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¡Todos a una! El triunfo del cooperativismo

Un cataclismo de proporciones bíblicas. Eso es lo que ocurriría si un buen día el Banco Santander o Telefónica quebraran. Sería algo inconcebible para la sociedad. Pues eso mismo es lo que ocurrió en el mundo de la economía social cuando a finales del pasado año Mondragón anunciaba que Fagor Electrodomésticos bajaba el telón de forma definitiva. Aunque todos supieran que la marca tenía problemas, nadie pensaba que el funeral estuviera tan cercano en el tiempo, sobre todo si se tiene en cuenta que detrás estaba una de las cooperativas más grandes y admiradas del mundo, con casi 15.000 millones de euros de facturación. Al momento se originó un revuelo generalizado que desembocó en una oleada de dudas ante un modelo de negocio que parecía no tener lugar en unos mercados ultrarrápidos y globalizados, regidos por el capital y en la que las personas -léase trabajadores- se convierten en simples peones de una gran partida de ajedrez jugada por unos pocos –léase accionistas–.

Una cooperativa defiende lo contrario. Se trata de ir todos de la mano (la empresa se la reparten el 100% de los trabajadores) en busca de obtener beneficios económicos, sociales y medioambientales, que repercutan en todos los miembros de la corporación y en la comunidad donde está ubicada la firma. Estamos, sin duda, ante un concepto romántico de la economía que, para algunos, empieza a languidecer ante el zenit del capitalismo y el dominio de los mercados financieros. “La velocidad a la que circula el mundo afecta a estas compañías. Su estilo de gobierno, basado en asambleas donde todos votan y donde nadie tiene más poder que el resto, provoca que la toma de decisiones sea muy lenta”, asegura Joaquín Garralda del IE Business School.

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El modelo cooperativo nació en el entorno agrario y ganadero.

Otros, en cambio, piensan que estas asociaciones empresariales siguen de moda. “El modelo tiene ahora más sentido que nunca, debido a una ruptura de paradigma tras la crisis financiera global y a que las empresas convencionales y las organizaciones sin fines de lucro están convergiendo y operando en un mercado con un rendimiento reducido y dando beneficios a la comunidad”, asegura Claudia Sánchez, titular de la cátedra de Empresas Cooperativas en la Universidad de Winnipeg (Canadá) y coautora del libro de referencia El Capital y la trampa de la deuda. “Claro que siguen teniendo vigencia. Se trata de una institución que trata de limitar el rol del dinero para dar más importancia a los socios. Pero eso no quita para que pueda estar bien gestionada. Cuando una cooperativa cae no es por culpa del modelo sino de la gestión”, añade Luis Vives de ESADE.

Mantener los empleos. En otras palabras, ser una empresa de trabajadores asociados no es sinónimo de no ser competitiva. De hecho, sus principios, que limitan el poder que el accionariado tiene en la capacidad de gestión, van enfocados a la supervivencia de la firma. “En una sociedad anónima es fácil que se premie al dueño, incluso poniendo en peligro el futuro de la compañía. El modelo social es diferente. Aquí lo más importante son los trabajadores, que también son los propietarios aunque no todos mandan, y la conservación de los empleos, lo que siempre beneficiará al conjunto de la corporación”, añade Vives. Los números le dan la razón. De hecho, desde 2008 estas firmas perdieron solo un 9% de los puestos de trabajo. ¿El resto? Más del 20%, según datos del Ministerio comandado por Fátima Báñez.

En ocasiones, el mantenimiento a ultranza de los puestos de trabajo y la lealtad a la comunidad donde la empresa tiene su sede, provoca que sí que se den problemas de competitividad. Eso es lo que le ha pasado a Fagor. Mientras muchos rivales cerraban fábricas y emigraban a China en busca de ahorrar costes, la marca vasca aguantaba las suyas, aunque las pérdidas se fueran acumulando. Tal fue el empeño puesto –que se llegaron a bajar los sueldos de toda la plantilla de Mondragón (más de 80.000)– para ayudar a la factoría con problemas ¿Resultado? El cierre. Y es que hay sectores donde estas firmas tienen más sentido que otros. Al menos eso es lo que refleja el informe anual que realiza la International Co-operative Alliance (una especie de patronal global del sector). En la edición de 2013 decía que el 32% de las cooperativas que hay en el mundo estaban relacionadas con el campo, el 25% eran de seguros, el 18% de consumo y solo el 9% industriales, que es donde más se sufre por culpa de la deslocalización.

