Economía General

¿Podemos volver a creer en los sindicatos?

Hablar con José Luis Fernández es como escuchar la historia que uno quiere oir. En su sindicato, USO, el tercero más representado en España, se miran los gastos al milímetro. Nadie coge un taxi, salvo en caso de fuerza mayor. En el gabinete de estudios tienen una persona. En prensa, “persona y media”. Se cambian los ordenadores “cuando fenecen”. Y, si a alguien se le ocurriera pedirle un masaje a alguna empleada, como hizo el ex secretario general de UGT en Andalucía, “probablemente saldría por la ventana”.

La austeridad y el sentido común de este sindicato pequeño llama positivamente la atención, cuando a los grandes se les ha relacionado con distintos escándalos de corrupción, como el de los ERE de Andalucía. Pero, afortunadamente, incluso en las principales organizaciones parece que está empezando a cundir el buen ejemplo. “Recientemente hemos elevado mucho el nivel del código ético de obligado cumplimiento. Por ejemplo, en lo que se refiere a la ostentación. Tener vehículos modestos, gastar de acuerdo a nuestra condición social… No somos políticos de empresa”, señala José Javier Cubillo, secretario de Organización y de Comunicación de UGT.

¿Será que algo está cambiando en uno de los principales agentes sociales? Ojalá que sea así, porque todos los expertos reconocen que su papel es clave en nuestra sociedad. Para Jaime Montalvo, catedrático de Derecho del Trabajo y ex presidente del Consejo Económico y Social (CES), no solo está claro que la crisis ha realizado un daño directo brutal a la economía y el empleo. También que ha tenido unos efectos colaterales que han golpeado muchísimo a determinadas instituciones. Entre ellas, a los sindicatos. “La reflexión no es solo si lo han hecho mal, que seguro, sino su insuficiente capacidad para acometer y dar respuesta al fenómeno de la crisis”, señala. Esto es algo que los propios sindicatos admiten: “Como los problemas económicos y de empleo han sido tan graves, se ha producido una distancia entre nuestra respuesta y la que los trabajadores querían. Los niveles de eficiencia se han visto mermados, y eso afecta a nuestra imagen”, admite José Javier Cubillo.

Aún así, Jaime Montalvo resalta que no se puede atribuir a los sindicatos una mayor responsabilidad que a los partidos políticos en lo que se refiere a la mala situación actual, y que sería disparatado pensar en una democracia sin cualquiera de estas dos instituciones. Para este catedrático, nuestro modelo de futuro debe pasar por unos sindicatos fuertes, renovados, con alto sentido de responsabilidad. “Lo han tenido durante muchos años en nuestro país. Nuestro sistema político, económico y de libertades sería peor sin ellos”, sostiene.

Para el ex presidente del CES, cualquier economía de mercado necesita un contrabalance. “No quiere decir hostigamiento o confrontación, sino ponderación de intereses. Diálogo con el propio capital. Sin él -insiste-, el sistema económico sería peor”, insiste. De hecho, puntualiza, “no hay ninguna economía poderosa sin sindicatos de cierta relevancia. Corea del Norte o Cuba no tienen. Los principales enemigos de Venezuela han sido los sindicatos tradicionales”, señala. Por eso, en su opinión, es correcto criticarles, pero hay que buscarles una salida.

Aunque su imagen ha tocado suelo en las últimas encuestas del CIS –son los peor valorados, algo por delante de partidos políticos y Gobierno–, era buena antes de la crisis, lo cual tiene mérito después de treinta años de funcionamiento. Los sindicatos han ayudado al crecimiento de la economía, a su modernización y a la mejora social del país. “Aunque, sin duda, hay que revisarlos”, señala Montalvo.
Para este catedrático, “tener unos sindicatos fuertes ha ayudado a la reconstrucción del tejido productivo en España, algo que no habría sido posible si hubieran sido débiles”. Tuvieron un papel destacado en la reconversión industrial. “Sin ellos y sin gente como Corcuera, no se habría podido llevar adelante”, afirma Montalvo.

Como se hizo en toda Europa, en España se optó por tener unas organizaciones mayoritarias para que hubiera una mejor interlocución con las empresas y los poderes públicos. Si esta decisión ha tenido sus efectos positivos, también ha traído problemas. “Al darles el monopolio en la negociación de los convenios colectivos, su atención se centró demasiado en ellos, y menos en los centros de trabajo. Esto último es esencial para estar en la realidad y actuar desde ella. Luego llegó la crisis”, señala Montalvo.

En el plano positivo, una de las sumas se da en la imagen de cara al exterior. “Hace unos años estuve en un viaje a Alemania, reunido con empresarios y dirigentes del principal sindicato del metal. Allí los sindicatos pedían subir los salarios un 7% en medio de la crisis. Aquí aceptaban quedarse más o menos en el 0%. Me decían: si tuviéramos unos sindicatos como los españoles…”, apunta Montalvo. Según el ex presidente del CES, la principal empresa de automoción japonesa y la Volkswagen alemana valoraban especialmente bien a nuestros sindicatos por la paz social que aportaban.

