Economía

El paraíso de Luxemburgo se llena de nubarrones

En este país, en el que sus habitantes son los más ricos del mundo, todo es liliputiense, como en un cuento. Todo es pequeño y todo es relativo, como no podría ser de otra forma para un nación de 500.000 habitantes que mide unos 82 km de largo por 52 km de ancho, y que, a vista de pájaro, no es más que un minúsculo punto entre Bélgica, Alemania y Francia. Tan relativo es todo que nunca han tenido banco central, hasta que la entrada en la eurozona les obligó a crear uno, y no tuvieron universidad propia hasta 2003. Pero por muy pequeños que sean, algunas estadísticas pueden suscitar la envidia del lector español. Apenas tienen un 6% de paro, el rating de su deuda soberana luce la ansiada AAA, el salario medio de un profesor de instituto ronda los 100.000 euros, el salario mínimo interprofesional es de 1.900 euros y, pese a la crisis, las puertas siguen estando abiertas a los inmigrantes, que no dejan de entrar. Más aún: en sus calles apenas se nota el vendaval de la crisis. ¿Cuál es la pócima mágica para tal sorprendente desarrollo en el corazón de una Europa en declive que se debate por su propia supervivencia como unión? ¿Acaso hay pozos de petróleo bajo ese suelo de bosques y verdes praderas? ¿No les duelen los zarpazos de la turbulencia financiera? “Las estadísticas sobre nuestra riqueza son engañosas. La riqueza también la genera la gente que viene a trabajar de fuera todos los días. Si los sumásemos seríamos menos prósperos, aunque seguiríamos siendo los más prósperos. Además, creo que las cifras están distorsionadas, por el peso del sector financiero”, dice el ministro de Finanzas,  Luc Frieden, que se perfila como sucesor del primer ministro Jean-Claude Juncker.  Como apunta el ministro (que por cierto, nos ha recibido en el ministerio, un modesto edificio de dos plantas donde no se ve policía alguno, ni puertas afuera ni puertas adentro, y en el que hay que tocar el timbre para pasar), los dos puntales de la riqueza de Luxemburgo son la mano de obra foránea y la pujanza financiera, que le ha convertido en uno de los grandes centros financieros del mundo. 

140.000 trabajadores transfronterizos, fundamentalmente franceses, alemanes y belgas, entran todos los días al Gran Ducado para trabajar. Y luego se vuelven a dormir a sus países. Vienen porque aquí el salario neto es más goloso, algo que se explica en parte por las menores contribuciones a la Seguridad Social que deben hacer los trabajadores. Pero este sistema, que siempre ha funcionado, es cada día más complicado de mantener. “Los transfronterizos no vienen aquí por el buen tiempo sino por el salario. Pero el envejecimiento de la población dificulta su continuidad”, precisa Carlo Thelen, economista jefe de la Cámara de Comercio de Luxemburgo. La carga de las pensiones es cada vez más onerosa. Y si los salarios menguan, el cebo para recorrer decenas y decenas de kilómetros cada día ya no es tan atractivo. Hay gente que recorre hasta cien kilómetros. “Si perdemos atractivo, se paralizará la llegada de inmigrantes y se romperá nuestro modelo social”, advierte Thelen, que augura una etapa de reformas estructurales.

Un imán para las finanzas. Luxemburgo no solo es un imán para los trabajadores vecinos –y también para los emigrantes, que son el 40% de la población residente– sino para las finanzas. No en vano maneja activos en fondos de inversión por valor de dos billones de euros, dos veces la riqueza de España, lo que le convierte en el segundo mayor mercado para estos instrumentos de inversión, por detrás de Estados Unidos. Entre las calles y bulevares de este país que solo logró la independencia a principios del siglo XIX, hay 3.800 fondos de inversión, más de 140 bancos y más de cien aseguradoras (en Irlanda, país también pequeño y polo de atracción de fondos, sólo hay 3 o 4 bancos). Así, cuando uno atraviesa el Boulevard John F. Kennedy, situado en el corazón financiero de Luxemburgo, uno tiene la sensación de adentrarse lentamente en un parque temático de bancos. Edificios acristalados de factura moderna se suceden uno tras otro, como si el arquitecto o urbanista hubiese tenido la intención de crear la Calle de las Finanzas. “No hay bancos españoles pero sí unos 177 fondos de inversión. Cada vez se abren más”, dice Pierre Oberlé, de la Asociación de Fondos de Luxemburgo.

Raro es el luxemburgués que no tiene algún familiar o amigo que se dedica a las finanzas. Después de todo, lo bancario penetra capilarmente la sociedad luxemburguesa y supone el 30% del PIB. Unas 48.000 personas (la misma cantidad que en la industria financiera de Fráncfort) trabaja directamente en las finanzas y otras 30.000 lo hacen indirectamente a través de la abogacía, la auditoría u otras profesiones similares.

