicial, más pasional que reflexivo. Pasados unos minutos, a medida que las neuronas se serenaban, me dije que esto no puede ser así. Y aun siendo así, ellos no lo pueden saber. ¿Quién es capaz de hacer previsiones, con o sin bola de cristal, en un horizonte de quince años sin equivocarse de medio a medio? ¿No estamos hartos de que el hombre –o la mujer- del tiempo nos prometa para el fin de semana un sol radiante cuando luego diluvia o viceversa, y eso que sólo tiene que levantar la mirada a las nubes, y proyectar a dos o tres días? ¿Acaso no se hacen competiciones  en Wall Street en las que los analistas contrastan sus augurios con los resultados de otros elegidos al azar, igual que un mono vendando lanzando dardos sin ton ni son?

Estos pensamientos, enlazados unos con otros, me llevan a la cuestión clave de  ¿qué credibilidad tienen las previsiones de los economistas? Es más, qué dice la historia de este sospecho oficio de hacer predicciones.

Me vienen a la mente dos ejemplos. Uno: cuando el economista Malthus, allá por el siglo XVIII, dijo que el mundo estallaría por los cuatros costados porque cada vez había más personas y éstos necesitaban llenar los estómagos. Dado que los alimentos, pensaba, no aumentaban en la misma proporción, anunció el Apocalipsis. Desde entonces, hemos  pasado de habitar el planeta unos centenares de millones a ser casi 7.000 millones.

Otro ejemplo más: el Club de Roma en los años setenta pronosticó el fin de los recursos naturales y un parón en la economía mundial en los ochenta. Echando la vista atrás, se aprecia que la economía mundial vivió un inaudito boom económico en la década de los ochenta y los noventa.

El economista John Maynard Keynneth Galbraith decía que “la única función de las previsones económicas es hacer que la astrología parezca una ciencia respetable”.  Para probarlo, algunos ha cruzado las previsiones hechas en el pasado con la realidad. El columnista del Financial Times John Kay hizo en los 90 un análisis sobre las predicciones de los economistas británicos entre 1987 y 1994, y concluyó que todos los vaticinios tendían a ser muy similares, aves de una misma pluma llamó a los economistas. La mayoría de los economistas, como una especie de comportamiento rebaño, se siguen unos a otros en sus predicciones, generando un consenso del que casi nadie quiere escapar de sus  límites. Así que cuando no se acierta, que es lo habitual, fallan todos o casi todos, pero en la misma dirección.

¿Quién vio venir la crisis financiera? Casi nadie. Sólo el economista Roubini, Mr Doom, que ahora está en los altares, hasta que falle. ¿Quién vio venir el colapso de Irlanda? Casi nadie.

La realidad es que, visto lo visto en las últimas décadas, los economistas:

no consiguen acertar  los puntos de inflexión de los ciclos económicos (el momento de la entrada en recesión, o de la recuperación);

cuantos más años se pronostican, menos fiable es la previsión;

la media de las previsiones no mejora con la introducción de nuevos y sofisticados modelos matemáticos;

no hay evidencias de que el ejercicio de prever mejore con el paso del tiempo;

no hay un economista o grupo de economistas que siempre acierte a lo largo del tiempo;

las previsiones en el tiempo no están muy lejos de lo que nos sugiere el sentido común;

En la actual crisis, y también en caso de España, ha quedado claro que la economía no es una ciencia dura sino social, humana. Imponderables como los desastres naturales, las catástrofes, los cambios tecnológicos, la aparición o agotamiento de fuentes energéticas, la pericia de los políticos y el comportamiento –el humor- humano tiene un gran impacto.

Por eso, porque el futuro está en nuestras manos, porque nada está escrito, porque quince años son una eternidad, porque podemos aprender de nuestros errores, y aprenderemos, y porque la sociedad española puede, y va a reaccionar, la OCDE se va a equivocar. Espero.