Economía

Carlos Falcó: "No conozco a ningún marqués que hoy viva de las rentas"

Media docena de perdices y una hilera de cipreses nos dan la bienvenida al Dominio de Valdepusa, una finca toledana de 700 hectáreas en la que Carlos Falcó (Sevilla, 1937) lleva cuatro décadas desafiando a los que piensan que solo se pueden elaborar vinos exclusivos en Burdeos, Rioja, Toscana o Ribera del Duero. El marqués de Griñón nos espera al final de un camino empedrado, junto al acebuche que durante 700 años han cuidado sus ilustres antepasados. Viste de sport, como es habitual en este aristócrata poco amante de corsés y protocolos, y porta en la cabeza su inseparable sombrero porque, sostiene, “al campo hay que venir con sombrero”. Los viñedos de cabernet sauvignon, que importó en 1974 ocultos en un camión procedente de Francia, completan una idílica estampa con la que el visitante no puede evitar evadirse de la crisis.
El eco de la historia familiar se palpa en cada rincón de la bodega y de la casa. Además de fotos familiares y trofeos de caza hay abundantes retratos de jornadas cinegéticas con el Rey, el Príncipe y empresarios, como Juan Abelló (Sacyr) y José Manuel Entrecanales (Acciona). En el rellano de la escalera se ve a un joven Falcó con barba abatiendo un elefante en el Congo. Pero lo que más llama la atención al periodista son unas exóticas imágenes, no por el escenario donde fueron tomadas, sino por los rasgos de los personajes que aparecen retratados. En una de ellas, el marqués hace de cicerone de un empresario chino ante el monarca. En otra, él y su hija Xandra, posan en el Pago con un nutrido grupo de ciudadanos del país asiático. “Son de una empresa china. Se presentaron un domingo de julio de 2010 diciendo que habían venido a ver un partido del Real Madrid, una corrida de toros y una bodega. ¡Pues están ustedes en el sitio adecuado!, les dije”, recuerda. Se quedaron fascinados con las mil y una anécdotas del marqués, contadas con su habitual amabilidad y sentido del humor, pero se quedaron especialmente sorprendidos con el mimo e innovación con el que elabora sus caldos: uso de riego por goteo, utilización de sensores para medir el estrés hídrico de las cepas, introducción de nuevas variedades de uva o el empleo de alfalfa para cubrir la tierra. Actualmente, los chinos son uno de sus principales clientes, si no los mejores. Sus encargos no se mide en cajas sino por contenedores.
Carlos Falcó no esconde su entusiasmo con la repentina afición del gigante asiático por el vino: “Van a ser los mayores consumidores del mundo. El 60% de las exportaciones de Burdeos ya van a China y han sido un factor clave para que las ventas españolas a nivel mundial creciesen un 30% en 2011. Y están disparando los precios. ¡Una botella deChâteau Lafite cuesta ya mil euros en el mercado de futuros!”. Tan convencido está de que el Dios Baco va a seducir a China que ha decidido traducir al mandarín su best-seller Entender de vino, del que ya ha vendido más de 100.000 ejemplares.

–Parece que a los chinos les está cambiando el paladar.
–En la última cata que organizamos en Pekín pude comprobar que está emergiendo una generación, en su mayoría treintañeros con mucho poder adquisitivo, que muestran inquietud por los vinos. Es verdad que siguen pagando auténticas barbaridades por los caldos franceses, pero tienen ganas de aprender y, lo más importante, no tienen el prejuicio de creerse que todo lo francés es mejor.
–Entonces, ¿tenemos mejores vinos de lo que pensamos?
–Realmente nuestros vinos son de calidad comparable. El vino mediano español es bastante mejor que el francés mediano. Y a nivel internacional, nuestros caldos han pasado en 20 años de ser unos enormes desconocidos a tener una imagen muy buena, en parte gracias a que han entrado con notas muy altas en las clasificaciones que hacen Wine Spectator o Robert Parker [la revista de vinos más influyente del vino del mundo y el gurú cuyas calificaciones pueden convertir a un vino en un superventas o en un sonado fracaso]
–¿Se fía más de las notas de Parker o de las de Moody’s?
–De Parker seguro [se ríe]. Es posible que sus listas estén un poco sobrevaloradas, pero han tenido un efecto muy positivo para España. Es muy relevante que otorgue 90 puntos, los mismos que a un Grand Crus de Burdeos que cuesta cien euros, a una cooperativa modesta de Cariñena con un vino de menos de diez euros la botella. Esto desmorona todos los esquemas mentales que se han hecho durante siglos de lo excelente que es el vino francés y lo malo que es el vino español.Charlando con él compruebas que está fascinado con nuestros caldos. Sostiene que España es el país que tiene más lugares por explotar con terroir, con capacidad de elaborar vinos extraordinarios. Lo más importante es que los españoles nos lo creamos y que no miremos con complejos a Francia.