Luxemburgo ha estado durante mucho tiempo en la lista negra de paraísos fiscales de numerosos países, incluida España. Y aunque últimamente ha insuflado grandes dosis de transparencia, unas inyecciones que le ha recetado la propia Unión Europa,  sigue intentando sacudirse el sambenito del secretismo bancario. De vez en cuando se le coloca  a la altura de las Barbados o Gibraltar, paraísos más díscolos. La organización británica Tax Justice Network, que engloba a académicos y ONGs, concluyó hace unas semanas una investigación en la que sitúan a Suiza, Islas Caimán y Luxemburgo como las “jurisdicciones opacas” más activas. El Gran Ducado seguiría, en su opinión, dificultando las solicitudes de información de otros países.  Los luxemburgueses los desmienten y dicen que es agua  pasada. “Aplicamos los mismos estándares que se aplican en los estados miembros de la OCDE”, dice Fernand Grulms, consejero delegado de Luxembourg for Finance, un organismo encargado de atraer la inversión foránea. “Hemos firmado numerosos convenios para que vean que actuamos de forma limpia”,  agrega Phipipp von Restorff, responsable de comunicación de la Asociación Bancaria de Luxemburgo.

“A diferencia de lo que se dice, el desarrollo de Luxemburgo no está basado en privilegios impositivos”, sale al paso el ministro de Finanzas. A primera vista, parece cierto. Son más bajos que la media, pero no mucho más bajos. El tipo máximo del IRPF es del 39%, el de Sociedades, en función de las tasas municipales, puede escalar hasta el 29%, y el IVA es del 15%. A segunda vista, hay que tener en cuenta que hay numerosas deducciones e incentivos, más suculentos que en otras partes de Europa, para la creación de empresas. Y para la atracción de multinacionales. Muchas compañías norteamericanas como Dupont o Goodyear han fijado aquí su cuartel general europeo.

Si los impuestos no son tan golosos,  ¿por qué el dinero extranjero sigue llegando a espuertas? ¿Por qué es el primer mercado de la UE para la banca privada? Según el ministro de Finanzas, los inversores “vienen porque aquí hay mucho asesoramiento sobre dónde invertir el dinero”.  Mucho expertise y mucho know how. Hay una mayor sensibilidad hacia las distintas culturas inversoras, y cuentan con una plataforma multinacional, que permite colocar el dinero en distintas economías. “En Luxemburgo no tenemos mercados locales. A parte de Arcelor Mittal y alguna firma más no tenemos grandes empresas. Así que buscamos oportunidades internacionales. No aconsejamos, por ejemplo, invertir en Telefónica o en deuda soberana, que es lo que puede conocer y aconsejar el asesor en España”, dice Fernand Grulms. Los luxemburgueses fueron los pioneros en el uso de los fondos UCIT, que facilitan su venta en cualquier país comunitario, e invierten mucho en I+D para renovar constantemente su gama de productos y sus servicios.

Talento humano. Además, la solidez financiera se asienta sobre un talento humano altamente preparado: hay unos 45.000 licenciados universitarios empleados en el sector, que dominan por igual el francés y el alemán, y manejan con gran soltura el inglés. Otra ventaja competitiva nada desdeñable y que es de agradecer al pequeño tamaño del país, es que los representantes de las instituciones colaboran mucho entre sí y toman decisiones sin grandes dilaciones. ¡Luxemburgo es una gran familia!

Pero los días de vino y rosas pueden acabar antes de lo esperado. Al margen de estar en el desvencijado barco de la eurozona (que atraviesa su peor crisis política y económica desde que arrancó la construcción europea y que resta atractivo a los ojos del resto del mundo, sobre todo a los ojos de los inversores de los países emergentes) produce temor la proliferación  de centros financieros. “Si pienso en Oriente Próximo, veo que no hay jurisdicción que no ambicione ser un centro financiero”, dice Grulms. Otro desafío importante es que la creación de riqueza está basculando hacia Asia, lo cual implica más esfuerzos y más costes para atraer esos activos de países emergentes. Además, también se nota el peso de la regulación europea, lo que ellos llaman el tsunami regulatorio. “Hay demasiada regulación”, se lamenta Restorff. Muchos activos de banca privada, por ejemplo, están viajando a Singapur, donde las leyes asfixian menos.

Por eso, jugarse el futuro a un sola carta es un suicidio.  “Somos demasiado dependientes del sector financiero y por eso hemos empezado a diversificarnos. Nos estamos haciendo fuertes en las finanzas islámicas, vamos a construir un nuevo aeropuerto… El sector financiero tiene que perder peso relativo en el PIB”, dice el ministro de Finanzas.  Además, habrá que tomar decisiones duras para enderezar el modelo. “Nuestros programas sociales son demasiado generosos y habrá que reducirlos”, avisa Frieden. De momento, que no cunda el pánico. Salvo en 2009, cuando el PIB sufrió un descalabro del 5,3%, la economía ha vuelto a encontrar la senda alcista. El año pasado creció un 2,7% y este año lo hará un 3,2%.  Unas cifras casi imposible para otros países europeos.

Lo que sí parece que tiene mal arreglo es el mal tiempo que suene reinar en estas tierras –aunque el cambio climático igual lo mejora– y su sorprendente índice de infelicidad nacional, que le suele situar entre los países menos felices del mundo. Pero eso es otro cuento.