Economía

Toda la vida trabajando… ¿para nada?

Siempre le he tenido por un cerebro bien asentado. Tanto en lo humano como en lo profesional. Una mente privilegiada que antes de acabar la carrera de Telecomunicaciones ya tenía trabajo en una multinacional. Una gran empresa que, como otras muchas, y durante los últimos años, ha ido de ERE en ERE. Y él ha sobrevivido a todos ellos. Ahora la compañía está inmerso en otro. Y volverá a salir airoso. Cuando le felicité, no me encontré con una cara dichosa. Más bien todo lo contrario.

Lo que menos me esperaba era que espetara lo siguiente: “Quizás hubiera sido mejor haber entrado en el ERE”. A lo que yo le conteste que si estaba loco que, con la que estaba cayendo, debería sentirse afortunado. Y me hizo el siguiente razonamiento: “En el proyecto en el que estoy inmerso puedo tener trabajo para un par de años, quizás tres. Ahora la empresa me ofrece más de veinte días por año trabajado. ¿Cuánto me ofrecerá dentro de dos o tres años? Veinte, o quién sabe si menos. Me han dicho que entonces quizás podría irme a México. Pero mi hijo el mayor ya está estudiando Teleco, el pequeño también está teniendo muy buenas notas, y México es una burbuja en la que solo existe el trabajo y la casa”.

Algunos días después me encontré con una amiga, ésta licenciada en Ciencias Empresariales. Ella trabaja en Bankia. Y ya le empiezan a temblar las piernas ante el plan de la entidad de reducir en un 25% la plantilla. Y, también en los últimos días, hablé con un amigo de la infancia. Éste no acabó la carrera de Derecho. Montó una papelería, se casó, tuvo una hija, y se separó. Tuvo que ceder la papelería a su ex mujer, y ahora trabaja como interino en la Comunidad de Madrid.

Yo conozco a los tres. Ellos, entre sí, no se conocen. Pero tienen muchos puntos en común. Aparte de estudios universitarios (unos concluidos, otros no), los tres superan los 40 años de vida ampliamente. Incluso alguno ya ha pasado la cincuentena. Llevan cotizando más de 20 años, hasta alguno se acerca a los 30 años. Y tienen metido el miedo en el cuerpo no solo porque sobre ellos acecha un despido por el que les van a dar cuatro duros, sino también porque, como mínimo, les quedan diez o quince años para jubilarse. Un retiro que, más que dorado, puede ser negro, muy negro. Porque, ¿quién les va a contratar dada su edad? Tienen hijos, hipotecas… como cualquier hijo de vecino. Lo curioso es que los tres coinciden en lo mismo: toda la vida trabajando… ¿para nada?