Economía

¿Escucha la política a la calle?… sólo cuando interesa

Atrás quedó el verano. Ya estamos en otoño y son muchos los que se han aventurado a ponerle un calificativo: caliente. Advierten de que las calles van a rugir en las próximas semanas y meses contra los recortes ya anunciados y contra los que el Gobierno incluirá mañana en los Presupuestos Generales del Estado para 2013 (la letra pequeña, en principio y para hacerlos más digeribles, se conocerá el sábado).

Sin embargo, tampoco nadie duda a estas alturas de que, por muchas manifestaciones que haya, Moncloa no moverá ficha… huelga general mediante. Los ajustes son irrenunciables, porque el objetivo de déficit lo es, aunque al Estado -que tiene que dar ejemplo- ya se le haya disparado a estas alturas del año. El jefe del Ejecutivo, Mariano Rajoy, no puede dar su brazo a torcer ante las protestas ciudadanas porque la vigilancia europea es cada vez más asfixiante y la sombra del rescate sigue sobrevolando España, tal vez, a la espera de la contundencia con la que el Ejecutivo responda a Bruselas en esas cuentas públicas.

Firmeza ante la calle es la consigna del Gobierno (o los Gobiernos), pero la calle sigue hablando y los ejemplos se suceden… con distinta intensidad y ejemplaridad, eso sí. Hoy, el País Vasco afronta la decimotercera huelga general de la democracia. La convocan los sindicatos nacionalistas contra los recortes de la Administración central (y con las elecciones autonómicas a la vuelta de la esquina). Ayer, el Congreso terminó el día rodeado de unas 6.000 personas que, convocadas por la Coordinadora 25-S y la Plataforma ¡En pie!, pedían rescatar la democracia del “secuestro” de los políticos. La proclama era pacífica, pero los 64 heridos y 35 detenidos enturbiaron del todo una protesta que tenía por objetivo la disolución de las Cortes y la elaboración de una nueva Constitución.

Firmeza y la callada por respuesta es lo que reciben las marchas que se suceden contra los ajustes y la clase política mientras algunos miran con esperanza cómo el intervenido Gobierno portugués ha dado marcha atrás en su política impositiva tras la marcha social más importante que se recuerda en Lisboa desde la Revolución de los Claveles.

Ahora bien, una marcha que sobrepasó a todos y cada de sus actores ha dado un toque de atención muy importante a la clase política ya que ha marcado la deriva que ha tomado la política catalana en apenas dos semanas. La manifestación del pasado 11 de septiembre en Barcelona ha supuesto un antes y un después. Esta vez, la voz de la calle se ha traducido en un adelanto electoral a mitad de la legislatura. Mas ha escuchado a los ciudadanos y se ha hecho eco de sus peticiones (no lo hizo cuando miles de catalanes salieron a manifestarse contra los recortes de la Generalitat).

Pero aunque cuentan en su partido que no quiso ni pudo quedarse al margen de la consigna catalanista en la que se convirtió el 11-S, aunque reconocen que los acontecimientos se han precipitado de tal manera que incluso en CiU se preguntan qué hacer el 26 de noviembre, esta vez los ciudadanos han tenido voz -y tendrán voto- porque a Mas le ha interesado. Para empezar, la cita con las urnas examinará un modelo de Estado y no la gestión económica -y sus ajustes- en la peor crisis económica en décadas. Para terminar, si como todo parece indicar Mas se impone (sus rivales están en horas bajas) habrá ganado dos años más de legislatura en lo que habrá supuesto un importante balón de oxígeno -electoral- en la salida de la crisis. España, esperemos, no será la misma en 2014 que en 2016. Pero su reto es de gran calado: tiene que cerrar muy bien su jugada política porque ha puesto su liderazgo al frente de una petición ciudadana que lleva a una independencia con muchas sombras.. y las decepciones (de corazón) son las más castigadas en las urnas.