Economía General

La colaboración reta al capitalismo

Seguro que se acuerda de Napster y de cómo la industria de la música se gastó miles de millones en luchar contra esta plataforma que permitía el intercambio de canciones entre los usuarios de Internet. Con el paso de los años, y de cientos de denuncias, se logró que la plataforma P2P (persona a persona) formara parte del sistema. Pero, ¿sirvió esta guerra para que no surgieran más ‘Napsters’? ¿Y logró que no cambiara nada en un sector dominado por cuatro empresas? No, no y no. A Napster le siguieron clones como Kazaa, eMule, eDonkey o BitTorrent hasta que apareció el streaming, encabezado por Spotify, y la música abandonó la ilegalidad. Mientras, la industria ha tenido que reinventarse, ya que ahora la mayoría ya no compra como antes, sino que prefiere compartir.

socialcarA grandes rasgos, el consumo colaborativo se basa en la premisa de que no es necesario acumular sino que es mejor intercambiar lo que se tiene con otros y si por el camino se puede sacar un beneficio, pues mejor que mejor. Esta filosofía choca con el orden establecido y preocupa a sectores que ven cómo esta nueva tendencia les araña mercado. Uno de los lobbies más guerreros es el de los hoteles, que sufre el auge del alquiler de habitaciones entre particulares. Para evitarlo están aliándose con las Administraciones para cambiar las leyes y luchar contra este fenómeno. ¿Ejemplos? Hamburgo, Berlín, Nueva York o Mallorca, donde se están preparando normas que intentan frenar el negocio de plataformas que ponen en contacto a particulares, que sacan beneficios de ceder habitaciones de su casa. Como en la música, el resultado conseguido no parece capaz de frenar esta tendencia. Y para demostrarlo contamos con ejemplos como Airbnb, que acumula más de un millón de reservas en un año. “Cuando te ves amenazado, lo más sencillo es demonizar lo que no entiendes. Y ahora muchas empresas, que mantienen una posición dominante por la regulación, como ocurre en el campo de los hoteles, los taxis o la energía”, explica Albert Cañigueral, fundador de www.consumocolaborativo.com, páginas de referencia del sector.

La tienda de consumo colaborativo Cadenetta.
La tienda de consumo colaborativo Cadenetta.

Pero, cuidado, el consumo colaborativo no apoya la ilegalidad. Muy al contrario, el sector celebra cualquier regulación, como la que se ha dictado en California creando una figura específica para el transporte. “Es la primera vez que ocurre. Eso es bueno ya que ser alegal es peligroso”, añade un Cañigueral que, como muchos, no cree que estemos ante una moda que se ha hecho popular gracias a la crisis y al uso de las nuevas tecnologías. “Esto es mucho más. Responde a una nueva realidad en la que el hiperconsumo sin freno no tiene cabida”, añade. ¿Exagerado? Para nada. Y para demostrarlo ahí están gigantes como eBay, que redistribuye las posesiones o Netflix, que permiten disfrutar de un producto sin tener que comprarlo.

Lluvia de millones. Esta nueva economía ha venido para quedarse y para inculcar algo de ética en el capitalismo. A pesar de ello no estamos hablando de los indignados de los negocios, sino de ideas millonarias. Tanto es así que muchas firmas han captado inversiones de fondos de capital riesgo. Una de las más recientes es el desembolso de casi 200 millones de euros que Google ha realizado en Uber, una empresa que se dedica al alquiler de coches con chófer. Otros ejemplos son el de Airbrb, que recibió una inyección de 90 millones en 2011 y la firma de intercambio de ropa ThredUP, con otros 70. ¿Y en España? Pues solo en el segundo semestre de 2013, se han invertido dos millones de euros en startups colaborativas, como Rentamus, Percentil, Etece, Bluemove o JoinUp Taxi.

