Empresas

“Si no cambio, me instalo en la rutina. Y la rutina mata al teatro”

Su currículo apabulla: director del Festival de Salzburgo, de La Monnaie de Bruselas y de la Ópera Nacional de París, entre otros cargos. Como también sus palabras. A lo largo de su dilatada experiencia (nació en Gante, Bélgica, en 1943) ha llegado a decir que algunos críticos musicales son los Gadafi de la ópera. “Podría ser un error por mi parte, pero fui educado en los jesuitas, y pelearse forma parte de nuestro aprendizaje”, reconoce. Amado y odiado a partes iguales, sus detractores han querido mandarle a la hoguera. Y su llegada como director artístico del Teatro Real de Madrid no ha sido una excepción. Y eso que dijo que quería que fuera un aterrizaje suave, amable, sin disgustar a nadie.
–Desde su toma de posesión en enero de 2010, no sólo ha recibido un chaparrón de críticas, sino que público y cantantes han pedido su dimisión. ¿No se siente como un torero encerrado con seis toros bravos?
–No conozco bien la tauromaquia, pero hay una expresión que me gusta mucho: es importante que el toro embista. Porque, entonces, el torero hará una buena faena. Para mí es muy importante crear una buena atmósfera en el Teatro Real. He hecho cambios en el coro y en la orquesta, y diferentes medios de comunicación europeos han reconocido que el coro es ya uno de los mejores de Europa. Cierto que he recibido fuertes críticas en España. Pero mucha gente también me ha dicho que esas críticas no fueron fruto de un análisis, sino que fue una reacción orquestada. También fui muy atacado por parte del público. Perderemos entre un 5% y 10% de abonos, pero eso no es una mala noticia porque, como contrapartida, nuevos públicos podrán entrar. En los próximos años me gustaría crear con el público un diálogo, un viaje juntos, en el que descubran nuevos paisajes conmigo.
–¿Cuál es el principal problema del Teatro Real?
–Es una institución muy cerrada, y aunque en los últimos doce años ha hecho un buen trabajo, ha quedado relegada a un segundo plano en Europa. Considero muy importante abrir la institución a todas las clases sociales en la ciudad. Y cuando lo propuse al público, por primera vez, su reacción fue que no era necesario cambiar. Sin embargo, en mi último encuentro con ellos, ya hubo un voto de confianza.
–Por sus palabras, se atisba que uno de los peligros de instituciones con tantos años de solera es el conformismo. Y si usted se define por algo es por ser un auténtico inconformista.
–Que todos se sientan bien, que tengan la misma actitud de trabajo durante todas las semanas, y que digan que están contentos, es una gran amenaza. Porque si no cambio, me instalo en la rutina. Y la rutina mata al teatro. Todos los meses, la orquesta tiene un nuevo director. Y los músicos están contentos con esta forma nueva de trabajar. Ésa es la razón por la que me gusta cambiar.
–Además de su inconformismo, ¿que más quiere aportar el torero Mortier?
–Espero que no suene pretencioso, pero voy a aportar profesionalidad. No vengo de novato, tengo una experiencia de 30 años en el teatro, y no me preocupa tanto si tengo éxito o no. Pero lo que sí me preocupa es dejar una base suficientemente sólida y profesional.
–A lo largo de su carrera le han llamado de todo, desde terrorista a Napoleón. ¿Qué es lo que mas le molesta cuando le hacen una crítica?
–[Sonríe] Lo único que realmente me enfada de las críticas es que, sin tener argumentos sólidos, ataquen mi profesionalidad. Y cuando dicen que mi idea del teatro es ideológica, de política de partido, no es verdad. Cierto que tengo una idea política del teatro, pero mi idea es que el teatro debe comunicar sobre la condición humana, debe dar al público la voluntad de ser más humano y de conocer su tiempo. Para mí, eso no es ideología. El teatro es un lugar donde la gente va a reflexionar sobre la muerte, las pasiones o la alegría, que forman parte de la vida. Y eso no es política, ni de izquierdas ni de derechas.
–¿Qué es lo que mas le atrae de la cultura española?
–He leído mucho sobre la historia de España para preparar mi llegada a Madrid. Y me he encontrado, por ejemplo, que en los años 30 en la Residencia de Estudiantes hubo encuentros donde gente como Marie Curie y Unamuno discutieron sobre el papel futuro de la cultura. Y ese movimiento intelectual no lo hubo entonces en países como Francia o Bélgica.
–¿Ese movimiento intelectual continúa hoy o se ha perdido?
–El dinamismo en los años 90 fue enorme, pero se ha frenado. Cierto que hay muy buenos compositores, más que en Francia o Alemania, pero España está en segunda fila, y no debe contentarse con estar en la periferia de Europa. La cultura española es tan importante para el carácter europeo que me gustaría ayudar a que no fuera una isla.
–¿Y cómo piensa hacerlo?
–Lo que debemos hacer es educar a la gente para que guarde y continúe sus rasgos culturales. He descubierto la multiculturalidad existente en España, la cultura propia de gallegos, catalanes o vascos. Y que haya tanta variedad es positivo. En España hay movimientos culturales más modernos que en Francia, pero debemos moverlos, que no se estanquen, para que la cultura española siga teniendo la influencia que tuvo en Europa durante siglos.
–Don Juan, El Barbero de Sevilla… son iconos españoles universales. Como Don Quijote de la Mancha. ¿Alguna vez se ha sentido como el personaje de Cervantes?
–Un poquito sí. Es un personaje con ideales, que sufrió mucho, pero con valores. Hoy en día no le damos importancia a los valores, y habría que dársela.
–¿Está siendo la crisis de valores igual de dura que la crisis económica?
–Para mí son diferentes. Pero si las personas tuvieran una mayor conciencia de los valores podríamos solucionar mejor las crisis, incluida la económica. Un ejemplo es el tema nuclear. Si queremos continuar con esta energía debemos aceptar el riesgo. Pero vivimos momentos en los que queremos asegurar todos los riesgos. Entonces, no podemos continuar con dicha energía. Yo, personalmente, pienso que vivir es arriesgar. Y si no queremos continuar con la energía nuclear, tendremos que cambiar nuestra vida, consumir menos luz, coger menos el avión, comprar menos coches…
–¿Y de qué prescindiría de la ópera?
–Para mí solo cuentan aquellas obras que perduran en el tiempo, y les añadiría las del siglo XX. No es verdad que los compositores de nuestro tiempo sean malos. La diferencia entre el pasado y hoy es la educación musical. Y hay que crear la conciencia de que el teatro de la ópera no es sólo diversión, sino que expresa ideas sobre la sociedad, sobre la historia, sobre el futuro…
–Su contrato abarca un periodo de cinco años. ¿Teme que si la derecha gana las elecciones, y dadas las críticas desde este sector, pueda perder su puesto?
–No. El patronato del Teatro Real es independiente. Son el presidente y los miembros del patronato quienes deciden, no los partidos. Me encantaría acabar mi proyecto aquí.
–¿Y si le ponen como condición cambiar su proyecto para continuar?
–Yo no podría cambiar mi proyecto.