Economía General

El espíritu emprendedor

Pocas veces en la Historia se ha tenido un impulso emprendedor tan importante como el que tuvo lugar en el primer cuarto del siglo XX: la radio, los automóviles, los aviones, los dirigibles. Es curioso observar que cuando en 1930 se construyó el entonces mayor edificio del mundo, el Empire State Building, se incorporó por primera vez en su terraza un mástil para acomodar la llegada de los dirigibles.

Los empresarios europeos y sobre todo los americanos derrochaban células grises para desarrollar nuevos inventos, adaptarlos a las necesidades del público, y prever lo que podía ocurrir en el próximo futuro. Y cuando alguna cosa salía mal, como la explosión del Hindenburg en 1937, pues se pensaba como gestionar la situación, y entonces se transformaban las instalaciones para acoger los dirigibles en instalaciones para que aterrizasen los helicópteros. ¿Por qué?, porque se preveía que el tráfico iba a congestionar Manhattan, habida cuenta del volumen de rascacielos que había, y lógicamente, no podía ocurrir como en España, que es un derecho constitucional aparcar en doble fila, y era preciso abastecer a los edificios desde el aire.

Y mientras esto ocurría en el resto del mundo, los españoles nos dedicábamos a sacarnos los ojos los unos a los otros en una guerra fratricida. Dos mundos radicalmente contrapuestos, ninguno de los cuales tenía la más mínima visión de futuro, se enfrentaban simplemente por querer mandar e imponer un modelo de sociedad a la otra mitad de los españoles. Uno de ellos lo logró, pero nos trajo también un período de cuarenta años de anquilosamiento y aislacionismo.

El espíritu emprendedor, por tanto, es algo que no ha funcionado muy bien en España. Es posible que los catalanes y vascos de hace un siglo fueran la excepción de un país anclado en el pasado y que probablemente no fue capaz de superar el desastre de 1898. Pero mientras alemanes, ingleses, franceses y americanos se dedicaban a innovar y a patentar los inventos que cambiaron el mundo en el siglo XX, los españoles teníamos siempre puesta la vista en Papa Estado y en cómo conseguir subvenciones para nuestros negocios sin asumir mucho riesgo (¡Que inventen otros, que decía Unamuno!).

El resultado final es que no tenemos marcas propias de fabricación de coches, ni de ordenadores, ni de la mayoría de los electrodomésticos. Los españoles se han acostumbrado a ser mano de obra barata para trabajar para terceros, y cuando eso dejó de ser así, con la última burbuja, pues se nos corrige dándole un tirón de orejas a nuestros dirigentes, y se les impone una devaluación interna para que la gente vuelva a cobrar poco dinero, y así podamos “ser competitivos”, como tanto les gusta decir al empresariado español y al Gobierno, que presume de que España ha ganado una gran competitividad en los últimos años, lo cual es evidente, pero ello a costa de que hayamos vuelto a los niveles de capacidad adquisitiva de los años setenta.

El Gobierno promulga leyes como la famosa “Ley de Emprendedores”, e incluso el entonces portavoz Entonces González Pons, en una metida de pata gloriosa, llegó a decir en la campaña electoral de 2011, que el Partido Popular tenía la solución a los problemas del desempleo. Con un millón de nuevos emprendedores, a razón de 2,5 empleados por emprendedor, ya se habría solucionado todo. Evidentemente, tanto él como su jefe son abogados y se han dedicado básicamente a la Política, y esto del espíritu emprendedor como que no lo tienen muy claro.

Hacer leyes es trabajo de abogados, pero que las leyes se lleven a la práctica es trabajo de toda la sociedad, y una sociedad como la española, en la que alguien se cree empresario porque compra algo por 10 y luego lo vende por 15, sin asumir riesgo y sin crear ningún valor añadido, pues es difícil que la podamos considerar como emprendedora.

En el siglo XX se produjeron multitud de avances de todo tipo, y casi todos fueron mezcla del espíritu emprendedor de un grupo de personas geniales, de la financiación e incluso el mecenazgo de grandes empresarios, y del apoyo e incluso la inversión de los gobiernos de estados con visión de futuro. Las grandes líneas aéreas que se crearon en los años veinte y treinta tuvieron el apoyo generalizado de los gobiernos, que las subvencionaron durante muchos años, hasta que pudieron ser viables de forma privada. Lufthansa, British Airways o Air France son tres claros ejemplos, mientras que Iberia ya sabemos todos lo que ha pasado con ella. El cine americano es hoy lo que es por el claro apoyo financiero permanente durante décadas del Gobierno americano que lo consideraba como una industria estratégica. Del cine español mejor no hablar.

Por tanto, creo que debería dejar de darles ictericia a nuestros prebostes neoliberales, cada vez que se sugiere que el Estado debe tener una determinada cuota de inversión pública para apoyar sectores estratégicos, en el bien entendido de que cuando las inversiones maduren y sean rentables puedan ser privatizadas. Todos los Gobiernos lo han hecho, incluso los nuestros. Telefónica, Repsol o Endesa nacieron con dinero público. Y no se hizo mal. Simplemente se midieron los tiempos, las necesidades de la sociedad y la planificación a medio y largo plazo, no pensando en el cortoplacismo de los votos.

En estos momentos difíciles es más necesario que nunca planificar el futuro, sobre todo porque no creo que tengamos muchos grados de libertad, y si asumimos que lo del espíritu emprendedor no es precisamente una nota conceptual característica de los españoles, a lo mejor es el Estado el que debe emprender y luego privatizar como tantas veces hicimos en el pasado, y que repito, no nos fue tan mal.