Economía

¿Y si Internet nos vuelve superficiales?

Nos acaba de entrar un email, y otro más, que se suman a los cinco correos que tenemos sin leer. Y mientras abrimos el último –el jefe quiere vernos en su despacho en diez minutos–, alguien nos manda un mensaje en Facebook –me alegró verte anoche en la fiesta-, y dos minimensajes de 140 caracteres en Twitter –uno sobre una exposición de arte contemporáneo y otro sobre la próxima reunión de la comunidad de vecinos; ¡qué fastidio, otra vez nos suben la cuota!–. Al mismo tiempo el antivirus nos dice que ha bloqueado una nueva amenaza y nos pregunta si queremos eliminarla. Pero eso no es todo lo que nos ocurre en ese eterno instante frente al ordenador. Tenemos también minimizada una búsqueda en Google –donde comer buen precio centro Madrid–, pero no llegamos a hacer click en los resultados porque, como un relámpago, se nos acaba de cruzar el pensamiento de que no sabemos qué tiempo hará mañana –importante, porque mañana salimos de viaje–. Y, cómo no, el móvil se ilumina o vibra… Un amigo nos envía un sms para saber qué tal ese dolor de muelas que nos atormenta desde hace días.

Una hiperestimulación similar, tal vez no tan exagerada, sufría el escritor y conferenciante Nicholas Carr. “Durante los últimos años he tenido la sensación incómoda de que alguien o algo ha estado trasteando en mi cerebro, rediseñando el circuito neuronal, reprogramando la memoria. No pienso de la forma que solía pensar (…) Ahora mi concentración empieza a disiparse después de una página o dos [de lectura]. Pierdo el sosiego y el hilo”,  cuenta el estadounidense en su polémico pero bien trabajado libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Al otro lado del teléfono, Carr nos confiesa que perdía tanto el “sosiego” y el “hilo” que incluso para redactar este ensayo tuvo que desconectarse del mundo de las tecnologías virtuales: “Mientras lo escribía, notaba que me costaba concentrarme así que no tuve más remedio que dejar de utilizar redes sociales como Facebook o Twitter”.

La tesis central del estadounidense Carr –que a día de hoy sólo usa Internet “para lo que realmente es bueno: la búsqueda de información”– es que la Red, con su continuo picoteo de lecturas rápidas de pequeños fragmentos de información –minitextos, vídeos, fotos, hiperenlaces…– nos vuelve pensadores más epidérmicos y distraídos. Es más, no sólo nos hace más superficiales sino que, a base de ejercitar nuestra mente con esta gimnasia virtual, estamos alterando nuestro modo de pensar. Cada vez somos menos reflexivos y creativos y,  como consecuencia, se está resquebrajando nuestra capacidad para concentrarnos, profundizar y aprender. Mal asunto. Y lo peor, sostiene, es que Internet encima nos chifla, es como una droga: cuando más consumimos, más nos gusta y más nos pide el cuerpo. Si un día nos falta, porque la conexión no funciona o el ordenador no nos obedece, nos ponemos nerviosos e incluso entramos en un estadio de ansiedad. ¡Un día sin email¡ ¡Un día sin Facebook!¡Qué pesadilla! Además, o quizá por eso, Internet ya no nos acompaña sólo en horario laboral. Ahora viene también con nosotros en el móvil, en el iPad… a cualquier lugar.

De este modo, nos alejamos más y más de la concentración en profundidad de la era del libro y del pensamiento lineal, en la que nos hemos movido desde hace siglos. Leer una novela, o un artículo de prensa largo, de la primera a la última palabra, acomodado en un sofá, sin ruidos, sin interrupciones, puede pasar a ser algo propio de locos o de personas desfasadas o ancladas en el pasado

¿Es esto verdad? ¿No está este afamado autor exagerando para espolear sus ventas o simplemente cayendo en el tremendismo? ¿No se despiertan estos miedos cada vez que nace una nueva tecnología de uso masivo? ¿No pasó lo mismo con la irrupción de la televisión? ¿Acaso no se confundía el filósofo Sócrates, que no dejó nada escrito en los tiempos de la Grecia clásica, cuando advertía que la escritura debilitaría la memoria y nos convertiría en pensadores menos profundos? Ciertamente, las nuevas tecnologías, que cada vez consumen un parte más importante de nuestro tiempo laboral, social y de ocio, tienen un impacto nada desdeñable. “El cerebro es plástico, maleable, y se ve afectado por las tecnologías de la Red. Pero del mismo modo que ocurre con otros estímulos”, dice el doctor Francisco Rubia, catedrático de medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Veamos un ejemplo de la neuroplasticidad cerebral. A finales de los 90, un experimento demostró que los taxistas londinenses, que se pasan todo el día recorriendo las calles y callejuelas de Londres y esforzándose en hallar el atajo más corto entre dos puntos, tienen mucho más grande la parte posterior del hipocampo, la que desempeña una parte importante en el almacenamiento y la manipulación de las representaciones espaciales. Además, cuantos más años al volante, más grande es esa región.

(Para ampliar información, ya está en su quiosco el número de agosto de la revista Capital)