Economía

Muévete y el mundo se moverá contigo, detente y el mundo se moverá sin ti

La superación es poder romper los límites teóricos que cada uno de nosotros tenemos predefinidos. Hay pocas cosas más bonitas en la vida que lograrlo. El afán de superación debe tratarse como un valor universal y debe ser un objetivo que nos impongamos cada uno de nosotros. Sin embargo el concepto de superación personal es muy difuso y lleva a engaño. Es un ideal aspiracional y clave en la autosugestión y motivación; tal vez por ello es extremadamente raro lograr estos objetivos. He de decir que si miro hacia atrás no encuentro un solo hecho en mi vida en el que haya roto esa barrera teórica que separa lo factible de lo imposible. Creo que hay momentos en los que di el máximo e incluso algún esporádico momento en el que me acerqué a mi límite. Sin embargo, no recuerdo un solo fotograma de mi vida que pudiera enmarcarse como el momento en el que me vacié al máximo, en el que no cabía «ese poquito más» que es el que marca las grandes diferencias.

Superarse es ser Derek Redmon. Y este es un nombre que tal vez hoy en día a poca gente le trae recuerdos, pese a que su gesta ha quedado para la historia. Superarse es haber trabajado, es entrenar y centrarse en algo, en lo que sea, durante un periodo largo de la vida. Dedicarse a una cosa concreta y esforzarse al máximo durante años y que, si llegado el momento todo se cae como un castillo de naipes, algo extraordinario pueda suceder llevándonos a una inesperada nueva dimensión. Los pocos que lo logran y que superan sus límites son los que dictan la historia.
Derek Redmon era un brillante atleta británico, nadie podía negarle enormes posibilidades de luchar por la medalla de oro de los 400 metros lisos en los Juegos Olímpicos. Trabajó duro durante 4 años y ni siquiera las 13 operaciones a las que se sometió con objeto de superar sus insistentes problemas en el talón de Aquiles hacían mella en sus posibilidades.

Su objetivo era dar el do de pecho en tan sólo 45 segundos, los que correría en la final de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992. Es esta una profesión cruel: años de trabajo invertidos que deben capitalizarse en pocos segundos, sin opción al fallo y con el añadido de caminar con una espada de Damocles encima que parece avisarte de que, en breve espacio de tiempo, te llegará la jubilación forzosa de la élite. Si lo piensas, focalizar tu vida y tu carrera profesional en 45 segundos es de por sí un esfuerzo tan generoso como loco y arriesgado. Lo inesperado hizo que Derek encontrara, por casualidad, que realmente él era mucho más de lo que creía. Era más que un atleta.
El día señalado en su calendario salió a darlo todo. Parecía ir bien hasta que pasados los primeros cien metros Derek se lesionó fortuitamente el tendón de la corva. Tan sólo duró un instante, un insoportable dolor, y se desplomó junto a sus ilusiones mientras el resto de atletas se alejaba. El mundo se le vino encima pero, sufriendo y aturdido, a duras penas logro ponerse en pie con la ayuda de su padre, que saltó desde el público a la pista a recoger a su hijo caído. A la pata coja, con inmenso dolor, abrazado a su padre y llorando, concluyó la carrera y cruzó la meta en medio de la incrédula ovación del público. No sé si hubiera ganado o perdido. No importa. El obstáculo con el que se topó le hizo superarse: sobreponerse a su frustración, al intenso dolor, encontrar una motivación junto a su padre, querer acabar aunque fuera minutos más tarde que sus rivales y a la pata coja.
Aunque no fue consciente en aquel momento, y tal vez ni siquiera hoy lo sea, Derek sí ganó esa carrera. Por ello, 21 años después nadie recuerda quién ganó aquella medalla de oro, es un hecho intrascendente, pero la historia de superación personal que nos ofreció Redmon hace que aún hoy siga siendo recordado.