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Salvando la jubilación

Nuestro sistema de pensiones tiene una salud razonable. Eso, al menos, es lo que piensa Marcos Peña, presidente del Consejo Económico y Social (CES) y secretario de Estado de Empleo en el último gobierno socialista de Felipe González. Para empezar, mantiene un coste manejable para el Estado: “Muy inferior al modelo francés o al italiano. Los transalpinos están en el 16,4% del PIB. Los galos, en el 14,5%. Y nosotros en el 10,8%. Es engañoso decir solo esto, porque nuestras altas en el Régimen van a ser muy numerosas, y las de ellos, no tanto. Vamos a tener años malos. Pero está bastante bien”, dice Peña. Además, mantenemos una pensión media digna: “1.180 euros en 2012 no está mal. Ha hecho que cristalice una nueva clase social, la de los mayores de 65 años. Tenemos 3,1 millones de hogares cuyo referente familiar es el pensionista”, añade.

El problema es que la sociedad está cambiando, y el régimen de pensiones también ha de hacerlo para mantenerse. El sistema funciona con un método de reparto: los ingresos generados hoy por las cotizaciones de los trabajadores se destinan a los actuales pensionistas. Pero éstos crecen a mayor ritmo que aquellos: “Se espera que los 9 millones actuales de pensionistas pasen a 15 millones en 2050. Es previsible que el número de pensionistas aumente más rápidamente que el de cotizantes, provocando una disminución de la pensión media sobre el salario medio”, señala Mercedes Ayuso, catedrática de la Universidad de Barcelona e integrante del Comité de Expertos reunido para la reforma de las pensiones. Además, el aumento en la esperanza de vida hace que se perciba la prestación durante más tiempo: “Los sistemas que aplicamos parten de una época en la que la edad de jubilación coincidía casi con el fallecimiento. Hoy en día, los varones cobran la pensión una media de diecisiete años; las mujeres, veintiuno. Cada vez se va a achatar más la población activa y se va a ampliar la de mayores de 65 años. Todo eso hay que cuadrarlo”, dice Marcos Peña.

Haber hecho los deberes tiene sus efectos positivos. “Se ha conseguido un fondo de 60.000 millones de euros que está bien. Hay que utilizarlo. Bienvenido sea que existe. Pero tampoco va a ser la solución que, ante cada déficit, tiremos del fondo. Como es lógico, se agotará”, dice Peña.
Y aquí hay que tener en cuenta que los gastos en pensiones no paran de aumentar por tres razones: por el creciente número de pensionistas, el efecto sustitución –como consecuencia de la mejora económica y del incremento de la productividad, los jubilados de hoy perciben unas pensiones más elevadas que los que fallecen y salen del sistema– y la revalorización. Los ingresos han de ser iguales a ellos, y eso solo puede conseguirse aumentando los impuestos o el empleo –y los ingresos que llegan a través de él–. El aumento de 9 a 15 millones de pensionistas de aquí a 2050 supone algo menos del 1,4% de incremento de gasto. El efecto sustitución puede suponer un crecimiento del 0,8% anual, según Rafael Doménech, jefe de Economías Desarrolladas de BBVA Research.

El índice de revalorización se ajustará al IPC más-menos el 0,50%.Los dos primeros capítulos suman un crecimiento previsto del 2,2% en los gastos. Por tanto, los ingresos deberían crecer en la misma medida. Como la productividad en España ha subido un 0,6% de media anual en el último ciclo económico, se debería apuntar a un crecimiento económico del 1,6% como mínimo para igualar a los gastos, aunque no sería suficiente: “Tardaríamos treinta años en volver a alcanzar el nivel de empleo de 2008. Tendríamos un gran problema”, señala Doménech. Por eso este experto estima que hay que ser más ambiciosos: “Si la productividad siguiera siendo la misma y creciéramos un 2,5%, tardaríamos la mitad de tiempo. Con ese porcentaje, se acabarían los problemas de las pensiones: hasta ganarían poder adquisitivo. Así que ese debe ser el objetivo”. Para ir ajustando, el Gobierno irá usando dos instrumentos: el índice de revalorización, para equilibrar entre ingresos y gastos, a partir de 2014, y el factor de sostenibilidad, desde 2019, un mecanismo automático que vincula el importe de las pensiones a la evolución de la esperanza de vida buscando la equidad intergeneracional; es decir, intentando obtener similares cuantías para las personas que se jubilan a lo largo del tiempo.

Junto a estas dos grandes medidas, quizá en el futuro sea oportuno implantar otras. “Podrías plantear a una persona que, si se jubila a los 68 años –tras la reforma de 2011 es obligatorio hacerlo a los 67–, le bonificas. Por ejemplo, reduciéndole las cotizaciones sociales. Imagínate que son el 24% del salario. De buenas a primeras, si trabajas otro año, cobras un 24% más. Puedes encontrarte perfectamente de salud y aceptas este incentivo”, señala Rafael Doménech. Otra posibilidad es apostar por el fondo austriaco: “Es un salario diferido. Puedes ir rotando de empresa en empresa, pero eso no afecta al dinero que se destina a tu cuenta individual.

Al cabo de 35 años de vida laboral, puedes haber usado parte de ese fondo o no, porque no has estado nunca parado. En ese caso, cuando te jubilas, te llevas toda tu cuenta individual. Nosotros hemos calculado que, para que funcionara bien, bastaría con destinar un 2,16% del salario bruto anual. Ese porcentaje, al cabo de 35 años, sería más de un 80% del sueldo”. Una medida más que podría ayudarnos a tener una jubilación más digna.