Opinion

Si quieren innovación: ¡no molesten!

Una de las palabras que me suscita más pereza es “innovación”. No se trata de que me esté convirtiendo en un Amish, sino que algunas palabras empiezan a prostituir radicalmente su significado cuando entran en el juego y en el debate político. La innovación, es por sí misma necesaria, el signo distintivo de una sociedad que progresa. Pero existe un tipo de innovación peligrosa: la “obsesión por la innovación” o el “innovar por innovar”. En otras palabras, la que carece de un fin concreto y que no supone una mejora útil para nuestro entorno.

Todos estamos de acuerdo en que se debe incentivar, premiar y apoyar la innovación que produce una mejora útil. La cuestión es definir cómo se potencian problemas innovadores. Nuestros científicos e ingenieros lo tienen fácil: generalmente lo resumen en más dinero para investigación e I+D. Obvio, pero no lo comparto al 100%. Antes de la crisis había todo tipo de ayudas públicas cuyo resultado no fue bueno. Se investigaba por investigar, y eso lo he vivido -¡y sufrido!- en mis propias carnes. Cuando se terminaba un proyecto no se tenía interés en sacar el producto al mercado. Más bien al contrario, el interés era diseñar y conseguir otra subvención para un nuevo proyecto, con lo que se garantizaban fondos para los siguientes meses. El negocio era seguir innovando. El medio se había convertido en un fin en sí mismo.

Entonces, ¿qué debemos pedir a nuestros dirigentes para que se fomente la innovación? Mi respuesta es clara: ¡que no molesten y que no quieran ayudar más!

Hace algunos años quisimos poner en marcha un proyecto biotecnológico, se trataba de decodificación de ADN por medio de la saliva. En él integramos algunas de las cabezas visibles de la genética molecular en España procedentes de hospitales públicos de referencia. Invertimos mucho tiempo y dinero, e instalamos un laboratorio con la última tecnología en Madrid. Durante más de un año desarrollamos un test genético que permitía conocer la predisposición de las personas a determinadas enfermedades. Esto resultaba útil, ya que, sabiendo nuestros puntos débiles, se podrían tomar medidas preventivas y personalizadas que mejorarán nuestra salud. Era un proyecto innovador, y muy ambicioso que pretendía almacenar en Internet el perfil genético de las personas con el objetivo de ir actualizando al interesado la información de nuevos descubrimientos relevantes para su perfil.

¿Qué ocurrió con aquel proyecto? Que nos topamos con los mismos que hoy se llenan la boca prometiendo fomentar la innovación.

Por sorpresa, se prohibió esta práctica dos meses antes de salir el producto al mercado. Se exigía que los test genéticos se realizaran bajo supervisión médica y no en laboratorio, lo que hacía ilegal e imposible nuestro modelo de negocio. En aquel momento España era el único país del mundo junto a Austria, que había tomado esa medida.

Igual que habíamos invertido en capital humano y un costoso laboratorio, toco irlo desmontarlo y despedir al personal contratado dos meses antes de salir al mercado. En ello estábamos cuando llego un fax a la oficina, la Comunidad de Madrid nos concedía una subvención al ser un proyecto tan innovador de 120.000 euros, a la que tuvimos que renunciar por motivos obvios. La cara del funcionario de turno fue “de traca” cuando le expliqué que no podíamos aceptar ese apoyo. Ése es el país en el que vivimos. Una administración te prohíbe, la de en frente te premia.

Hoy en día hay una docena de empresas que prestan este mismo servicio a nivel mundial. Ninguna de las líderes es española.

Apoyar la innovación es facilitar y buscar caminos. Es abonar el terreno, y no solo extender cheques. No se puede funcionar según la necesidad del político de turno de ponerse medallas como “el más innovador”, por mucho que esté de moda.