Economía

Quién sea de fiar que levante la mano

No subirá el IVA, ni el IRPF, ni se e recortarán los derechos de los desempleados, ni se bajará el sueldo a los funcionarios… Éstas fueron algunas de las promesas que Mariano Rajoy reiteró con vehemencia antes de ocupar la Moncloa. Declaración de intenciones que semanalmente ha ido incumpliendo, del mismo modo que ha inyectado dinero público a los bancos, ha recortado los servicios en Educación o ha introducido el copago en la Sanidad. Pero no es el único representante público que en fechas recientes ha hecho del donde dije digo, digo Diego su leit motiv. Que los distintos titulares del Ministerio de Economía y del Banco de España, así como los principales banqueros, hayan presumido durante los últimos ejercicios de contar con el sistema financiero más sólido del mundo para terminar mendigando a la UE una ayuda de 100.000 millones de euros con los que evitar su quiebra, no contribuye, precisamente, a ganarse la confianza del ciudadano de a pie. Y quizás los más diestros en el arte de la contabilidad creativa no se lleven las manos a la cabeza ante el hecho de que Bankia pasase en cuestión de días de ganar 305 millones de euros en 2011 a arrojar unas pérdidas cercanas a los 3.000 millones. Pero tal baile de números genera enormes dudas en el resto de los mortales.
Si repasásemos la hemeroteca podríamos seguir enumerando ejemplos hasta llenar la última línea de este artículo. Todos estos casos, según Ángel Alloza, Ceo del think tank Corporate Excellence, “reflejan una descarnada crisis de confianza”, que está envenenando nuestra sociedad y agravando la crisis económica. No nos fiamos ya de nuestros bancos; los bancos no se fían ni fían ni a los particulares, ni a las empresas, ni a otros bancos ni a los Gobiernos. Éstos y, por extensión el resto de instituciones públicas y los políticos, han perdido la confianza de sus votantes, y un grupo cada vez más estruendoso, numeroso y desarticulado de ciudadanos desconfía directamente del sistema.
Tampoco nadie, ni inversores, ni nuestros propios socios comunitarios, confían en nosotros como país, ni se creen nuestras cuentas ni que seamos capaces de pagar lo que debemos. De la noche a la mañana nos hemos convertido en un país sin reputación. Por eso, la prima de riesgo, que no es otra cosa que un termómetro de la confianza o más bien de la desconfianza que generamos fuera, se ha duplicado en lo que va de ejercicio, superando por primera vez el umbral de los 600 puntos.