Sabe bien de lo que habla. El favor del crítico estadounidense, que ha otorgado más de 90 puntos a varias de sus creaciones, ha sido un espaldarazo a la hora de situar a la bodega toledana entre los chateaux más prestigiosos del mundo. Este emprendedor inquieto, que tiene cinco hijos de tres matrimonios distintos, saborea hoy las mieles del éxito. Pero antes de llegar hasta aquí ha tenido que esquivar alguna que otra barrica. Primero, la oposición de su madre, que había previsto para él un futuro alejado del campo, como oficial del Ejército, emulando a sus nobles ancestros. Pero lo de obedecer normas nunca ha ido con Falcó, al que los curas del internado en el que estudiaba ya le daban sus primeras copas siendo adolescente. “Supliqué a mi abuelo para que convenciera a mis padres de que me dejasen ser ingeniero agrónomo y, a cambio, le regalaría las botellas que elaborase en la finca”, recuerda.
Después, tuvo que luchar diez años contra el el inmovilismo de los funcionarios de régimen franquista que no veían maridaje posible a su sueño de implantar variedades foráneas en la meseta. Y cuando, por fin, pudo vendimiar los restaurantes más exclusivos de Madrid, Barcelona o San Sebastián le cerraron las puertas porque un vino elaborado en los montes de Toledo no tenía pedigrí. “No me quedó más remedio que irme fuera: Inglaterra, Alemania, Noruega, Estados Unidos…”, comenta este viajero compulsivo.
Tanto viaje ha fortalecido las cepas. Pagos de Familia vende hoy tres de cada cuatro botellas de sus tintos Caliza, Tres As o Emeritus en el extranjero. Y como en los inicios, los cincuenta países a los que exporta se han convertido en su tabla de salvación. “Si no fuese así, la bodega estaría muerta”, confiesa. Aunque resulte increíble, los españoles ya no quieren saber nada de taninos hasta el punto de que beben menos vino no solo que franceses o italianos, sino que portugueses, daneses o suizos. “Incluso los ingleses nos han superado en consumo”, se queja.

–Al español le ‘agría’ el vino.
–Mientras que los jóvenes americanos, chinos o rusos se divierten con el vino y lo consideran una bebida moderna, los jóvenes españoles son los mejores consumidores de whisky, ron o ginebra. Cualquier bebida menos vino, al que ven como un producto de sus padres y abuelos, que es caro y que encaja solo en una cita romántica. Por otro lado, ha sido muy perniciosa la publicidad que asociaba siempre el alcohol con el vino Yo creo que es un elemento de moderación y no de alcoholismo. Y si te tomas dos copas tapeando en un bar, y hemos hecho la prueba, no das positivo en un test.
–¿Ser bodeguero ya no es buen negocio?
–Ser viticultor no es rentable. El cultivo de vino a granel no paga el coste de mantenimiento de los viñedos antiguos. Un dato: el año pasado, el vino a granel se vendió en China y otros países a una media de 30 céntimos el litro. Nosotros exportamos a una media de 30 euros. No me extraña que el viticultor y sus hijos se cansen y arranquen las cepas más antiguas aprovechando las subvenciones. Pero el Estado no pueden estar siempre solucionando los problemas. Para que las cooperativas tengan futuro no se pueden limitar a producir vino. También tienen que saber venderlo fuera, lo que exige invertir en promoción, viajar incansablemente y dotarse de una estructura empresarial, con expertos de verdad en márketing y gestión, de la que ahora carecen.No vale el hijo del socio que está en paro.

Pese a todo, el mensaje del empresario es optimista: “Hay una gran oportunidad de exportar vino español porque el consumo está aumentando en más de 100 países. ”. Pero no basta con esfuerzos individuales. Es vital reforzar la marca España –“que no vaya el de Rioja por su cuenta, el de Ribera por otro lado y los catalanes con el cava con otra delegación. Cada uno ha montado su pequeño Icex. Si todo se hiciera con un esfuerzo común obtendríamos resultados más amplios”– y, sobre todo, quitarse la etiqueta despectiva que nos han colocado en muchos países de productores de vino barato a granel. “Fue un error tremendo cuando los primeros Riojas entraron a competir en precio en los líneales de los supermercados y no en calidad. Tenía que haber sido al revés. El segmento exclusivo es el que te permite mejorar la imagen de la región y que el cooperativista pueda vender su vino más caro”, argumenta.

