Economía

La ciudad en la que no hay paro y los pobres ganan 100.000 euros

En medio de este desierto de inactividad económica en el que se ha convertido Europa, hay una una pequeña ciudad europea, donde la economía está al rojo vivo. Como si estuviésemos en alguna zona costera de China. No hay paro, y las empresas se las ven y se las desean para encontrar talento; los precios inmobiliarios suben y suben; las empresas no encuentran suelo o locales para establecerse…
Nos referimos a la ciudad suiza de Zug, capital del cantón de Zug (unos de los 26 que componen el país alpino). Tan curioso es el caso de esta pequeña ciudad que, con sólo 25.000 habitantes, da empleo a 23.000 trabajadores y tiene registradas unas 13.000 empresas. La tasa de desempleo es inferior al 2%, porcentaje sorprendente si uno piensa que la tasa natural de paro –la que no dispara la inflación- ronda el 4%. En el conjunto de Suiza, el paro es del 3%. Así que muchas empresas, sobre todo multinacionales, se quejan de que no encuentran trabajadores cualificados, como contables, o personal de oficina. La ciudad está llena de Maseratis y Ferraris. Pero no todo son alegrías. Dicen que el que no gana más de 200.000 o 300.000 francos suizos (100.000 francos son unos 80.000 euros) al año tiene dificultades para llegar a fin de mes. Así que a las familias que ganan menos de 100.000 dólares (sí, han leído bien, 100.000 dólares; unas tres veces la renta per cápita española) reciben una ayuda pública mensual del cantón para pagar su hipoteca.
¿Por qué está en ebullición esta región de Europa? Ciertamente Suiza se está beneficiando de la crisis internacional, convirtiéndose, como es tradición, en destino refugio para muchos capitales internacionales. Además, Suiza se ha convertido en un imán de gente cualificada que quiere integrarse en un país donde las cosas casi nunca van mal.
Pero la principal explicación del asombroso dinamismo son los impuestos, muy bajos. Las personas físicas sólo pagan un 22,9%, mientras que las compañías pagan un muy generoso impuesto de sociedades del 15,4% (la mitad que en España; los países ricos de la OCDE suelen pagar entre el 22% y el 35%). Consecuencia: las calles están llenas de ricos, que consumen y animan el mercado (y lo convierten, por cierto, en uno de los más desequilibrados del mundo desde el punto de vista de la distribución de la renta entre los que más ganan y los que menos). Y la ciudad (a orillas del lago Zug y envuelta por una región de unos 100.000 habitantes que durante años se han dedicado al pastoreo y a la cría de ganado) se ha convertido en cuartel general suizo de multinacionales como Siemens, Burger king, Glencore, Tata AG, Adidas, Thomson Reuters… Sin ir más lejos, un cuarto de los habitantes son expatriados.

Tal ha sido el éxito del cebo de los impuestos y tal es el dinamismo económico, que la ciudad no sabe cómo enfriar el mercado y cómo resolver las dificultades de las clases más bajas, que piensan en irse. Una posibilidad que estudian las autoridades municipales es enfriar los incentivos a las multinacionales; otra dar más licencias para que se construyan nuevos edificios que alivien la presión de la demanda por el centro.
Visto desde España, a uno no se le ocurre más que pensar: ¿quién tuviera sus problemas?