Para realizar este informe se toma como referencia a las 2.000 mayores cooperativas ubicadas en un total de 56 países. De los datos reflejados destaca también el volumen de ingresos que mueven estas empresas. que superan los dos billones de euros. En cuanto a los territorios donde existe mayor presencia, destaca Europa, seguida de Estados Unidos y Japón, donde se encuentra la más grande. Se trata de Zenkyoren, que asegura a todas las corporaciones agrarias del país nipón.

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El tamaño de muchas de estas organizaciones no evita que la gran mayoría sufra a la hora de obtener dinero de las entidades financieras.
“Este modelo no interesa al inversor a distancia, que busca un alto rendimiento y mandar en la empresa. Aquí el control está repartido y la información, más transparente, hace que sea mucho más difícil para un inversor imponer su punto de vista cambiante. Eso sí, al tratarse de compañías con presencia territorial, instituciones como la UE deberían apoyar su desarrollo”, señala Claudia Sánchez. Hasta que eso ocurra, algunas cooperativas obtienen recursos creando filiales propias, que les prestan dinero. Eso ocurre en Mondragón, con la absorbida Caja Laboral y con el Grupo Alimentario Guissona, que cuenta con Caixa Rural para financiar las explotaciones ganaderas, así como la concesión de créditos hipotecarios para la construcción de nuevas granjas. “Nunca ha sido necesario acudir a financiación externa”, se enorgullecen desde esta firma que en 2012 facturó 1.425 millones de euros, ganó 38 millones, invirtió 37 y posee 420 tiendas con la marca bonÀrea.

dentro-guissona-2Estos números convierten a la casa ilerdense en uno de los líderes de España en su sector. Todo un hito que demuestra que una cooperativa es mucho más que un grupo de trabajadores que se reúnen constantemente hasta para decidir los bolígrafos que se compran. La economía social no funciona así. Por norma general, los órganos de decisión son la asamblea, el consejo rector y el de dirección. ¿Cuáles son las funciones de cada uno? La explicación nos las dan en la cadena de supermercados Consum. “En el negocio de la distribución prima la velocidad, por lo que la mayoría de decisiones las toma el consejo de dirección, que lo forman los gestores que estamos en el día a día. Al rector solo se recurre para grandes decisiones, como podría ser la compra de 60 o 70 supermercados de una cadena. No tiene ni voz ni voto a la hora de abrir o cerrar tiendas. Y la asamblea solo se utiliza cuando se quiere adquirir una sociedad”, explica Javier Quiles, portavoz de la tercera cadena de supermercados de España.

Como se puede comprobar, el máximo órgano cooperativista no está para comprar una fotocopiadora. Los integrantes de la economía social saben perfectamente que deben moverse como gacelas si quieren sobrevivir. De nuevo Consum es un buen ejemplo en este sentido. Esta empresa valenciana vivió muchos años bajo el paraguas de Eroski (del Grupo Mondragón). En 2002 decidieron desvincularse del gigante por desavenencias de la gestión. “Cuando rompimos no teníamos nada. En tres meses se tenía que crear un departamento de compras, marketing, tarjeta de fidelización , maca blanca, etc. Es decir, necesitábamos de todo y fuimos capaces de hacerlo”, añade Quiles.

dentro-coremLa innovación también forma parte del ADN de la economía asociativa. Y para demostrarlo, nada mejor que Coren. “Nos identificamos con el valor añadido. Fuimos los primeros en introducir en el mercado productos como los huevos o el pollo de corral y dar valor al cerdo blanco, que alimentamos con castañas”, explica Santiago Taunton, director de RRHH de la cooperativa gallega. Gracias a esta apuesta por la diferenciación, la empresa presume de alcanzar los 1.000 millones en ventas y de presentar resultados positivos todos los años. “Los beneficios se reparten siempre entre las 6.000 familias ligadas al grupo. El resto se reinvierte”, asegura.

