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Prepárense: llega el cemento natural, ligero y ¡verde!

Como cada mañana, desde hace más de dos décadas, José Ruiz acude puntual a su puesto de trabajo en la centenaria fábrica que Cemex tiene a las afueras de Yepes (Toledo). Pero, de un tiempo a esta parte, ha dicho adiós al calor infernal de los hornos donde se fabrica el clinker, al polvo de los almacenes de áridos y al fuerte olor de los residuos utilizados como biomasa. Ahora tiene que lidiar con el sol de justicia que azota La Mancha mientras cuida de las más de 92.000 cepas que la multinacional mexicana ha plantado en una cantera cercana. De los áridos terrenos donde antaño extraía caliza para fabricar cemento ahora obtiene exquisitos caldos de Cabernet Sauvignon o Merlot. ¡Ya el año pasado producimos 100.000 botellas con la marca Viña Canterana!”, comenta el veterano empleado.

Al igual que Ruiz, cada vez más trabajadores de Cemex han cambiado la fabricación de cemento blanco y hormigón por las labores en el campo, en la medida que la compañía ha decidido reconvertir parte de sus canteras en explotaciones agrícolas. En Mallorca, por ejemplo, ha plantado olivos, almendros y algarrobos, mientras que su fábrica de Alicante ha quedado absorbida por un vergel de 130 hectáreas que produce al año más de 1.000 toneladas de fruta con destino a Estados Unidos, Francia, Alemania o Inglaterra. “Incluso, hemos creado una  división específica que gestione todas las plantaciones que tenemos por el mundo”, señala la directora de desarrollo sostenible de Cemex, María García Villán.

Más allá del peso residual que tengan sobre las cuentas multimillonarias de la cementera –factura más de 10.000 millones de euros a nivel mundial–, estas actividades agropecuarias simbolizan los nuevos aires verdes que soplan con fuerza en Cemex y en otras firmas rivales como Portland Valderrivas, Lafarge, Holcim, Cimpor, Molins o Italcementi.

Todas ellas tienen en su agenda estratégica la lucha contra el cambio climático y la producción de cementos verdes. Como reconoce el director general de Medio Ambiente de Portland Valderrivas, José Ignacio Elorrieta, “estamos ante un giro copernicano” en una industria que, desde tiempos inmemoriales, ha tenido una fama de contaminante, tanto por el polvo que las rodeaba como por el dióxido de carbono que emite en el proceso de fabricación. “Si hasta ahora el cemento había sido parte del problema del cambio climático, hoy sin lugar a dudas está dispuesto a ser parte de la solución”, afirma el director de tecnología de la patronal Oficemen, Pedro Mora, que enumera en un momento algunos de los esfuerzos que está realizando la industria: fabricación de cementos con la mitad de huella de carbono o que capturen CO2; recuperación de canteras, el uso de materiales reciclados… Sin olvidarse, del uso de todo tipo de residuos –plásticos, harinas cárnicas, neumáticos, lodos de depuradoras, aceites, biomasa…– como combustibles alternativos al coque de petróleo con el que calientan los hornos. Es la gran baza del sector, porque le ayuda a reducir tanto su elevada factura energética como a emitir menos dióxido de carbono. “El año que viene el 30% de la energía procederá de combustibles alternativos, frente al 5% en 2007. Sin embargo, estamos lejos de las cementeras alemanas u holandesas que utilizan, respectivamente, el 50% y el 90% de su energía de combustibles alternativos”, explica Mora. Un retraso que achaca a los falsos mitos que todavía existen entorno a la valorización energética y a la política de vertederos, donde acaban el 60% de los desechos que generan los españoles.

Cuestión de supervivencia.
¿A qué se debe esta creciente inquietud medioambiental? Los más escépticos consideran que no es más que un lavado de imagen ante una opinión pública cada vez más exigente con el respeto al medio ambiente. Puede que haya algo de marketing detrás pero, como sostiene el director general de Oficemen, Aniceto Zaragoza, “el viaje hacia un modelo más sostenible es ante todo una cuestión de supervivencia para las empresas cementeras”.  Sobre todo, en un contexto de mayor restricción regulatoria, con las autoridades ondeando la bandera de que quien contamina, paga, y de fuerte escalada de los precios de la energía, que se han duplicado en tres años y ya suponen un tercio de los costes del sector. “Si metes en la cuenta el coste de los derechos de emisión de CO2, la factura se dispara por encima del 55% de los gastos”, apunta Elorrieta.

