Economía

Los nuevos terratenientes

Las verdes tierras de North Island (Nueva Zelanda), con sus suaves montañas y sus ricos pastos, son una de las joyas de este país en las antípodas. Hace pocos meses, en abril, 7.892 hectáreas de este tesoro natural fueron objeto de una jugosa transacción. La empresa Crafar Farms, propiedad de una de las familias neozelandesas más ilustres en el sector agrícola-ganadero, vendía 16 de sus vaquerías a una empresa… ¡china! Shanghai Pengxin, un conglomerado con inversiones inmobiliarias, agribusiness, minería e infraestructuras, pagaba 200 millones de dólares neozelandeses –unos 132 millones de euros– por hacerse con un pedazo de tierra equivalente a 15.700 campos de fútbol.

Este movimiento es una muestra más de la voracidad inversora del gigante asiático apremiado por alimentar al país con el mayor número de  bocas de la Tierra, tras India. Se estima que las empresas chinas, privadas o estatales, se han hecho con 8.000 kilómetros cuadrados de tierras en todo el mundo, desde plantaciones de palma en Indonesia a campos de soja en Argentina. Pero los chinos no son los únicos obsesionados con las tierras. Otros países, por ejemplo, han sacado sus fondos soberanos a rastrear el exterior para garantizar su seguridad alimentaria. “Un compañero mío en Australia acaba de completar un mandato que le hizo un fondo del Golfo para encontrar 70.000 hectáreas productivas en el país”, relata David Garner, socio de la gestora DGC Asset Management.

Fuente: Black Sea Agricultural y Knight Frank Wealth Report.

¿Más botones de muestra? En mayo, TIAA-CREF, uno de los mayores fondos de pensiones de Estados Unidos, anunciaba la creación de la Global Agriculture Company. Este nuevo actor, dotado con una cartera de 2.000 millones de dólares –unos 1.627 millones de euros– recaudados junto a otros grandes inversores, como el fondo de pensiones suizo AP2, tiene una única misión: comprar tierras de Estados Unidos, Australia y Brasil. “La inversión directa en tierras de cultivo asegura el acceso al factor clave para la producción de alimentos y ofrece a los inversores una excelente diversificación de la cartera inversora”, asegura Jose Minaya, responsable de inversiones en infraestructuras y recursos naturales de este gigante inversor que gestiona una cartera de activos de 396.000 millones de euros. No es su primera incursión en el terreno. De hecho, TIAA atesora más de 400 propiedades, con una extensión total de 243.000 hectáreas, en las mayores regiones productoras de grano de Estados Unidos, Australia, Latinoamérica y Europa del Este.
La tierra cultivable, o con capacidad para serlo, es hoy un objeto codiciado. Con los mercados bursátiles al borde del infarto, los nubarrones sobrevolando las economías de medio mundo y la volatilidad de los precios de la mayoría de los activos tradicionales de inversión –bonos, divisas, commodities…–, los inversores están como locos por ponerse a resguardo. Y refugios tradicionales como el oro ya no son suficientes.

Comprar o arrendar extensiones de tierra no es un negocio nuevo, pero ahora es más atractivo que nunca para estos gigantes de las finanzas que aspiran a convertirse en los nuevos terratenientes. Y, si no, que se lo pregunten a Warren Buffett. El Oráculo de Omaha ha reconocido que “la inversión en activos productivos como la tierra es la mejor alternativa. En los próximos cien años, la tierra cultivable batirá al oro”. Y su palabra sí que vale su peso en… oro.
Todas estas expectativas se basan en una realidad aplastante: el mundo no deja de crecer. Hay 7.000 millones de personas sobre la faz de la Tierra –un 400% más que hace un siglo– y las estimaciones apuntan a que, en 2050, habrá 2.000 millones de bocas más que alimentar.

CAMBIO DE HÁBITOS. La presión no es solo cuantitativa. Sino cualitativa. A medida que las poblaciones de los países emergentes ganan en poder adquisitivo van mudando de hábitos alimenticios. Menos arroz y más filetes y productos lácteos. Desde la década de los 80, el consumo per cápita de carne en los países en desarrollo se ha duplicado y se necesitarán 200 millones de toneladas más al año hasta 2050 para satisfacer la creciente demanda. Y, claro, para producir carne, hay que criar ganado y hacerlo engordar. ¿Cómo? Sencillo: con piensos hechos a base de cereales que nos da la madre naturaleza. O sea, la tierra. Si, grosso modo, se necesitan tres kilos de grano para producir un kilo de carne, multiplique y verá la de kilos y kilos de cereal que se necesitarán en el futuro.
“En 2006 empezamos a buscar fuentes de activos alternativos para nuestros clientes cuando vimos que el negocio inmobiliario tradicional había alcanzado su pico. Fue entonces cuando empezamos a invertir en tierras agrícolas porque, pase lo que pase en la economía mundial, la gente seguirá comiendo. Y a medida que la población crece, los propietarios de estos activos están mejor posicionados para beneficiarse de esta tendencia”, explica David Garner, socio de la gestora DGC Asset Management.

Desde una perspectiva financiera, la tierra como un emergente asset class, goza de una serie de ventajas añadidas. “Los precios de las tierras llevan subiendo de manera constante en los últimos veinte años”,  asegura Jeffrey Notaro, CEO de Black Sea Agricultural, una compañía de inversión afincada en Nueva York especializada en la búsqueda de oportunidades –tierras– en Bulgaria. Además, constituye una excelente barrera contra la inflación –mejor que la del oro– y ofrece un jugoso retorno de la inversión, con unos ratios medios superiores al 8% en los últimos años. Y, por si no fuera suficiente, “genera atractivas rentas por su explotación”, añade Notaro. Black Sea Agricultural lanzó a finales del pasado año un fondo para levantar entre diez y veinte millones en tres años y ya lleva recaudados dos.

