Economía

Hay más genios en la calle que en el mejor departamento de i+D

Las nuevas tecnologías, sobre todo Internet 2.0, están permitiendo que tome forma un nuevo fenómeno, que tendrá un impacto decisivo en la economía y en las relaciones laborales: la generación de ideas brillantes por parte de la masa, del común de los mortales, de las que se pueden beneficiar desde las empresas, grandes y pequeñas, hasta la sociedad y los gobiernos. Hasta ahora, teníamos una idea un tanto elitista de la creatividad y la inteligencia –el filósofo Ortega y Gasset sostenía que sólo las elites bien formadas generan ideas y conocimiento-, pero lo cierto es que cualquier departamento de investigación y desarrollo de una gran y selecta multinacional puede ser fácilmente batido por la inteligencia colectiva. Muchas experiencias y concursos así lo demuestran. Las empresas no son tontas y ya están intentando rentabilizar ese océano de ideas que casi todos llevamos en nuestra cabeza y que muchas veces se mueren porque nadie las toma en cuenta. Empresa como Dell, Coca-Cola, Unilever, Starbucks, IBM… apelan cada vez más al ingenio de la población vía redes sociales. Y lo hacen incluso agrupándose en plataformas, como Innocentive, en la que cuelgan problemas de investigación que no son capaces de solventar en la empresa. La zanahoria es un premio monetario para el que consiga la mejor idea. Aunque curiosamente, la mayor parte de la gente que ‘dona’ sus ideas en las competiciones prefieren el reconocimiento público. Que se les reconozca como autor de tal o cual proyecto.

Las ventajas de este incipiente modo de subcontratación, que en España apenas tienen fuerza pero sí en otros países como Estados Unidos o Holanda, son claras: se abaratan los costes de forma espectacular, se reciben ideas de lo más diversas, se chequean la viabilidad de los productos antes de aterrizar en el mercado y, encima, se mantienen unos lazos más cercanos con las comunidades de stakeholders, sobre todo con los clientes. Por supuesto, la innovación en masa no funciona sin filtros, sin diversificar esos caladeros de ideas (si no, el efecto puede ser contraproducente: algo así como tener muchísimos cocineros en una misma cocina en la que nadie se pone de acuerdo sobre qué y cómo cocinar).

Unos de los campos en el que la innovación en masa más podría avanzar, aunque las resistencias son muchas, es en política. ¿Por qué no someter determinadas decisiones en el ámbito municipal al criterio de la gente? ¿Por qué no pedirles orientación? No es descabellado. En el ayuntamiento de San Francisco ya se han puesto en marcha iniciativas similiares. Y en Islandia, el primer país en quebrar por la crisis financiera, se está apelando a la inteligencia colectiva para resolver asuntos de la res publica. Si esto nos conducirá a una democracia 2.0 y a más democracia directa (como ocurre en algunos cantones suizos) es una cuestión de difícil respuesta. Probablemente no. Entretanto, si tiene una empresa, sáquele partido a esos cientos y cientos de kilos de materia gris, anónima, que anda por las calles.