A pesar de la apuesta innovadora de muchas cooperativas, es necesario reconocer que este curioso modelo ha sido un impedimento para la carrera exterior de algunas de ellas. Si no, que se lo digan a Mondragón, que tuvo que convertirse en una mercantil para entrar en algunos países donde esto del todos a una les sonaba a ‘chino mandarino’. En otros casos, la adaptación a la economía de mercado ha obligado a que surjan modelos híbridos. El más habitual es el que integra a una o varias cooperativas dentro de una Sociedad Anónima. “La Cooperativa Agropecuaria concentra toda la producción ganadera del Grupo Guissona y supone el primer eslabón de nuestro ciclo; posteriormente es vendida y transformada por Corporación Alimentaria Guissona SA en su centro alimentario y distribuida directamente en las tiendas bonÀrea de la corporación. Del campo a la mesa sin ningún intermediario”, explica Antonio Condal, director de RRHH de la compañía. Así es el funcionamiento actual de una firma que llegó a sobrevivir 40 años con solo la fórmula de cooperativa. Pero en 1999 las ramas de la actividad industrial (fábrica de piensos, centro alimentario, etc.) se escindieron para crear la Corporación. “Este modelo de sociedad mercantil es mucho más ágil y flexible y permite comercializar mejor los productos y servicios. Pero en el fondo todo es igual ya que el 78% de los accionistas de la corporación son los propios socios”, reconoce Condal. “La única forma de que este tipo de compañías funcionen en la actualidad es olvidándose de la idea romántica de un hombre, un voto y enfocándose a la competitividad. Eso se logra con entornos híbridos”, puntualiza Luis Vives.

dentro-consumOtra curiosa derivada de este proceso de modernización de la economía social lo constituye Asces. “Somos un grupo de coordinación que pone en común la intercooperación entre compañías con diferentes socios”, resume Emilio Villaescusa, presidente de esta institución que alberga en su seno a la corporación agraria Anecop, a los supermercados Consum y a las instituciones de formación Florida Universitaria y Grupo Sorolla. “Hemos cruzado todos los negocios. Por ejemplo, Consum compra las frutas y hortalizas a Anecop y las dos se benefician de la formación directiva impartida por las otras dos compañías. También velamos por potenciar la economía social de la Comunidad Valenciana, que es el territorio de donde provienen las cuatro firmas”, añade Villaescusa.

Misión fundacional. El cumplimiento del principio de labor social que busca ayudar a los habitantes de una comunidad, con los cooperativistas a la cabeza, está en los principios fundamentales de todas estas empresas frente a las mercantiles tradicionales, en las que prima el crecimiento. Por tanto a nadie extraña que las cooperativas busquen la reinversión de los beneficios, la implicación en el territorio, la prudencia financiera, la creación de fundaciones que cubren las necesidades socio-sanitarias de la comarca, etc. “Los valores y la misión de Guissona se han mantenido intactos en sus más de 50 años de existencia”, afirma Condal.

Unos principios que hablan de enraizamiento en el territorio, trabajo en red, gestión de crisis, resistencia, capacidad de permitir a los ciudadanos de entrar en una empresa y de salir de la misma sin que ésta cierre, desarrollo de líderes en una comunidad, riqueza compartida, menor endeudamiento, generación de empleo y de actividad económica y social del territorio. Es decir unos valores con los que la mayoría comulgan pero que solo las cooperativas suelen llevar a buen fin. “Un socio que tiene un hijo recién licenciado y sin trabajo tiene prioridad para trabajar en Coren. También ayudamos a cualquier familiar de un trabajador nuestro con una enfermedad importante”, añade Santiago Taunton.

Son solo dos ejemplos de lo que ocurre en cualquier cooperativa. Bajo esta premisa tenemos un mundo globalizado en el que existen 2.100 escuelas, con propiedad compartida. ¿Más ejemplos? 300 millones de personas cubiertas con pólizas de salud que parten de una cooperativa y un 10% de europeos que viven en casas promovidas por inmobiliarias que velan por el cumplimiento de unos valores que ya defendía Lope de Vega en su obra Fuenteovejuna, cuando todo un pueblo se unía para hacer frente al autoritarismo. Un todos a una que sigue estando de moda. La crisis no acabó con él. Es más, quizá lo haya potenciado.