Economía

Una devaluación laboral para trabajar… ¡como chinos!

El otro día oí de boca de uno de nuestros gobernantes, por primera vez y sin tapujos, lo que todos intuíamos: “La devaluación competitiva de España se hará vía costes laborales”. Quien así hablaba era Fernando Jiménez Latorre, secretario de Estado de Economía y Apoyo a la Empresa, y lo dijo en la clausura del acto de entrega de certificados de buen gobierno corporativo organizado ayer por el Instituto de Consejeros-Administradores.

No voy a entrar ahora en disquisiciones macroeconómicas que pocos entienden y sí les voy a contar una historia micro que me sucedió justo a la salida de este mismo acto. Comentando con un par de periodistas la frase del millón –la devaluación laboral–, uno de ellos me acabó contando en petit comité su situación laboral y personal. Y yo la quiero compartir con ustedes. Se licenció en periodismo en 2009 aunque se puso a trabajar desde segundo de carrera. Hoy, tras una serie de prácticas aquí y allá, suma tres años seguidos en una agencia de información cuyo nombre no quiero mencionar. Pero, atención al detalle, no tiene contrato, sino una beca de 800 euros brutos al mes –776 limpios– que financia una prestigiosa entidad financiera española. “Y es la mejor [beca] de las que hay en la empresa”, añade para recalcar que dentro de lo malo, otros están peor. Además, como todavía vive con sus padres, pues más o menos le da para ir tirando. Pero tal debe ser que el sentimiento de culpabilidad que siguió relatando cómo su situación es privilegiada: “Otros compañeros de promoción cobran solo 300 euros al mes. Algunos incluso se pagan el cupón de autónomos y trabajan 10 horas al día. A mí, por lo menos, me respetan los horarios y mi mes de vacaciones”.

Y claro, una se hace cruces. Porque como ellos hay mucha, muchísima, gente en esta profesión y en casi todas. Entre quienes aún tienen el privilegio de poder trabajar con los tiempos que corren sigue habiendo mucha temporalidad, mileurismo y precariedad. Y ahora resulta que como ya no podemos devaluar la moneda como antaño hacíamos con la pobre peseta, la solución es… ¡tachán!, rebajar los costes laborales. Esto es más fácil y sobre todo, más rápido que pensar en ir hacia una economía de valor añadido –no de ladrillo, sol y playa–, que revisar los esquemas productivos y apostar por una verdadera I+D+i, pasos que nos harían competitivos de verdad. Y en algunos corrillos ya se habla de que las rentas tienen que bajar, de media, entre el 15 y el 25%.

Y ahora sí daré algunos datos macro, pero solo dos:

Primero: es cierto que los costes laborales unitarios en España se han ido incrementando desde 2005 [cogiendo éste como año base] hasta hoy, según datos del Banco de España. Pero lo mismo ha pasado en Francia, Reino Unido e Italia y en la media de los quince países de la UE, salvo en Alemania –han repuntado sólo a partir de 2008–.

Dos: los salarios medios en España también han sido –y siguen siendo– sensiblemente inferiores a los europeos. Vicenç Navarro, catedrático de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Pompeu Fabra, lo refleja muy bien en uno de sus artículos: En 2007 la media salarial por trabajador en euros estandarizados –es decir, a igual capacidad adquisitiva entre países con distinto nivel de riqueza– en España fue de 27.348; en Grecia, de 24.485 y en Portugal, de 20.072, los tres países con la media salarial más baja de la UE-15. En el extremo contrario, la media salarial de Dinamarca fue de 36.184 euros; la de la Gran Bretaña, de 38.145 y la de Luxemburgo, de  44.602. Desde entonces, este gap no ha variado.

Por tanto, se nos quiere vender como flexibilidad una devaluación laboral encubierta. La primera es necesaria, pues tiene lógica que las empresas puedan acomodarse a las circunstancias, a la baja –con la crisis, sobre todo las pequeñas empresas  están viendo cómo se estrechan sus márgees y cómo la remuneración de sus asalariados les pesa cada vez más– o al alza, porque a nadie se le escapa que en los años de la abundancia de la década pasada, los salarios no crecieron en la misma proporción que los beneficios empresariales. La segunda es pan para hoy y hambre para mañana. Mejorar la productividad a costa de estrujar más a los trabajadores y su salario nos empobrece y tiene un límite. Claro que si se quiere que trabajemos como los chinos, como dijo Juan Roig, presidente de Mercadona, todavía hay terreno para recortar.