La palabra dada cotiza a la baja, sobre todo si ésta es pronunciada por políticos, grandes ejecutivos, tecnócratas, sindicalistas, jueces o cualquiera que venga de las élites o instituciones que hasta ahora gozaban de autoritas. “Vivimos en la época del escepticismo. Nos encontramos en la peor de las situaciones posibles porque no tenemos en quién confiar”, afirma Miguel Ángel Aguirre, director general de Edelman España. El barómetro de confianza que esta firma elabora desde hace una década constata un derrumbe sin precedentes en la credibilidad y reputación que los ciudadanos otorgan al gobierno, instituciones públicas y empresas, especialmente a los bancos. Si la confianza en estas entidades cotizara en el Ibex 35, se habría evaporado dos tercios de su valor. Un botón de muestra: sólo el 17% de los españoles confían la clase política y solo un 15% lo hace en las entidades financieras, la tercera parte que un año antes. Otros estudios de opinión, como el publicado por Metroscopia en julio, también les dan un suspenso rotundo.
Fuente: MetroscopiaSegún el vicepresidente de esta última firma de estudios sociológicos, José Pablo Ferrándiz, “el deterioro en su nivel de credibilidad y reputación es progresivo desde hace tiempo y es propio de democracias maduras y consolidadas, con ciudadanos cada vez más informados, críticos y exigentes”. La crisis, prosigue, “ha acelerado el ritmo de erosión al poner en evidencia la falta de transparencia de estos colectivos, abuso de poder, incumplimiento de los compromisos adquiridos con la sociedad, cierto distanciamiento respecto a la ciudadanía y, sobre todo, malas praxis que en la época de vacas gordas pasaban desapercibidas.
Que el director de una sucursal bancaria vendiese acciones preferentes a las ancianas que depositaban su pensión desde hace años es un golpe mortal a la confianza. Tampoco ha ayudado a ganarse una buena reputación el abuso de la letra pequeña de muchos contratos, la introducción de cláusulas abusivas o la política de desahucios por parte de entidades que han sido rescatadas con dinero público. “En otras ocasiones, los mensajes que lanzan empresas y entidades financieras no son ejemplares”, señala Joan Frontodona, del Iese, que pone como ejemplo las retribuciones millonarias de los directivos de las grandes corporaciones. En su opinión, no se puede predicar moderación salarial para los demás o un recorte de plantilla y anunciar al tiempo incentivos para los ejecutivos o fondos de pensiones millonarios por muy justificados que estén.
Con cierta frecuencia, las grandes empresas –al igual que los organismos públicos– han pretendido construir una reputación sólida mediante millonarias campaña de publicidad, que sólo han servido para levantar un edificio de cartón pluma aparentemente sólido pero apuntalado por detrás con finos y quebradizos pilares. Y a la primera crisis o escándalo se viene abajo. “La confianza, la credibilidad y la reputación se construyen haciendo y luego contándolo a la sociedad”, sostiene el responsable de asuntos públicos de Telefónica, Alberto Andreu. El problema, prosigue, “es la falta de coherencia. Muchas empresas han lanzado grandes campañas de marketing para anunciar sus bondades y luego se han comportado de una forma totalmente diferente”.
La mayor parte de estos pecados también han sido cometidos por los partidos políticos y administraciones públicas, a los que los ciudadanos acusan también de ser marionetas de los poderes económicos. Según Ángel Alloza, “han defraudado a la gente a la hora de regular la actividad de las corporaciones, por haber sido incapaces de afrontar los retos generados por la crisis y por haber endeudado en exceso al Estado”. El resultado ha sido que una clase política ya de por sí desprestigiada ha acabado por llenarse de oprobio. “Quienes deberían ser la solución para estos momentos tan desazonadores se ven ahora como el problema para una población crecientemente escéptica”, sostiene José Pablo Ferrándiz.
Pero el desamparo no es total. Todavía hay un amplio número de colectivos que gozan de buena reputación e, incluso, aprueban con nota el test de credibilidad. Mientras decrece la confianza en gobiernos y grandes ejecutivos, se han consolidado como referentes de confianza y reputación los médicos, los científicos, los profesores, los curritos de base, los empresarios al frente de una pyme o el autónomo que tiene una frutería o una zapatería en el barrio. “Estos colectivos, con los que hasta cierto punto nos identificamos, son los que mantienen altos niveles de credibilidad en este contexto generalizado de desconfianza”, sostiene el responsable de Corporate Excellence. Un fenómeno que probablemente se ha visto acrecentado por el auge de las redes sociales y la explosión del mundo digital 2.0. Significativamente, el sector de los medios de comunicación –especialmente prensa y radio– siguen gozando de cierta reputación, probablemente según José Pablo Ferrándiz, debido a su contribución en estos años a la hora de analizar y profundizar en las causas de la actual crisis, así como denunciar casos importantes de corrupción.
Sobre estos colectivos debería empezar, según los expertos, a recuperarse la confianza. Pero no será suficiente para salir de la crisis. Como sostiene Alberto Andreu, no habrá mejora económica a largo plazo si no se recupera la confianza de la gente en las instituciones públicas y en las empresas. Son el arco de bóveda sobre el que se asienta todo el sistema. Sin confianza no nos prestaremos dinero, no nos creeremos las medidas del Gobierno, no invertiremos… La confianza, en definitiva, es la clave de todo.