Una de las críticas habituales que suele hacerse a los sindicatos es su relación con los partidos políticos. “No tengo constancia de cercanía a ellos desde los años 80”, señala Fernando Lezcano, responsable de Comunicación de CCOO. En su contra juegan elementos como la presencia de Paloma López, dirigente de su organización, en el número dos de las listas de IU para las próximas elecciones europeas. “No ha tenido nada que ver con nosotros. Ni Cayo Lara nos llamó, ni Ignacio Fernández Toxo se lo pidió a él. Ella es militante del partido, lo planteó y lo hizo”, señala Lezcano. “UGT y CCOO han tenido conexiones fundacionales con PSOE y Partido Comunista, respectivamente. Pero han dejado de tener una línea tan directa desde hace mucho tiempo. Su autonomía respecto a los partidos políticos ha aumentado, aunque quizá tienen más relación con los fundadores que con el PP”, admite Ignacio García-Perrote, catedrático de Derecho del Trabajo y socio de Uría Menéndez.

Aunque reconoce que han hecho cosas mal, Fernando Lezcano considera que el empeoramiento de la imagen de los principales sindicatos tiene también que ver con una campaña mediática. “Desde que organizamos la primera huelga general al PSOE en 1988, ya se decía que estábamos agotados, que éramos unos dinosaurios y que no éramos comprensivos”.  Sin embargo, desde el propio gremio se señala la relación con la política como una de las principales causas de desprestigio. “No hay que cuestionar al Gobierno por sistema. Para eso ya está la oposición”, señala José Luis Fernández Santillana, secretario confederal de Relaciones Institucionales y Comunicación de la Unión Sindical Obrera (USO).

El conflicto entre lo que piensa el delegado sindical de una empresa y lo que impone su matriz está siendo otra fuente de debilitamiento. “En el ERE de Coca Cola, la empresa estaba dispuesta a negociar. Nosotros también, pero no era así en el caso de UGT y CCOO. La cúpula de UGT, que era el sindicato mayoritario, desautorizó a su delegado; CCOO solo era partidaria de la movilización y de no cerrar las factorías”, señala José Luis Fernández. Su sindicato –como otros– tiene experiencia de que a veces medidas traumáticas calan bien entre los trabajadores. “En Nissan, donde somos los principales, llegamos a un acuerdo en 2012 para mantener empleo a cambio de bajar salarios. Vinieron nuevas líneas de producción y hay trabajo para varios años. Antes de firmar el acuerdo, se sometió a referéndum. Nosotros no decidimos por la gente. Algún sindicato estaba en contra”.

¿Capacidad negociadora? Con todo esto, no se quiere decir que CCOO no tenga carácter dialogante. “Cuando hemos podido llegar a acuerdos con el PP, lo hemos hecho. Solo nosotros firmamos el acuerdo de pensiones”, recuerda Fernando Lezcano. En opinión de este veterano sindicalista, “cuando se aborda un convenio, se puede comprobar que somos gente normal. Cuando impones o te sitúas en una postura intransigente, hay que recurrir a la movilización, que es el arma de resistencia de los débiles”. Según Lezcano, “las relaciones laborales son relaciones de poder. Como las familiares o las de cualquier otro organismo. Hay alguien que lo ejerce y alguien que lo sufre”. En esta línea, esgrime que su sindicato está orgulloso de defender su ideario, y afirma que valores como la dignidad frente a la explotación, la solidaridad o el sistema público han estado tradicionalmente ligados a la izquierda.

José Javier Cubillo recuerda momentos buenos y malos con gobiernos como los de Aznar y Zapatero, en función de cómo fuera la situación económica. “La relación con los partidos políticos nos ha beneficiado unas veces, y en otras ocasiones nos ha perjudicado”, admite. Y el panorama actual lo ve mal: “Se ha impuesto un modelo de relaciones laborales desconocido hasta ahora, y desde el Gobierno se busca el debilitamiento del movimiento obrero organizado. Rajoy no nos ve como interlocutores”.

La autofinanciación es otro de los debates habituales en torno a los sindicatos. Y aquí hay respuestas para todos los gustos. En opinión de Jaime Montalvo, “sería ideal, pero no es posible”. Cubillo dice que ya le gustaría recibir las subvenciones públicas que los sindicatos obtienen en Alemania. “Con el 10%, me conformaba. La que en España nos llega se ha reducido mucho en los tres últimos años, y seguramente seguirá reduciéndose”. José Luis Fernández ve claro que el autosostenimiento es el camino hacia el que hay que ir. “El modelo de financiación pública de partidos políticos y sindicatos podía tener sentido después de la Transición, pero ya no. Nuestros ingresos provienen de recursos propios en un 80%”. Ignacio García-Perrote también cree que sería deseable, “ya que los sindicatos son entidades privadas, no públicas. Por tanto, lo lógico sería que no vivieran de fondos públicos. ¿Es posible? Requeriría un mayor esfuerzo de los afiliados. Si no se potencia la afiliación, es difícil que se consiga. Además, estas organizaciones han de ser más atractivas: conseguir que el afiliado sienta que su aportación merece la pena”. Fernando Lezcano, que pertenece a uno de los grandes sindicatos, como es CCOO, señala que ya están inmersos en una estrategia de financiación propia. “No porque consideremos que las ayudas públicas sean vergonzantes, sino porque se están recortando mucho los fondos, y por el descrédito mediático. Más del 50% de nuestra financiación ya proviene de recursos propios”.

