Mercados

Una sociedad partida en dos

Trescientas personas aguardan en la puerta. Hay jóvenes y mayores; españoles e inmigrantes; mujeres y hombres, muchos hombres… Todos esperan el desayuno. Uno de ellos se llama Miguel, es madrileño, tiene 29 años y trabajaba en la hostelería hasta que perdió su empleo en 2010. A su lado hace cola Mihail, un rumano que frisa la cuarentena y trabajaba en la construcción. Miguel prefiere quedarse para él dónde vive, no nos lo cuenta. Mihail reconoce abiertamente que su casa es la calle. “Hace meses que me echaron de un piso compartido y no puedo pagarme otra cosa”, admite. Ambos acuden desde hace meses al comedor social de las Misioneras del Santísimo Sacramento. La escena tiene lugar en el centro de Madrid, en uno de los barrios de ocio más importantes de la ciudad, Alonso Martínez.

A sólo dos paradas de metro está la milla de oro, la zona que concentra el mayor número de tiendas de lujo de todo el país. Esta otra fotografía recoge el bullicio de decenas de personas que lucen abrigos, zapatos y complementos caros mientras, entre sonrisas, pasean de tienda en tienda y se cargan de bolsas.

Separadas por apenas cinco minutos en el subterráneo y a poco más de un cuarto de hora a pie, ambas instantáneas reflejan la imagen de una sociedad con dos realidades cada vez más alejadas porque esa dualidad entre ricos y pobres se está acelerando: la cifra de parados suma y sigue y se acerca ya peligrosamente a los 6 millones de personas, las reducciones salariales empiezan a ser generalizadas y los recortes presupuestarios están sacrificando en gran medida lo social. Las consecuencias de esa brecha entre  los que más acumulan y los que menos tienen también empiezan a ser evidentes en el goteo de estadísticas internacionales y domésticas. En todas ellas, el resultado es demoledor para España.

En el podio. Si empezamos echando un vistazo a cómo estamos en comparación con los Estados de nuestro entorno, los resultados hablan por sí solos: nuestro país es el segundo con mayor desigualdad social de la eurozona, sólo por detrás de Portugal y muy por encima de la media europea, según los últimos datos disponibles –de 2011– del coeficiente Gini, el principal indicador para medir la diferencia de ingresos o riqueza entre los ciudadanos. Al ampliar nuestras miras a los Veintisiete, el resultado va en la misma línea: España es el cuarto más desigual de la UE, ya que, en este caso, le adelantan Letonia y Bulgaria. Sólo cuatro años antes, ocupábamos la décima posición.

En clave interna y si ponemos el foco en la parte baja de la estructura social, estas listas que nadie quiere encabezar se traducen, sobre el terreno, primero en porcentajes y, después, en historias de gran crudeza. En España hay 12,4 millones de personas en riesgo de exclusión social; uno de cada cinco ciudadanos está por debajo del umbral de riesgo de pobreza –vive con menos de 7.355 euros al año–; 1,7 millones de hogares tienen a todos sus miembros en paro; al 13% de las familias les cuesta llegar a final de mes y el 30% de los trabajadores son mileuristas. Son datos oficiales.
ChanelbeunoSi miramos a la parte alta, los límites no están tan claros. No hay una definición cerrada sobre a quién se le considera rico ya que, además de la renta, hay que tener en cuenta la importancia de lo que suma el patrimonio. Eso sí, en la mayoría de los países que se ha implantado un impuesto a las grandes fortunas la barrera está en los 300.000 euros. Sirva como dato ilustrativo que, en 2007, había casi 194.000 españoles cuyos salarios superaban los 100.000 euros y, en 2011, eran algo menos de 150.000 ciudadanos. Ahora bien, el INE refleja que los millonarios, lejos de haber visto mermadas sus fortunas en el peor escenario económico en 80 años, las han visto crecer si tenemos en cuenta los patrimonios de sus sociedades de inversión, las llamadas sicav, que se han incrementado en algunos casos hasta un 50 %. Los más ricos serían, por tanto, menos en número pero más ricos. Con estas dos realidades tan dispares encima de la mesa, hay unanimidad en que la crisis va a dejar a su paso un cambio importante en el mapa social español.
Cambio estructural. La transformación ya empieza a notarse, pero puede ir a más si la situación económica actual se prolonga en el tiempo. El principal riesgo radica en que el incremento transitorio de la pobreza y la desigualdad se convierta en crónico. “Se trata de un fenómeno estructural, esta crisis cambiará el ADN de la sociedad”, avisa el coordinador del equipo de estudios de Cáritas, Francisco Lorenzo. “Es evidente que son muy pocos los que se aprovechan de la crisis, pero la cadena siempre se rompe por el eslabón más débil”, advierte Federico Prades, el asesor económico de la Asociación Española de Banca (AEB). “Todos saldremos más pobres”, insiste el profesor del IE Business School, Fernando Fernández, para criticar un sistema fiscal que grava con el 35% las rentas medias y un mercado laboral que no es lo suficiente flexible.