Como se puede ver, las firmas de esta nueva economía atraen dinero, y se ven capaces de competir en casi cualquier campo, aunque esté repleto de dificultades. Eso es lo que ha hecho Ana Lucas, con Cadenetta, una empresa de venta de ropa usada para niños, que ha logrado inculcar el consumo colaborativo en una ciudad elitista como Torrelavega (Cantabria). “Ha sido complicado. La gente se pensaba que la segunda mano era para los que no tienen dinero. Pero cuando ven que las prendas están como nuevas, y que es de buenas marcas, se animan”, explica esta periodista que tras ser madre y quedarse en paro apostó por convertirse en empresaria. Primero abrió la tienda física y luego la plataforma online, donde recibe pedidos de toda España. “Cada día llegan más encargos, lo que demuestra que la sociedad ha cambiado sus hábitos de compra”, corrobora.

La web de Chicfy.
La web de Chicfy.

Nono Ruiz, uno de los fundadores de Chicfy, también está convencido de que la recuperación económica no irá en contra de estos negocios, que ahorran dinero a los clientes. Por ese motivo, en febrero de 2013 lanzó el mercadillo de ropa más grande de España. “Tenemos 50.000 prendas a la venta y cada día se suben 600 productos nuevos. En menos de un año, la plataforma ha servido para vender 10.000 artículos”, explica. La clave del éxito ha sido la de crear el eBay de la moda. “Chicfy es un market place donde los clientes ponen a la venta lo que ya no quieren de su armario. Nosotros nos llevamos el 20% de cada transacción”, añade el fundador.

Otro sector donde el consumo colaborativo ha experimentado un gran auge ha sido el alquiler de vehículos entre particulares. “Un coche es un bien que está aparcado en el garaje el 98% del tiempo sin darle ningún uso productivo. Por fortuna, esto ha cambiado”, explica Alexandra Ramió de Social Car, una firma creada en 2011 que en la actualidad cuenta con 5.000 usuarios que alquilan su coche por horas o días. “Cada mes cerramos unos 200 alquileres, de los que nos quedamos el 15% de comisión”, añade. En este mismo sector también tenemos a BlaBlaCar, que está sufriendo en la actualidad la persecución por parte de las firmas más tradicionales.

 

Kantox.
Kantox.

Próximo objetivo: la banca. Esta nueva manera de hacer negocios ha calado hasta en el sector financiero, que ve con recelo el auge de empresas como Kantox o Trocobuy. “La empresa surge como respuesta a las altas comisiones que los bancos cargan en los cambios de divisas. Por eso Kantox es transparentes y cobra unas comisiones que van del 0,09% al 0,29% mientras que con los bancos pagas entre el 2% y el 2,5% de cada cambio”, explica Philippe Gelis, que presume de haber movido más de 250 millones de dólares y de contar con 400 empresas como clientes. “La clave es que estamos regulados y somos más baratos. Por eso esta empresa ya tiene 32 empleados y ha hecho operaciones de cambio de divisas en 13 países”, añade.

trocobuyTrocobuy también dispara a la línea de flotación de la banca. En este caso a la financiación. “La empresa presta dinero a autónomos y empresas. Y lo hacemos sin pedir avales. Tampoco cobramos gastos y tenemos una morosidad del 0,15%, que no es nada”, asegura Mikel Egidazu, director de Operaciones para Europa de la firma. ¿Y cómo lo logran? “Somos un market empresarial. Te damos entre 3.000 y 300.000 euros pero te los tienes que gastar comprando en nuestra plataforma, donde hay 100.000 productos y servicios ofrecidos por 8.000 empresas. De esta forma, el cliente no tiene que tocar su cash sino que compra y vende en su cuenta de Trocobuy. Así, pagando en especie, devuelve su crédito”, añade Egidazu. Con este novedoso sistema, la compañía ha prestado 66 millones de euros en un año, lo que la ha convertido en referente de la financiación no bancaria. “Nos llaman para preplicar el modelo en otros países”, asegura. Su caso, y el del resto de firmas comentadas, es solo una mínima parte de lo que la economía colaborativa está consiguiendo. Un fenómeno que ha llamado la atención de escuelas de negocios, como Foxize, que celebran jornadas para estudiarlo. Quién sabe, pero quizá dentro de poco la divisa más valorada no será el euro, sino una nueva llamada confianza.