Con estos antecedentes, se entiende que de un tiempo a esta parte el acercamiento de inversores haya ido in crescendo. Un informe reciente del Banco Mundial señala que unos 56 millones de hectáreas –la mitad de ellas en África– fueron vendidas o arrendadas entre 2008 y 2009. Otras organizaciones, como la Coalición Internacional de la Tierra elevan la cifra hasta los 80 millones, una extensión equivalente a la que suman los territorios de España y Alemania.Se estima que este negocio mueve entre 25.000 y 39.000 millones de dólares.

¿Dónde están invertidos? El tablero de operaciones es global. Canadá, Reino Unido, Australia, Brasil, Argentina, Polonia, Sudán, Estados Unidos… En total, unos sesenta países constituyen el foco de atención. Aunque la casuística y el precio difieren de un punto a otro del planeta. Éstos pueden oscilar desde los 18.800 euros por hectárea en Reino Unido –un 7,3% que el año anterior– hasta los 6.600 euros que se pagan en Bulgaria –un 17% más–. Como también varía el nivel de riesgo. “Rusia y Ucrania tienen unas de las tierras más fértiles y cientos de miles de hectáreas sin utilizar, pero ambos países tienen un riesgo político y operativo alto. Y el Sur y el Este de África tienen un gran potencial si se está preparado para correr un mayor riesgo”, señala Andrew Shirley, responsable del área de Investigación Rural de Knight Frank. Países como Brasil han empezado a aplicar la legislación sobre la inversión extranjera en tierras de manera mucho más restrictiva y los precios de éstas  empiezan a estar influidos por lo que pasa en el mercado de la soja. Pero aun así, sigue siendo uno de los grandes focos de interés. En tres años, Agrifirma Brazil –antes conocida como Genagro, una empresa ligada al magnate Rothschild– ha pasado de ser una start-up a poseer y gestionar 42.000 hectáreas en el Estado de Bahía, con la opción de sumar otras 27.000 más este año.

AMENAZAS. Aunque los argumentos para invertir en tierra “siguen siendo irresistibles”, en expresión de Shirley, no conviene olvidarse de que  también existen riesgos. Hablamos de un mercado que tradicionalmente no estaba profesionalizado –imperan las transacciones cerradas entre las partes– y cuya transparencia algunos ponen en tela de juicio. “Es cierto que en algunos mercados no hay registros claros de la titularidad y los derechos de propiedad, pero esto no pasa en el mundo desarrollado. Por supuesto siempre hay oportunidades para defraudar, como con cualquier otro activo. Ahí está el escándalo con la manipulación del Libor”, contrapone Garner.

La tierra está, además, sometida a numerosas presiones. La degradación y el cambio climático representan, sin duda, dos de las grandes amenazas. La FAO estima que 2.000 millones de hectáreas se han degradado desde los años cincuenta. La erosión, la intoxicación por aluminio o el exceso de irrigación están dañando a la madre Tierra. Algunos expertos estiman que el incremento de tres a cuatro grados de las temperaturas reduce entre un 15% y un 35% el rendimiento de las cosechas en África y el Oeste de Asia. A su vez, la urbanización del mundo es imparable. En China desaparecieron 14,5 millones de hectáreas agrícolas de la costa entre 1975 y 1995. Por no hablar de la presión que ejerce la creciente demanda de biocombustibles. Solo en Estados Unidos, el 40% de la cosecha de maíz –unos 14 millones de hectáreas– se usa para producir… ¡etanol!

La pregunta es obligada, ¿habrá en el futuro una escasez de tierras de cultivo?”Si la población aumenta al ritmo actual, podría haberla de manera eventual, pero sigue habiendo ingentes cantidades de tierras infrautilizadas en el mundo”, responde Shirley tranquilizador. E incluso si los peores augurios se hicieran realidad, “los alimentos seguirán siendo más valiosos que cualquier propiedad inmobiliaria o  cualquier metal precioso”, asegura Garner. La batalla por el control de las tierras no ha hecho más que empezar.

Fuente: Grain.

ESPECULANDO CON LOS ALIMENTOS. Este boom inversor es visto como una nueva forma de colonialismo por las comunidades locales que se ven expulsadas de las tierras en las que siempre han vivido y de  las que dependen para subsistir. Hasta el propio Banco Mundial señala que “la adquisición de tierras está provocando serias preocupaciones sobre el incumplimiento de los derechos locales y otros problemas”. Muchos países ricos en tierras y otros recursos naturales tienen, sin embargo, ingentes poblaciones hambrientas – más de mil millones de personas se acuestan con el estómago vacío–. “Hay países en África que ven cómo sus tierras se usan para cultivos que luego, directamente,  se exportan o sirven para otros usos [biocombustibles]”, reconoce David Garner, de DGC Asset Management. Por eso, cada vez más asociaciones como La Vía Campesina, Grain y la Coalición Internacional de la Tierra se han propuesto no solo plantar cara a este fenómeno, sino defender la soberanía alimentaria de los países. De su ataque no se libra ni el propio Banco Mundial, institución a la que acusan de camuflar este acaparamiento como una inversión responsable y de fomentar la privatización de la tierra. La especulación financiera, dicen, llegó primero a los alimentos y, ahora, también a la tierra. [LEA EL POST ¿QUIÉN SE LLEVA SUS TIERRAS?]