Economía General

Felipe VI y nuestro futuro (por Antonio Garrigues Walker)

Felipe VI tiene todas la condiciones humanas para ser un gran Rey de España. Es por de pronto joven en un país en el que vamos irremediablemente a un “suicidio” demográfico con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo (1,26 por mujer y un descenso del 6% de nacimientos entre 2012 y 2013). Un país, como el resto de Europa, que se está avejentando a marchas forzadas y con ello perdiendo fuerza, audacia, ganas de cambios, sentido de la acción y del riesgo. A sus 46 años, Felipe VI está en esa edad intermedia que le permite haber acumulado la experiencia suficiente para renunciar a conductas o improvisaciones arriesgadas y le facilita el contacto y un acceso más fácil a las aspiraciones y los problemas de la generación anterior, compuesta por una juventud especialmente herida por el problema del paro, que según una encuesta reciente sigue prefiriendo la estabilidad y la continuidad de un sistema que tiende a mejorar aunque sea con una lentitud exasperante.

Además de joven, Felipe VI es una de esas pocas personas en nuestro país que tiene una mente global y que conoce y le interesan los problemas globales. Sabe que España tiene que estar y saber estar en el mundo. Tiene que seguir muy de cerca todas las complejidades de la geopolítica y la geoeconomía. Va a asumir con toda facilidad el consejo de Lord Acton cuando afirmaba que la política exterior, además de otras cosas, afecta a nuestros bolsillos. Ha vivido ya muchas experiencias que le han confirmado la importancia de las buenas relaciones personales con otros líderes mundiales. A esos niveles, como a cualquier otro, el establecer una buena afinidad, un buen entendimiento humano, es o puede ser clave para afrontar y resolver problemas de toda índole. Tiene además, en este orden de cosas, los conocimientos idiomáticos necesarios para facilitar la tarea y estoy seguro de que intentará ampliarlos conocimientos. Puede y debe hacerlo. Este va a ser uno de los signos básicos de este tiempo.

Nadie duda, en definitiva, de que nuestro Rey está preparado más que suficientemente para ocupar con altura y con dignidad la jefatura de estado. Sus condiciones humanas son, sin exageración, excepcionales.

¿Pero cuáles son, en el sentido orteguiano, sus circunstancias? Felipe VI afronta una España cuyos problemas básicos, además del problema demográfico antes citado, pueden resumirse así:

–Una desigualdad social creciente, la mayor de Europa, una realidad que está debilitando la vertebración sólida que solo puede generar una clase media que se sienta arropada y no desprotegida.
–Una percepción de la corrupción, que daña sobre todo la imagen de la vida pública y el prestigio de las instituciones aun cuando los procesos más importantes pertenecen a una época anterior, a la etapa de una inmensa borrachera económica que inundó de codicia y de pasión por el dinero fácil todo nuestro país.
–Unos niveles éticos y de virtudes cívicas muy bajos que afectan no solo al respeto a la ley sino también a una convivencia social sinérgica y positiva.
–Un paro general escandaloso y un paro juvenil dramático en el que nos estamos acostumbrando a mirar hacia otro lado y confiar únicamente en un crecimiento económico que sabemos que no va a tener la intensidad suficiente para provocar un descenso significativo ni a corto ni a medio plazo.
–Una pérdida de cultura del diálogo en todos los terrenos que afecta decisivamente a la solución de los problemas anteriores y, de manera concreta, al del modelo territorial. Tenemos que aprender a convivir en desacuerdo –esa es la esencia democrática- y el diálogo es el único remedio, la única solución.

Todos esos problemas son serios y graves y no podrán resolverse o mejorarse sustancialmente hasta que el estamento político, el empresarial y el sindical decidan afrontarlos con un mínimo sentido de la responsabilidad. Lo lógico es pensar en que se produzca esa reacción vigorosa en un plazo breve porque estamos llegando a límites peligrosos.

Dicho lo anterior, hay que añadir inmediatamente que los problemas que afronta España son perfectamente comparables con los que tienen la mayoría de los países del mundo y que en la mayoría de los casos, incluyendo los países europeos, nuestra situación es más favorable, tanto en términos políticos como económicos. Nuestra primera obligación ética, por lo tanto, es abandonar la tentación del catastrofismo y en ese terreno es donde Felipe VI debe apoyar visiones más realistas y más esperanzadoras. Las crisis no solo se resuelven con factores o soluciones técnicas sino con actitudes psicológicas positivas.

Nuestro nuevo Rey necesita ahora un periodo de adaptación en el que se irá definiendo el estilo y la calidad de su reinado. Ayudemos todos a que ese proceso sea rápido pero también sereno, un proceso en el que la mejor referencia será la de sus augustos padres, si la sabe aplicar a unos tiempos nuevos, radicalmente nuevos, sin interferir en modo alguno en el gobierno del país, pero ejerciendo sin reservas toda su capacidad de arbitraje, de moderación y de impulso a que le obliga nuestra Constitución.