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Cómo alumbró Telefónica Miguel Primo de Rivera

En la segunda década del siglo XX, el caos telefónico en España era total: las 80.000 líneas que había, más o menos, eran propiedad de multitud de concesionarios. Desde el propio Estado, que controlaba el 28% de los teléfonos, hasta la Compañía Peninsular de Teléfonos, que tenía el 33% de las corporaciones locales –dueñas de otro 9%- y un sinfín de pequeños concesionarios que se repartían el 30% restante de la propiedad.

Para frenar este desorden empresarial, el general Miguel Primo de Rivera (en el poder tras el pronunciamiento de 1923), puso las bases de un inmenso monopolio. Así, el 25 de agosto de 1924, Alfonso XIII firmó en el Palacio de la Magdalena de Santander el Real Decreto por el que se autorizaba al Gobierno a “contratar con la Compañía Telefónica Nacional de España [fundada en abril] la organización, reforma y ampliación del servicio telefónico”.

Tan apetitoso y suculento era el bocado, que empresas como la sueca Ericsson o la belga New Antwerp Telephone intentaron hincarle el diente. Pero sus ofertas fueron calificadas de “inaceptables” por José Tafur, director general de Comunicaciones. Entonces, el Directorio Militar adjudicó a dedo el régimen de explotación a la norteamericana International Telegraph Telephone (ITT) durante un período de 20 años.cabinatelefonica

El diagnóstico de ITT no dejaba títere con cabeza: había que acabar con la fragmentación del servicio, finiquitar las múltiples concesiones vigentes y renovar de arriaba abajo toda la obsoleta infraestructura.

Una titánica labor para la que serían imprescindibles fortísimas inversiones. Y las arcas del Estado no nadaban entonces en la abundancia. De ahí que resultase definitiva la aportación de un grupo de banqueros que suscribieron el capital de la empresa: 115 millones de pesetas.

Uno de ellos, Estanislao de Urquijo y Ussía, marqués de Urquijo, fue presidente de la Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE) hasta 1945. Nada más tomar posesión en 1924, adquirió las líneas del Estado por 17,4 millones de pesetas. También las de la Compañía Peninsular de Teléfonos, la Compañía Madrileña de Teléfonos, la Sociedad General de Teléfonos, y las concesiones en manos de otras 10 ciudades. Tenía todas menos las líneas de la red de San Sebastián, explotadas por Ericsson. “De los 83.000 teléfonos que hay en España, poseemos unos 70.000. Además, tenemos a nuestro cargo el 95% de las líneas telefónicas interurbanas”, decía la Memoria de la CTNE en 1924. Una curiosidad más. El contrato firmado entre el Estado y la CTNE fijó que el primero tenía derecho a un canon del 10% sobre los beneficios. Como contrapartida, la CTNE quedaba exenta de pagar impuestos o tasas, con una salvedad: en dicha exención no entraban los sueldos de los empleados ni los beneficios de los accionistas.

A partir de entonces, el despegue de la CTNE fue brutal: en tan sólo un año consiguió ¡20.000 nuevos abonados! El número de centrales telefónicas pasó, en dos años, de 978 a 1.516. ¡Casi el doble! Y se llevó la telefonía a 512 poblaciones. Ya en 1928, Alfonso XIII y el presidente de Estados Unidos, John Calvin Coolidge, inauguraron el servicio entre ambos países. Toda una revolución.