Si Jaime Montalvo ve difícil la autofinanciación, hay otras cuestiones que le parecen irrenunciables. “La transparencia es radicalmente exigible. Hay que mejorar mucho en este terreno, y en rigor. Por parte del Tribunal de Cuentas o de quien sea”, dice. En su opinión, “nuestros sindicatos han navegado mal en la crisis. Incluso es probable que haya habido comportamientos intolerables que hay que perseguir penalmente, y hay que hacerlo con todo el rigor posible”. Según este catedrático, son los propios sindicatos, por su propio interés, los que deberían pedir especial rigor. “La persecución de la corrupción debe ser fulminante y severa. Si hay que cambiar la ley para que un delito prescriba más tarde, que se cambie. Al que usa dinero público hay que mirarle con mucha más lupa”, añade Montalvo. Cubillo coincide en buena medida con este análisis: “Que el dinero de la formación se destine a los gastos del sindicato, aunque sea el mío, no está justificado. Lo que no se ajuste a la norma, tiene que traducirse en la devolución del dinero, si se ha cobrado. Y si no, clarificarlo y resolverlo”, dice. En opinión del responsable de UGT, “las fugas que se han producido en relación con este problema se deben a que los niveles de justificación y exigencia se han relajado”. Por lo que se refiere a la relación de su organización con el fraude de los ERE, afirma que “estoy seguro de que, con el paso del tiempo y la profundización de la investigación, este caso se resolverá bien”.

Los liberados son otro punto de discusión. “Es una figura que no está mal pensada, pero es posible que se haya abusado de ella”, dice Jaime Montalvo. Los sindicatos necesitaban cuadros, y había dos posibilidades: o se pagaba a los que pedían excedencias, o les pagaba la empresa. La ventaja estaba en que el trabajador no perdía su puesto y, por otro lado, si estaba en una gran empresa, vivía muy bien liberado. “Estoy seguro de que en CCOO y UGT hay dirigentes que cobran mucho más que el secretario general, porque son liberados. Recuerdo a uno que ganaba mucho más del doble que Nicolás Redondo. Hay que revisar esta figura, de modo que se evite la utilización abusiva. Hay liberados sindicales que se matan y otros que se aprovechan”, dice Montalvo.

Pero tampoco hay que generalizar. El ex presidente del CES recuerda haber conocido a un liberado sindical muy importante de la Empresa Municipal de Transportes de Madrid –EMT–. En concreto, de un sindicato de oficio muy radical: el de los conductores. “El director de recursos humanos de la empresa me dijo que la cabeza de este sindicato era de tal integridad que, estando su padre gravemente enfermo, fue a pedirle permiso, y que se lo restara de sus días de vacaciones. Y había días que trabajaba catorce o quince horas. Esta persona, con independencia de mi proximidad o no ideológica y de planteamientos, no deja de ser una persona respetable y fiabilísima”, añade Montalvo.

Como ven, no todo es malo, ni bueno, en los sindicatos. Eso sí: si es verdad que a menudo en la prensa les caen todo tipo de improperios, también hay voces autorizadas que les obsequian con elogios. “La asistencia jurídica que proporcionan está compuesta por grandísimos abogados”, señala Ignacio García-Perrote. “Los dirigentes sindicales que conozco viven en viviendas muy modestas”, añade Jaime Montalvo. Sin duda, nos queda recorrido para llegar al prestigio que tienen en los países nórdicos. “Allí tienen más claros los beneficios de vivir en sociedad y con responsabilidad. Son sociedades más articuladas y equilibradas”, dice Jaime Montalvo, que añade alguna diferencia fundamental: “Allí hay gente que puede pertenecer a un sindicato y votar a un partido menos progresista. Son menos viscerales. Los sindicatos tienen un contenido político, pero no partidario. Aquí lo confundimos”. Una de las consecuencias es que, como ocurre con los partidos políticos, no parece muy atractivo trabajar en ellos. “Parece que van a enriquecerse”, dice Montalvo. Así que hay que poner las cosas en su contexto. “Los sindicatos, globalmente, han desarrollado un papel positivo en los últimos treinta años. Con la crisis económica, toda la sociedad en su conjunto, incluyendo los sindicatos, quizá no ha vivido sus momentos más espléndidos”, concluye Ignacio García-Perrote. Por todo ello, no es de extrañar que Jaime Montalvo estime que la clave de la buena marcha de los próximos años deberá basarse en la ejemplaridad. Y eso nos afecta a todos, incluidos los sindicatos.