Estas recetas no solo servirían para vender más botellas. Bajo su punto de vista, también para impulsar la industria del lujo español, que sufre un claro retroceso respecto al made in France o al made in Italy. Son los claros dominadores de un sector que a nivel europeo genera 400.000 millones de euros –el 70% del negocio mundial– y emplea a un millón de personas. De ese lucrativo pastel, las firmas españolas más exclusivas apenas se llevan el 1%. “Es muy poco y hay que ponerse las pilas porque el sector a nivel europeo se va a doblar hasta 2020”, señala Falcó, que si de algo entiende es de lujo.
Habla como buen hedonista al que le gusta la gastronomía refinada, la artesanía más exclusiva, los relojes caros y los coches de gama alta –con 26 años ya tenía un Maserati que le regaló su suegro, un relojero suizo–. Pero también como presidente del Círculo Fortuny, asociación que agrupa a algunas de las principales marcas del lujo español, entre ellas Loewe, Carrera y Carrera o Lladró. Su diagnóstico es claro: “En España hay talento y tenemos buenos artesanos desconocidos porque carecen de visión empresarial. Un ejemplo es Felipe Conde, que hace las guitarras de Paco de Lucía y Leonard Cohen. Trabaja en un taller de tres personas en un sótano cerca del Palacio Real”. Hace falta una estructura empresarial que haga que esta guitarra llegue a las tiendas más exclusivas. Para este urbanita de campo, que no se despega de su smartphone y está enganchado a Twitter, el modelo a imitar es el grupo Louis Vuitton. “Hace 30 años no eran más que unas pequeñas tiendas de París. Pero agrupadas bajo el paraguas de una gran organización se han convertido en marcas globales”.

–Resultará difícil defender el lujo en un país con 25% de paro.
–Cuesta. Mientras en el mundo anglosajón se utiliza sin complejos el término lujo, en España, es una palabra que cae muy mal porque está asociada con algo excesivo y ostentoso. Esto no tiene buena recepción y menos en un momento en el que el discurso prima la austeridad. A mí me gusta más hablar de gama alta, de excelencia, de artesanía, de trabajo bien hecho. De algo en lo que hay mucho esmero y tradición, al mismo tiempo mucha creatividad y modernidad, que es lo que define a Europa. En Bruselas ya han entendido que este sector es fundamental para Europa porque es el intangible que tira de la imagen del resto de productos europeos. Volkswagen y Audi no serían lo que son si no se vendiesen Porches. Y Zara no sería posible si no hubiera en Europa miles de talleres que son los que hacen creatividad de verdad.

Don Carlos, como le llaman sus colaboradores, nació como Antonio Machado en el sevillano palacio de Liria, propiedad de la duquesa de Alba. Y como la aristócrata andaluza cuenta con uno de los linajes más selectos entre la nobleza patria: Grande de España, Marqués de Griñón, Marqués de Castelmoncayo, descendiente del Gran Capitán… Cualquiera podría pensar que con tal abolengo podría dedicarse a la vida contemplativa y a vivir de las rentas. Él lo desmiente con su modus vivendi.

–Viendo su ritmo de trabajo, para que luego digan que ¡los aristócratas no trabajan!
–Los clichés en este país han ido sobreviviendo y ése es uno de los que no tiene nada que ver con la realidad. Éso se ha terminado hace mucho tiempo. Yo no conozco a ningún noble que viva de las rentas. Mira mi familia: mi hijo dirige en Londres el negocio de banca corporativa de Citibank en Europa, África y Oriente medio. Está todo el día con 700 e-mails y cogiendo vuelos a 50 países. Mi hija mayor es la directora de la bodega.
–¿No sirve para nada?
–No tiene sentido hoy en día. No tiene nada que ver con privilegios. El único privilegio que teníamos era el pasaporte diplomático y lo eliminó Felipe González. Es un título honorífico que implica cierta responsabilidad con la historia, con una serie de bienes materiales o inmateriales que se deben trasladar a la siguiente generación. En este sentido, la aristocracia española está haciendo una labor encomiable y desconocida de conservación del patrimonio español. El Estado apenas nos ayuda. Hay que poner mucho esfuerzo y dinero para evitar la ruina de los palacios.

A sus 75 años, derrocha salud y vitalidad, además de litros de sentido del humor. Un aspecto envidiable que atribuye a que no se ha jubilado. “Yo como Botín, todavía activo y con sueldo”, dice. No tiene intención de retirarse porque “se dedica a lo que le gusta”: a hacer buen vino y aceite, a viajar por el mundo vendiendo las bondades de los productos españoles, a participar en todo tipo de foros empresariales… Y también a escribir. Un oficio en el que cosecha éxitos. Acaba de terminar su segundo libro, Oleum plus, en el que ha trabajado siete años y se va a traducir a cinco idiomas. Lo presentará en la próxima feria del libro de Frankfurt en octubre.
No será el último, porque Carmen Balcells, la todopoderosa agente de plumas de alto vuelo, como García Márquez o Vargas Llosa, le está presionando para que escriba sus memorias. Pero aunque le convenza, esta obra tendrá que esperar. Él tiene en mente otro plan bien distinto: construir un campo de golf en el Rincón de Aldea del Fresno. “Un Augusta en Madrid”, sentencia. En 2010 obtuvo la licencia, tras dos décadas de batalla con la administración. “¡Para que luego digan que ser Grande de España abre puertas!”, ironiza.