Un cocktail peligroso al que hay que unir la mayor crisis de la industria en cuarenta años. Las otrora boyantes cementeras han visto como las casi 40 fábricas que tienen en España han pasado de no dar abasto en 2007, a parar la mitad de los hornos tras el desplome del ladrillo y el tijeretazo a la obra civil. “La situación es dramática. El consumo de cemento se ha reducido a la tercera parte, pasando de 56 millones de toneladas en 2007 a poco más de 20 millones este año”,  se lamenta Aniceto Zaragoza. Como él,  la práctica totalidad de ejecutivos del sector asumen que los niveles previos al boom son historia y que, como mínimo, tardarán un lustro en alcanzar los 30-35 millones de toneladas que calculan que es la demanda natural del mercado español.

Ante este negro horizonte, Portland, Cemex, Holcim o Lafarge se han volcado en un duro plan de ahorros de costes, optimización de procesos y congelación de inversiones. Además, está acelerando las exportaciones que, aunque no generan gran beneficio, sirven para dar salida al stock y cubrir los elevados costes fijos de unas fábricas cuya inversión inicial ronda los 200 millones de euros. Pero todo esto no es suficiente para aliviar la caída de las ventas y el exceso de producción. “Sobran al menos la mitad de las plantas, pero no las cierran para no perder la gran cantidad de derechos gratuitos de emisión de CO2 que no están utilizando y venden en el mercado”, advierte el socio de Deloitte, Miguel Laserna. Pero esta estrategia puede tener los días contados, dado que el año que viene se aprobará un nuevo plan de asignaciones para el periodo 2013-2020, que probablemente reduzca la cantidad de derechos gratuitos de los que actualmente goza la industria. “Es una espada de Damocles para las cementeras; no les va a quedar más remedio que desmantelar algunas de sus instalaciones”, defiende Laserna.

La hora de la reinvención
La cura de adelgazamiento es necesaria, pero no es suficiente para solucionar los males de un sector maduro que está abocado a una transformación de 180 grados. “La crisis nos ha venido bien para darnos cuenta que nos reinventamos o morimos”, reconoce la directiva de desarrollo sostenible de Cemex. De la misma opinión es el director general de Medio Ambiente de Portland Valderrivas: “el cementero es un señor que ha vivido muy cómodo en los últimos cien años, con un producto muy demandado, pero que ha terminado por convertirse en una commoditie”. Bajo su punto de vista, las empresas del sector tienen que “dejar de ser panaderías y convertirse en pastelerías” que elaboren además productos más sofisticados y diferenciados, con un valor añadido y que permitan abrir nuevas cotas de mercado. En el caso de Portland Valderrivas, que ya tiene a casi 300 personas trabajando en la investigación y desarrollo de nuevos productos especiales, éstos suponen ya la cuarta parte de su cartera. Entre los productos del futuro figuran los microcementos, de gran utilidad para impermeabilizar obras del AVE o solucionar filtraciones en presas, cuyo precio alcanza los 900 euros la tonelada, frente a los 70 euros que de media cuesta cada tonelada de cemento normal. También los cementos ecológicos; los que regulan la temperatura de los edificios; los hormigones transparentes; los que fraguan en pocas horas; los que son capaces de capturar bacterias… todos aquellos cementos que consigan ser el doble de resistentes y la mitad de ligeros que los actuales. Sólo así se podrá ganar la batalla a otros materiales como el acero o la madera.

Mientras la sociedad demande autopistas más seguras, puentes más grandes, rascacielos más altos e infraestructuras más respetuosas con el medio ambiente, no dejará de avanzar el know-how del sector y la búsqueda de fórmulas para lograr reinventarse a sí mismo. Como bien explica María García, “la creatividad de arquitectos e ingenieros no tiene límites y nosotros no pondremos barreras para hacer lo imposible”.