La mutación social avanza de abajo arriba. Como hemos visto, los estudios más recientes confirman que hay más pobres y con menos recursos. “La desigualdad ha aumentado de manera considerable en España ya que los ingresos del 10% de la población con menores rentas han disminuido de forma importante”, apunta la directora de Empleo de la OCDE, Ana Llena-Nozal. Cáritas alerta de que el número de personas que atienden sus servicios sociales supera ya el millón después de haberse visto multiplicado por tres desde 2007. Pero, ¿cómo son esos nuevos pobres que algunos han venido en llamar pobres limpios? Se trata de personas que estaban en la parte baja de la clase media y que han descendido un escalón, ciudadanos que tenían empleos precarios pero que, aunque mal pagados, podían cumplir con las necesidades básicas y que, ahora, en el paro y habiendo agotado los subsidios, no pueden. “Muchos nunca se imaginaban así”, destaca el presidente de la Plataforma del Voluntariado, Luciano Poyato.

Los perfiles son diversos, pero los más repetidos responden a parejas jóvenes que se han quedado sin trabajo y están atrapados por hipotecas inasumibles (ha habido casi 400.000 desahucios desde que empezó la crisis, según el CGPJ), a mujeres inmigrantes y a personas de más de 50 años que han perdido su empleo. Desde el tercer sector ponen el acento en que los primeros en bajar un peldaño social fueron los inmigrantes y, después, se ha producido “una españolización” de este fenómeno. Lorenzo advierte de otro riesgo: que los nuevos pobres, por lo llamativo de muchos de sus casos, hagan aún más invisibles a los que ya eran pobres antes de la crisis (la tasa de pobreza estaba en máximos, en el 20%, en 2007). La colaboradora de Metroscopia en temas de desigualdad, Violeta Assiego, insiste en que la exclusión social y la pobreza no son fenómenos de la crisis, pero destaca que “el sentimiento de angustia y empobrecimiento es una constante en casi la mitad de las familias”.

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Precisamente, esta percepción alerta sobre la situación en la que se encuentra la clase social más numerosa y sobre cuyo futuro hay más dudas: la clase media. “Es la que más nos preocupa porque hasta hace tres años estaba en una situación de equilibrio económico y bienestar, pero hoy está muy débil: o se recupera o cae”, llama la atención Poyato. ¿Se fortalecerá o cejará en el empeño?

Hay opiniones para todos los gustos, aunque las que más se dejan oír son las pesimistas. El catedrático de Economía de la Universidad Ramón Llull, Niño Becerra, advierte de que “habrá un trasvase de la mayoría de los miembros de la clase media a la baja”. El mismo escenario vislumbra el periodista y autor del libro España, destino Tercer Mundo, Ramón Muñoz: “La clase media camina hacia su extinción”. Los técnicos de Hacienda (Gestha) en su informe titulado, sin medias tintas, Adiós a la clase media, concluyen que la crisis ha arrastrado a dos millones más de personas a la precariedad (ingresos familiares menores a 12.000 euros brutos anuales) y ya son 20,6 millones. Su presidente, Carlos Cruzado, denuncia que estamos en esta situación en parte porque “las subidas fiscales han recaído en las clase media y baja”.

Hay pareceres más prudentes. José Ramón Pin, profesor del IESE, reconoce que “la clase media se está estrechando”, pero descarta su desaparición y, en todo caso, apunta a que también habrá una nueva clase media integrada por emprendedores. Prades avisa de la situación de fragilidad de la clase media del futuro, los jóvenes, hoy en la mitad de los casos sin trabajo; mientras el vicepresidente del Instituto de Estudios Económicos (IEE), Juan Iranzo, lanza todo un aviso a navegantes: “Cualquier deterioro de la clase media es muy negativo para la estabilidad social”. Más optimista, el presidente del Círculo Fortuny, la asociación de empresas de lujo, Carlos Falcó, admite que “las clases medias han sufrido más con la crisis”, pero se muestra seguro de que “serán las primeras en recuperarse”.

La radiografía de los ricos tras la crisis deja otro diagnóstico. El catedrático de Economía de la Rey Juan Carlos, Luis Ayala, recuerda algunos autores defienden que “los hogares de mayor renta suelen salir bien parados de las crisis, con importantes caídas iniciales de sus rentas, pero seguidas por prolongados aumentos hasta superar los niveles previos a la recesión”. “Los ricos pagan la crisis en la medida en que tengan activos financieros”, insiste Fernando Fernández para recordar que “en las crisis se reparten otra vez las cartas”. El Informe sobre Riqueza en el Mundo de Merrill Lynch avala en parte ambas teoría: en España, el número de millonarios –particular con más de un millón de dólares en activos–, experimentó un importante descenso en 2008 (cayó de 164.000 a 127.000 personas) pero, después, se ha ido recuperando y se sitúa ya en los 140.000, a niveles de 2004.

Pesimismo general. ¿Cómo miramos al futuro? Aunque los economistas recuerdan que las familias constituyen una pieza clave para la sociedad –300.000 hogares viven con la pensión de los abuelos–, en líneas generales, se afronta con pesimismo. Ocho de cada diez españoles están convencidos de que cuando acabe la crisis la sociedad será más pobre y más desigual, según Metroscopia. Además, casi el 90% de la población cree que España tardará “mucho” en volver a la situación económica y social de hace seis o siete años. La población no se atreve a poner fechas, pero ONGs como Intermon Oxfam sí. Mirando a las décadas pérdidas de América Latina y Asia advierten de que, si se mantienen los recortes sociales, podría llevar entre 15 y 25 años recuperar el nivel de bienestar de 2008. Estos estudios son buenos, pero se hacen para que no se cumplan, son señales de alarma. “Nunca lo que sucede es independiente de lo que hagamos”, concluye Prades. Aún estamos a tiempo.