Economía

Diagnosis, prognosis y tratamiento

Desde hace unos meses se percibe un cierto movimiento en la gestión de la política económica de la zona euro, el subsistema que resulta ser ahora el más amenazante para la recuperación mundial. Parecería como si la Comisión hubiera reaccionado al rumor de fondo sobre su irrelevancia institucional o puede que las ideas empiecen a desenmarañarse en el seno de las diversas instituciones internacionales. En cuanto a la diagnosis de la crisis, no parece haber discrepancias significativas ya que nos hemos puesto de acuerdo en que la burbuja inmobiliaria, el sobreendeudamiento tanto público como privado –especialmente el bancario–, junto con la asimetría informacional sobre la situación, más o menos mala, de los balances bancarios han estado en el origen de la presente crisis que ha impactado en prácticamente todo el mundo.

Esta diagnosis generalizada no ha llevado, sin embargo, a una prognosis compartida. Hasta muy recientemente, la discusión parecía oscilar entre la esperanza en la rapidez relativa de la recuperación de los EEUU de América a base de un QE (Quantitative Easing) por parte de una Reserva Federal que actuaba sobre unos bancos con balances ya limpios a cambio de un incremento sustancial del endeudamiento público, y la desesperanza, también relativa, en la recuperación de la zona euro cuyo banco central comenzó haciendo lo contrario y no acaba de decidirse, hasta este momento, a hacer algo parecido a pesar de que la situación es ya amenazante incluso para los países del norte del contiente europeo.

Posiblemente haya podido ser la llamada Abenomics de Japón la que haya servido para acercar los pronósticos. Como es bien conocido, la pieza central de esta nueva política económica es un QE brutal que persigue, después de años de arrastrar las dificultades de un sistema bancario que no funcionaba, sobrepasar la deflación generando un poco de alegría inflacionista y, de paso, una devaluación del yen que tire de la demanda exterior, cosas estas que han servido para acercar posiciones y generar una cierta ilusión de que los pronósticos podrían no ser, después de todo, excesivamente pesimistas. Es justamente en este ambiente menos cargado de pesimismo en el que hace más o menos un mes la Comisión anuncia ya lo que el Consejo aprobará formalmente con toda seguridad y que, a mi juicio, prologa actuaciones más osadas del BCE en el ya cercano otoño.

Pues bien, las recomendaciones a España por parte del Consejo son un ejemplo sutil de este nuevo espíritu. Ante la recesión producida por las políticas de austeridad puestas en marcha, se concede a España una prórroga significativa en la reducción del déficit público anual hasta el año 2016 en el que deberá alcanzar el famoso 3%. Pero todavía no ha llegado el otoño y lo que a cambio de esta prórroga se exige es un reforzamiento más detallado de políticas ya sugeridas en el pasado y puestas en práctica con disciplina irreprochable. No será fácil, ni indoloro, ni políticamente neutro aumentar impuestos reduciendo los productos sujetos a un IVA reducido, o aumentar de facto el Impuesto de Sociedades o el IRPF mediante la limitación de deducciones.

Todavía más conflictiva será la profundización de las reformas laborales que tanto enfrentamiento han provocado alrededor de la eliminación de la dualidad y de la sugerencia del contrato único para lograrlo y que todavía van a provocar más sufrimiento ahora que el desempleo es ya insufrible. Por otro lado nada tendrá que envidiar en cuanto a tensiones sociales la reforma de las pensiones con la famosa fórmula de sostenibilidad de cuyos efectos distributivos todavía no se ha empezado a hablar en serio. Pero es justamente este último punto y el precedente del Pacto de Toledo lo que me hace concluir que, por primera vez en años y aunque no vea luces ni sienta brotar nueva vida, me parece posible caminar por un cierto sendero de pacto general y acuerdos específicos que permitan un giro en la convivencia que elimine su peligroso enrarecimiento.